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Profesor Titular de la cátedra de Fisiología de la Universidad Santa Cecilia,
en la ciudad de Santos, Brasil, el Dr. Décio Iandoli Júnior es vicepresidente de
la Asociación Médico-Espírita de “Baixada Santista” (región que abarca varios
pueblos del litoral del Estado de São Paulo); es autor de los libros Fisiología
Transdimensional y Ser Médico y Ser Humano, y uno de los conferenciantes del
Primer Encuentro Europeo de Medicina y Espiritualidad. En esta entrevista,
Iandoli presenta algunas de las ideas que han sido objeto de sus reflexiones
Salud & Espiritualidad: ¿Cómo entender científicamente el alma y las
envolturas sutiles que forman parte del ser humano?
Décio Iandoli Jr.: El modelo científico que uso en mi libro Fisiología Transdimensional, se llama modelo de Tiller-Einstein del espacio/tiempo
positivo-negativo, descrito en el libro Medicina Vibracional, del Dr. Richard
Gerber. En ese modelo el Dr. William Tiller, de la Universidad de Stanford (EE.UU.),
utilizó la fórmula de Einstein (E = m.c2) añadiéndole una constante de
proporcionalidad (ecuación de Einstein-Lorentz). Físicamente, una partícula
acelerada a la velocidad de la luz gasta una energía exponencialmente mayor,
hasta que en cierto punto su aumento de velocidad requiere una energía
absurdamente intensa. Cuando se introducen números superiores a la velocidad de
la luz en la reacción de Einstein- Lorentz, llegamos a soluciones con raíz
cuadrada de números negativos, que no se clasificaban como valederos. En su
libro Medicina Vibracional el Dr. Gerber divulga además las ideas del Dr.
Charles Mouses, un matemático que partió del postulado de que esos números sí
son válidos, y les dio el nombre de hipernúmeros; así, de la misma manera que la
matemática convino la no-existencia de raíces de números negativos (llamados
números imaginarios), el Dr. Mouses convino considerarlos como verdaderos, y
empezó a estudiarlos, con lo cual produjo soluciones para ecuaciones de la
física cuántica y del electromagnetismo. Los hipernúmeros podrían traducir los
efectos de energías con velocidades superiores a la luz. Basado en el postulado
del Dr. Mouses, el Dr. Tiller elaboró un gráfico para analizar ese modelo
matemático, y obtuvo dos curvas, representadas por una imagen en el espejo. A la
dimensión en que la materia existe con velocidades inferiores a la luz, el Dr.
Tiller la llamó espacio-tiempo positivo. Sería la materia del universo físico. A
la dimensión en que las partículas de la materia viajan a una velocidad superior
a la luz, le llamó espacio-tiempo negativo, que configuraría la dimensión
espiritual o etérea (dimensión en que la masa es negativa). Con la ayuda de ese
modelo podemos comprender mejor la composición de las diversas envolturas
sutiles del espíritu: cuerpo mental, periespíritu, cuerpo causal, doble etéreo.
Estas partes del ser estarían compuestas con la materia perteneciente a la
dimensión espacio-tiempo negativo.
S&E: ¿Por qué la Medicina oficial tiene tantas dificultades en mirar al paciente
de esa forma, como un ser integral?
Décio: Para tener una visión integral del ser humano es necesario admitir la
existencia del alma y su poder de mando sobre el organismo físico, y la medicina
occidental no lo admite. A pesar de la herencia espiritualista dejada por
Hipócrates (Escuela de Cos), a lo largo de los últimos dos siglos hemos vivido
la negación de ese modelo. Hoy día la medicina está sumida en el tecnicismo, en
el paradigma materialista reduccionista, que exacerban la mercantilización de la
relación médicopaciente y la industrialización del trabajo médico, que ha
funcionado como un cáncer que desintegra todas las posibilidades de entablar una
relación de confianza y respeto entre el paciente y su médico. Creemos, sin
embargo, que el paradigma materialista está en su etapa final de «agotamiento»;
hay un lento proceso de cambio que se podrá acelerar dependiendo de la formación
que se les brinde a las nuevas generaciones de académicos.
S&E: Y entonces, ¿cuál sería el papel del médico?
Décio: Según el paradigma médico-espírita, el médico ayuda al enfermo a
encontrar la cura. En las escuelas de Medicina, recibimos una formación
distorsionada: intentamos salvar y curar a la gente, cuando en realidad el papel
del médico es confortar, auxiliar, conducir al paciente, si posible, a buscar su
propia cura, minimizando su sufrimiento y el de su familia. Por creerse capaz de
curar, aunque sea inconscientemente, el médico acaba por asumir una posición de
superioridad con respecto al paciente, alimenta un sentimiento de omnipotencia
que se transmite de generación en generación en las escuelas médicas. Ese
sentimiento provoca distorsiones importantes en la relación médicopaciente y
trae frustraciones al profesional en esos momentos de la vida en que resultan
evidentes sus limitaciones y fragilidades ante el sufrimiento y la muerte. El
médico que se despoja del peso de la omnipotencia, de portador del don de curar,
se quita de los hombros un fardo que nunca fue capaz de cargar: la
responsabilidad por el otro. Y se convierte en hermano, compañero, que auxilia,
orienta y conforta. Una vez tomada esa posición, o sea, al lado del paciente,
con quien entabla una alianza basada en la honestidad y la confianza, el médico
estará capacitado a cumplir su verdadera destinación, que es la de ayudar a su
paciente, ya sea en el proceso de cura, ya sea en el proceso de muerte,
ampliando no sólo su eficiencia sino también su alcance.
S&E: Es una lástima que tales conceptos no se incluyan en la formación del
médico...
Décio: Creo que la reforma más importante que debemos fomentar es, precisamente,
la formación del médico, que debe ser mucho más humanística, con una visión
integral del ser humano, que lo induzca a considerar el alma en sus
diagnósticos, porque allí radica el origen de todo proceso mórbido, y también la
clave para un proceso terapéutico eficiente. Sabemos que la gran mayoría de los
médicos tiene alguna religión, pero son poquísimos los que logran aplicar su
religiosidad al atender a sus pacientes y en su relación con ellos y con sus
familiares. El médico se obliga a una escisión de sí mismo, dividiéndose en
médico escéptico y hombre de fe, que se transforman en porciones paradójicas del
mismo ser. Esa dificultad queda más clara al momento de la muerte, otro punto
complejo e igualmente importante en la vida del médico, que no se enfoca de
forma adecuada en la facultad de medicina, ya que hoy día la institución busca
formar seres capaces de curar, y así, dentro del modelo vigente, la muerte
significa derrota, pérdida, generadora de frustraciones. Hay que dejar de luchar
contra la muerte a cualquier precio, y empezar a mirarla como un suceso natural
e inevitable de la vida. Hay que luchar, eso sí, contra la indiferencia y la
falta de afecto, llevar confort y bienestar a los pacientes, aprovechar todas
las lecciones que ellos pueden enseñarnos, y brindarles todo cuanto una vivencia
profesional fraterna pueda proporcionar. Transformémonos en guías para los
momentos de dolor, mediante el ejercicio de una Medicina basada en el Amor.
Entrevista extraída de la versión especial en castellano de la revista
“Saúde & Espiritualidade” edición Nº 1. Editada por la Asociación Médico
Espírita Brasileña. (www.amebrasil.org.br
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