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El egoísmo, esa plaga de la humanidad, debe desaparecer de la tierra cuyo
progreso moral detiene; al Espiritismo le está reservada la tarea de
hacerla subir en la jerarquía de los mundos. El egoísmo es, pues, el
objeto hacia el cual todos los verdaderos creyentes deben dirigir sus
armas, sus fuerzas, su valor; digo su valor, porque éste es más necesario
para vencerse a sí mismo que para vencer a los otros. Que cada uno ponga
todo su cuidado en combatir su egoísmo, porque este monstruo devorador de
todas las inteligencias, ese hijo del orgullo, es el origen de todas las
miserias de la tierra. El es la negación de la caridad, y por
consiguiente, el más grande obstáculo para la felicidad de los hombres.
Jesús os ha dado el ejemplo de la caridad y Poncio Pilatos el del egoísmo,
porque cuando el Justo va a recorrer las santas estaciones de su martirio,
Pilatos se lava las manos diciendo: ¡Qué me importa! Dijo a los judíos:
Este hombre es justo, ¿por qué queréis crucificarle? Y sin embargo, lo
deja conducir al suplicio.
A ese antagonismo de la caridad y del egoísmo, a la invasión de esa lepra
del corazón humano, debe el cristiano el que no haya cumplido toda su
misión. A vosotros, nuevos apóstoles de la fe a quienes los espíritus
superiores iluminan, incumbe la tarea y el deber de extirpar ese mal para
dar al cristianismo toda su fuerza y limpiar el camino de los abrojos que
impiden su marcha. Echad fuera de la tierra el egoísmo para que pueda
ascender en la escala de los mundos, porque ya es tiempo de que la
humanidad vista la toga viril; y para esto es menester primero arrojar a
aquél de vuestro corazón. (Emanuel. París, 1861).
Si los hombres se amasen con un mutuo amor, la caridad se practicaría
mejor; pero para esto sería preciso que os esforzaseis en desembarazaros
de esa coraza que cubre vuestros corazones, a fin de ser más sensibles
para los que sufren. El rigor mata los buenos sentimientos. Cristo no se
negaba a nadie; el que a El se dirigía, cualquiera que fuese, no era
rechazado: la mujer adúltera y el criminal eran socorridos por El; no
temía nunca rebajar su propia consideración. ¿Cuándo, pues, lo tomaréis
por modelo de todas vuestras acciones? Sí la caridad reinase sobre la
tierra, el malo no tendría imperio; huiría avergonzado, se ocultaría,
porque por doquiera se encontraría desubicado en cualquier parte; estad
bien penetrados de esto. Empezad por dar el ejemplo vosotros mismos, sed
caritativos para todos indistintamente, esforzaos en no tildar a los que
os miran con desdén y dejad a Dios el cuidado de toda justicia, porque
todos los días en su reino separa el buen grano de la cizaña.
El egoísmo es la negación de la caridad, y sin la caridad no puede haber
sosiego en la sociedad; digo más, ninguna seguridad. Con el egoísmo y el
orgullo que se dan la mano, el mundo sería siempre un juego favorable al
más astuto, una lucha de intereses en la que son pisoteados los más santos
afectos, en que ni aun son respetados los lazos sagrados de la familia.
(Pascal. Sens, 1862).
Extraído de: "Evangelio según el Espiritismo"
Allan Kardec
913. Entre los vicios, ¿cuál puede considerarse como radical?
«Muchas veces lo hemos dicho, el egoísmo; de él arrancan todos los males.
Estudiad todos los vicios, y encontraréis que en el fondo de todos ellos
reside el egoísmo. En vano los combatiréis, y no conseguiréis extirparlos
hasta que no hayáis atacado el mal en su raíz, hasta que no hayáis
destruido la causa. Dirigid, pues, todos vuestros esfuerzos hacia este
objeto, porque él es el verdadero cáncer de la sociedad. Cualquiera que
desee aproximarse desde esta vida a la perfección moral, debe arrancar de
su corazón todo sentimiento de egoísmo; porque éste es incompatible con la
justicia, con el amor y con la caridad; neutraliza todas las otras
cualidades».
914. Fundándose el egoísmo en el sentimiento de interés personal, parece
muy difícil extirparlo completamente en el corazón humano, ¿llegará a
conseguirse?
«A medida que los hombres se ilustran sobre las cosas espirituales, dan
menos importancia a las materiales. Además es preciso reformar las
instituciones que excitan y mantienen el egoísmo. Esto depende de la
educación».
915. Siendo el egoísmo inherente a la especie humana, ¿no será siempre un
obstáculo para el reino del bien absoluto en la tierra?
«Cierto que el egoísmo es vuestro mal mayor, pero depende de la
inferioridad de los espíritus encarnados en la tierra, y no de la misma
humanidad. Luego; purificándose los espíritus en encarnaciones sucesivas,
se desprenden del egoísmo como de sus otras impurezas. ¿No tenéis en la
tierra ningún hombre que, libre de egoísmo, practique la caridad? Hay más
de los que vosotros creéis, pero vosotros no los conocéis; porque la
virtud no busca el ruido de la publicidad. Y si hay uno, ¿por qué no ha de
haber diez? Si diez, ¿por qué no mil? Y así sucesivamente».
916. Lejos de disminuir el egoísmo, crece con la civilización que parece
excitarlo y mantenerlo. ¿Cómo pues, la causa destruirá el efecto?
«Mientras más grande es el mal, más horrible se presenta, y preciso era
que el egoísmo originase mucho mal, para que se conociese la necesidad de
extirparlo. Cuando los hombres hayan sacudido el egoísmo que los domina,
vivirán como hermanos sin hacerse mal, ayudándose mutuamente por el mutuo
sentimiento de la solidaridad. Entonces el fuerte será apoyo del débil y
no su opresor, y no se verán hombres faltos de lo necesario; porque todos
practicarán la ley de justicia. Este es el reino del bien de cuya
preparación están encargados los espíritus». (784)
917. ¿Qué medio hay para destruir el egoísmo?
«De todas las humanas imperfecciones, la más difícil de desarraigar es el
egoísmo, porque deriva de la influencia de la materia de la cual el
hombre, que está muy próximo aun a su origen, no ha podido emanciparse, y
todo contribuye a sostener esa influencia; las leyes, la organización
social y la educación. El egoísmo amenguará con el predominio de la vida
moral sobre la material, y sobre todo con la inteligencia que os da el
espiritismo de vuestro estada futuro real, y no desnaturalizado por
ficciones alegóricas. Bien comprendido el espiritismo, y una vez
identificado con las costumbres y creencias trastornará los hábitos, los
usos y las relaciones sociales. El egoísmo se funda en la importancia de
la personalidad, y el espiritismo bien comprendido, lo repito, hace ver
las cosas desde tan alto que el sentimiento de la personalidad desaparece
hasta cierto punto ante la inmensidad. Destruyendo semejante importancia,
o por lo menos haciendo que se la considere tal cual es, el espiritismo
combate necesariamente el egoísmo.
»Lo que a menudo hace egoísta al hombre es el roce del egoísmo de los
otros, porque siente la necesidad de estar a la defensiva. Viendo que los
otros piensan en sí mismos y no en él, se ve arrastrado a pensar en él y
no en los otros. Pero sea el principio de caridad y de fraternidad base de
las instituciones sociales, de las relaciones legales de pueblo a pueblo y
de hombre a hombre, y éste cuidará menos de su persona, viendo que otros
piensan en ella.
Sentirá la influencia moralizadora del ejemplo y del contacto. En
presencia de ese desbordamiento de egoísmo, necesitase una verdadera
virtud para hacer abnegación de su personalidad en provecho de los otros,
que a menudo nada lo agradecen. A los que poseen semejante virtud es a
quienes está abierto el reino de los cielos, y a ellos sobre todo está
reservada la dicha de los elegidos; porque en verdad os digo que el día de
la justicia, todo el que sólo en sí mismo haya pensado será separado y
sufrirá por su abandono. (785)
FENELÓN».
Indudablemente se hacen laudables esfuerzos para hacer que la humanidad
progrese; se alientan, se estimulan, le honran los buenos sentimientos más
que en época alguna, y sin embargo el gusano roedor del egoísmo es siempre
el cáncer social. Es un mal real que brota por todo el mundo, y del que
todos somos más o menos víctimas. Preciso es, pues, combatirlo como se
combate una enfermedad epidémica, y para ello es necesario proceder como
los médicos, remontarnos al origen. Búsquense en todas las partes de la
organización social desde la familia a los pueblos, desde la caballa al
palacio, todas las causas, todas las influencias patentes u ocultas, que
excitan, mantienen y desarrollan el egoísmo, y una vez conocidas las
causas, el remedio se presentará por si mismo. No se tratará más que de
combatirlas, si no todas a la vez, parcialmente, a lo menos, y poco a poco
se extirpará el veneno. La curación podrá ser larga, porque las causas son
numerosas, pero no es imposible. Por lo demás no se conseguirá, si no se
corta la raíz del mal por medio de la educación, no de esa que propende a
hacer hombres instruidos, pero si de la que tiende a hacer hombres
honrados. La educación, cuando se la entiende bien, es la clave del
progreso moral, y cuando se conozca el arte de manejar los caracteres como
se conoce el de manejar las inteligencias, se podrán enderezar como se
enderezan los arbustos. Pero ese arte requiere mucho tacto, mucha
experiencia y una observación profunda; es erróneo creer que basta tener
ciencia para ejercerlo con provecho.
Cualquiera que, desde el nacimiento, sigue así al hijo del rico, como al
del pobre, y observa todas las perniciosas influencias que operan en él a
causa de la debilidad, de la incuria y de la ignorancia de los que le
dirigen, y cuán a menudo son improductivos los medios que para moralizarle
se emplean, no puede admirarse de hallar tantos defectos en el mundo.
Hágase para lo moral otro tanto que para la inteligencia, y se verá que,
si hay naturalezas refractarias hay más de las que se creen, que no
esperan más que una buena cultura para dar frutos buenos. (872)
El hombre quiere ser feliz, y este sentimiento es natural. Por esta razón
trabaja sin cesar por mejorar su posición en la tierra; busca las causas
de sus males para remediarlas. Cuando comprenda que el egoísmo es una de
ellas - la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia,
el odio y los celos, que le perjudican a cada instante-, que perturba
todas las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la
confianza, obliga a estar siempre a la defensiva contra su vecino, que
hace, en fin, del amigo un enemigo, comprenderá también entonces que ese
vicio es incompatible con su propia felicidad, y hasta añadimos con su
propia seguridad. Mientras más sufra a consecuencia de él, más sentirá la
necesidad de combatirlo, como combate la peste, los animales nocivos y
demás calamidades. Será solicitado a ello por su propio interés. (784)
El egoísmo es el origen de todos los vicios, como la caridad es el de
todas las virtudes. Destruir el uno y fomentar la otra, tal debe ser el
objeto de todos los esfuerzos del hombre, si quiere asegurar su dicha así
en la tierra, como en el porvenir.
Extraído del libro "El libro de los Espíritus"
Allan Kardec |