El alma después de la muerte


149 –¿En qué se convierte el alma en el instante de la muerte?
-Vuelve a ser Espíritu, es decir, retorna al mundo de los Espíritus, que había dejado momentáneamente.

150 – ¿El alma conserva su individualidad después de la muerte?
– Sí, y no la pierde jamás. ¿Qué sería de ella si no la conservase?

– No teniendo ya su cuerpo material, ¿cómo constata el alma su individualidad?
– Tiene un fluido que le es propio, tomado de la atmósfera de su planeta y que representa la apariencia de su última encarnación: su periespíritu.

– ¿Nada se lleva el alma consigo de este mundo?
– Nada más que el recuerdo y el deseo de ir a otro mundo mejor. Ese recuerdo está lleno de dulzura o de amargura, según el uso que se ha hecho de la vida. Cuanto más pura, mejor comprende la futilidad de lo que ha dejado en la Tierra.

151 – ¿Qué pensar de la opinión, según la cual, el alma vuelve, después de la muerte, al todo universal?
– ¿No forma un todo el conjunto de los Espíritus? ¿No es todo un mundo? Cuando estás en una asamblea, eres parte integrante de esa asamblea y sin embargo, conservas siempre tu individualidad.

152 – ¿Qué prueba podemos tener de la individualidad del alma después de la muerte?
– ¿No la tenéis en las comunicaciones que obtenéis? Si no fueseis ciegos, veríais; si no fueseis sordos, oiríais; pues, con frecuencia, una voz os habla, revelando la existencia de un ser fuera de vosotros.

Los que piensan que con la muerte el alma reingresa en el todo universal están equivocados, si entienden por eso que, semejante a la gota de agua que cae en el océano, pierde su individualidad; pero están en lo cierto si entienden por el todo universal el conjunto de seres incorporales del cual es un elemento cada alma o Espíritu. Si las almas estuviesen confundidas en la masa, no tendrían sino las cualidades del conjunto y nada las distinguiría entre sí. No tendrían ni inteligencia ni cualidades propias, cuando en todas las comunicaciones revelan la conciencia del yo y una voluntad distinta. La infinita diversidad que presentan durante todas las comunicaciones es la consecuencia de las mismas individualidades. Si después de la muerte no hubiese sino eso que llaman el gran Todo, absorbiendo todas las individualidades, este todo sería uniforme y de esta manera, todas las comunicaciones que se recibiesen del mundo invisible, serían idénticas. Puesto que ahí se encuentran seres buenos y otros malos, sabios e ignorantes, felices e infelices, alegres y tristes, ligeros y graves, etc., es evidente que son seres distintos. La individualidad es más evidente cuando esos seres prueban su identidad por señales incontestables, por detalles personales relativos a su vida terrestre y que pueden ser constatados y no puede ponerse en duda cuando se muestran a la vista en las apariciones. La individualidad del alma nos era enseñada en teoría como un artículo de fe; el Espiritismo la patentiza y hasta cierto punto la materializa.

153 –¿En qué sentido debe entenderse la vida eterna?
–La eterna es la vida del Espíritu; la del cuerpo es transitoria y pasajera. Cuando el cuerpo muere, el alma vuelve a la vida eterna.

– ¿No sería más exacto llamar vida eterna a la de los Espíritus puros, que, habiendo alcanzado el más alto grado de perfección, no tienen más pruebas que soportar?
– Es más bien la felicidad eterna; pero esto es una cuestión de palabras; llamad a las cosas como queráis, con tal que os entendáis.

Separación del alma y del cuerpo

154 – ¿Es dolorosa la separación del alma y del cuerpo?
– No, y con frecuencia sufre más el cuerpo durante la vida que en el momento de la muerte, pues el alma no toma parte en ello. Los sufrimientos que a veces experimenta en el momento de la muerte, son un placer para el Espíritu, que ve llegar el fin de su exilio.

En la muerte natural, que llega por agotamiento de los órganos, a consecuencia de la edad, el hombre deja la vida sin percibirlo. Es como una lámpara que se apaga por falta de alimentación.

155 – ¿Cómo se opera la separación del alma y del cuerpo?
– Rotos los lazos que la retenían, se libera.

– ¿La separación se opera instantáneamente y en virtud de una transición brusca? ¿Existe una línea de demarcación muy nítida entre la vida y la muerte?
– No; el alma se libera gradualmente y no se escapa como el pájaro cautivo que gana de súbito la libertad. Esos dos estados se tocan y se confunden; así el Espíritu se libera poco a poco de sus lazos, que se desatan y no se rompen.

Durante la vida, el espíritu está ligado al cuerpo por su envoltura semimaterial o periespíritu. La muerte no es más que la destrucción del cuerpo y no la de esa segunda envoltura que se separa del cuerpo cuando cesa en éste la vida orgánica. La observación prueba que en el instante de la muerte el desprendimiento del periespíritu no se completa súbitamente; sino que se opera gradualmente y con una lentitud que varía mucho según los individuos. Para algunos es muy rápido y puede decirse que el momento de la muerte es el del desprendimiento, algunas horas después. Para otros, sobre todo aquellos, cuya vida ha sido completamente material y sensual, el desprendimiento es mucho menos rápido y dura a veces días, semanas y hasta meses, lo que no implica que exista en el cuerpo la menor vitalidad ni la posibilidad del regreso a la vida, sino una simple afinidad entre el cuerpo y el espíritu, afinidad que está siempre en proporción de la preponderancia que durante la vida ha dado el espíritu a la materia. En efecto, es racional concebir que cuanto más se identifica el espíritu con la materia, más sufre al separarse de ella. Al paso que la actividad intelectual y moral, la elevación de pensamientos, opera un principio de liberación incluso durante la vida del cuerpo y cuando llega la muerte, es casi instantánea. Tal es el resultado de los estudios hechos sobre todos los individuos observados en el momento de la muerte. Estas observaciones prueban también que la afinidad, que en ciertos individuos persiste entre el alma y el cuerpo, es a veces muy penosa porque el espíritu puede experimentar el horror de la descomposición. Este caso es excepcional y peculiar de ciertas clases de vidas y de muertes y se observa en algunos suicidas.

156 – La separación definitiva del alma y del cuerpo, ¿puede ocurrir antes de que cese completamente la vida orgánica?
– A veces en la agonía el alma ya abandonó el cuerpo y no existe más que la vida orgánica. El hombre no tiene ya conciencia de sí mismo, y sin embargo, le queda aún un soplo de vida. El cuerpo es una máquina que el corazón hace funcionar; existe mientras el corazón hace circular la sangre en las venas y para ello no necesita del alma.

157 – En el momento de la muerte, ¿siente a veces el alma una inspiración o éxtasis que le permita entrever el mundo al que va a entrar?
– Con frecuencia el alma siente como se desatan los lazos que la unen al cuerpo, y entonces hace todos los esfuerzos en romperlos completamente. Separada ya en parte de la materia, ve el futuro descorrerse ante ella y se alegra, por anticipado de la situación de Espíritu.

158 – El ejemplo de la oruga que primero se arrastra por la tierra, después se encierra en su crisálida aparentemente muerta, para renacer a más brillante existencia, ¿puede darnos una idea de la vida terrestre, después la del sepulcro y finalmente de nuestra nueva existencia?
– Una idea restringida. La imagen es buena, pero es necesario no tomarla al pie de la letra, como soléis hacerlo.

159 – ¿Qué sensación experimenta el alma en el momento en que se reconoce en el mundo de los Espíritus?
– Depende. Si has hecho mal por deseo de hacerlo, en un primer momento, te avergonzarás de haberlo hecho. Para el justo es muy diferente pues se siente como aliviado de un gran peso y no teme ninguna mirada escudriñadora.

160 – ¿El Espíritu encuentra inmediatamente a los que conoció en la Tierra y que murieron antes que él?
– Sí, según el afecto que les tenía y que ellos tenían por él. Con frecuencia lo vienen a recibir a su regreso al mundo de los Espíritus y lo ayudan a librarse de la influencia de la materia. Reencuentra, también, a muchos que había perdido de vista durante su permanencia en la Tierra. Ve a los que están en la erraticidad, a los que están encarnados y los va a visitar.

161 – ¿En la muerte violenta y accidental, cuando los órganos no están aún debilitados por la edad o por las enfermedades, la separación del alma y la cesación de la vida ocurren simultáneamente?
– Generalmente es así, pero en todos los casos es muy corto el momento que los separa.

162 – Por ejemplo: después de la decapitación, ¿conserva el hombre por algunos instantes la conciencia de sí mismo?
– Con frecuencia, la conserva durante algunos minutos, hasta que se extinga completamente la vida orgánica. Pero, también, muchas veces, la expectativa de la muerte le hace perder esta conciencia antes del instante del suplicio.

Trátase aquí de la conciencia que el ajusticiado pueda tener de sí mismo como hombre y por mediación de los órganos y no como Espíritu. Si no perdió esta conciencia antes del suplicio, puede conservarla durante unos instantes de muy corta duración y cesa necesariamente con la vida orgánica del cerebro, lo que no quiere decir que el periespíritu esté completamente separado del cuerpo. Por el contrario, en todos los casos de muerte violenta, cuando no es resultado de la extinción gradual de las fuerzas vitales, los lazos que unen el cuerpo al periespíritu son más tenaces y la separación completa es más lenta.

Turbación espirita

163 – ¿El alma, al dejar el cuerpo, tiene inmediatamente conciencia de sí misma?
– Conciencia inmediata no es la palabra, pues pasa algún tiempo por un estado de turbación.

164 – ¿Todos los Espíritus experimentan con la misma intensidad y duración la turbación, que sigue a la separación del alma y el cuerpo?
– No, eso depende de la elevación de cada uno. El que está ya purificado se reconoce casi de inmediato, puesto que ya se liberó de la materia durante la vida física, mientras que el hombre carnal, cuya conciencia no es pura aún, conserva por mucho más tiempo la impresión de la materia.

165 – ¿El conocimiento del Espiritismo ejerce alguna influencia sobre la duración, más o menos larga, de la turbación?
– Una influencia muy grande, porque el Espíritu ya comprendía por anticipado su situación. Pero la práctica del bien y la pureza de conciencia son las que más influyen.

En el momento de la muerte, todo es al principio confuso. El alma necesita algún tiempo para reconocerse, pues está como aturdida y en el mismo estado de un hombre que, despertándose de un sueño profundo, procura explicarse su situación. La lucidez de las ideas y la memoria del pasado le vuelven, a medida que se extingue la influencia de la materia de la que se liberó y se disipe la especie de neblina que obscurece sus pensamientos. La duración de la turbación que sigue a la muerte del cuerpo varía mucho; puede ser de algunas horas, de muchos meses y hasta de muchos años. Es menos larga en las personas que desde su vida terrena se identificaron con su estado futuro, porque entonces comprenden inmediatamente su posición. Esta turbación presenta circunstancias particulares, según el carácter de los individuos y sobre todo, de acuerdo con el género de muerte. En las muertes violentas, por suicidio, suplicio, apoplejía, accidentes, etc., el Espíritu está sorprendido, se asombra y no cree estar muerto y sostiene esa idea con obstinación. Sin embargo, ve su cuerpo, sabe que es el suyo y no comprende por qué está separado de él; se acerca a las personas que estima, les habla y no comprende por qué no le oyen. Esta ilusión perdura hasta que se logra la completa liberación del periespíritu y solo entonces, el Espíritu se reconoce y comprende que no pertenece ya al número de los vivos. Este fenómeno se explica fácilmente. Sorprendido de improviso por la muerte, el Espíritu queda aturdido con el cambio brusco que se operó en él. Para él la muerte continúa siendo sinónimo de destrucción y aniquilamiento. Pues bien, como piensa, ve y escucha no se considera muerto.

Lo que aumenta su ilusión es el hecho de verse con un cuerpo de forma semejante al precedente, pero cuya naturaleza etérea no tuvo tiempo aún de estudiar; él lo cree sólido y compacto como el primero y cuando llaman su atención sobre este punto, se sorprende de no poder palparlo. Este fenómeno es análogo al de los sonámbulos novicios que creen no dormir. Para ellos el sueño es sinónimo de suspensión de las facultades, pues, como piensan y ven, juzgan que no duermen. Ciertos Espíritus presentan esta particularidad, aunque la muerte no les haya llegado repentinamente; sin embargo, es siempre más general, en los que, aunque estaban enfermos, no pensaban en morir. Se ve entonces el singular espectáculo de un Espíritu asistiendo a su propio funeral, como si fuera al de un extraño y hablando de ello como si fuese una cosa que no le concierne, hasta el momento que comprende la verdad.

La turbación que sigue a la muerte no es nada penosa para el hombre de bien; es serena y en todo caso semejante a la que acompaña un despertar tranquilo. Para los que no tienen la conciencia pura, está llena de ansiedad y angustias, que aumentan a medida que se reconoce. En los casos de muerte colectiva, se ha observado que todos los que mueren al mismo tiempo, no se vuelven a ver inmediatamente. En la turbación que sigue a la muerte, cada uno toma por su lado, o no se preocupa más que por aquellos que le interesan.

Extraído del libro "El libro de los espíritus"
Allan Kardec

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