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En
el capítulo V del Libro de los Espíritus Allan Kardec subraya la
antigüedad del dogma de la reencarnación, que el Espiritismo no inventó,
y añade muy juiciosamente que «el espiritismo
que es una ley de la naturaleza, debió existir desde el origen los tiempos».
La finalidad de este artículo es mostrar que se puede encontrar rastros de
esta creencia en las dos grandes religiones monoteístas que son el
Judaísmo y el Cristianismo. No entramos en ello de modo exhaustivo,
aconsejándole para esto al lector trasladarse a las obras citadas en
bibliografía.La creencia en la
reencarnación en el Judaísmo
La creencia en un renacimiento después de la muerte es
una creencia tradicional del Judaísmo que se reencuentra en sus tres
sectas principales: los Fariseos, los Samaritanos, y los Esenios (1). Su
concepción de este tema nos es conocida gracias al historiador judío
Flavius Joseph, que, en el Siglo
I después de Jesucristo le consagró varias reseñas en el seno de sus
obras. Así en la Guerra de los judíos escribe que para los
Fariseos, sólo el alma de los buenos puede reencarnarse: «los Fariseos,
que son famosos por el vigor con cual explican las leyes, dicen que toda
alma es incorruptible y que solamente la de los buenos pasa a otro cuerpo
(2).» En cuanto a los Esenios, afirma que creían en la preexistencia
del alma, pero no puede afirmar categóricamente que creyeran en la
reencarnación. La creencia en la reencarnación se encuentra también en los
Samaritanos donde la doctrina del "taheb"
enseña que un alma preexistente se consagró en
Adán y por encarnaciones sucesivas en
Set, Noé y
Abraham, reencontrandose en Moisés.
Las modalidades de este renacimiento no
parecen haber sido definidas claramente y parece que varias concepciones
hubieran coexistido simultáneamente en el seno del Judaísmo.
Para
algunos, este renacimiento consistía en una vuelta a la vida del cuerpo:
es el dogma de la resurrección. Los Judíos tenían sólo nociones vagas e
incompletas sobre el alma y sobre su enlace
con el cuerpo, así como sobre la manera en la que debían revivir. También
pudieron pensar que este renacimiento debía acompañarse de una
resurrección del cuerpo humano. Esta concepción se apoyó en ciertos
pasajes del Antiguo Testamento donde la resurrección de los
cuerpos se afirma distintamente: «y los huesos se acercaron ajustándose
uno a otro. Vi que había sobre ellos nervios, que una carne se había
desarrollado y que una piel se extendía encima (3).» La resurrección
fue considerada como una infracción que Dios hacía a la ley de la
naturaleza con el deseo de recompensar a los elegidos. Dios devolvía la
vida a sus fieles al final de los tiempos con el fin de que recibieran la
recompensa de sus obras:
«Los de vuestro pueblo
que se ha hecho morir vivirán de nuevo; los que hubieran muerto por mí
resucitarán. Despertad de vuestro sueño y cantat las alabanzas a Dios,
vosotros que vivís en el polvo: porque el rocío que cae sobre vosotros es
un rocío de luz (4) »
Así, el sacrificio de los
niños de Israel si no recibe su recompensa en esta vida, la recibirá al
final de los tiempos. Los malos también resucitarán, pero para ser
castigados: «los que duermen en el polvo del suelo despertarán, unos
para una vida eterna, otros para ser objeto de ignominia eterna (5).»
Esta concepción del
renacimiento está muy alejada de la de la reencarnación tanto por la forma
como por su significado. En efecto, la reencarnación presupone sólo la
supervivencia del alma, mientras que la resurrección es un estado
puramente escatológico, que se produce únicamente a finales de los tiempos
y que fija la suerte de todos para siempre después de un juicio final.
Estamos muy lejos del concepto de reencarnación que implica la pluralidad
de las existencias terrestres y la transmigración del espíritu en cuerpos
nuevos con el fin de progresar y de mejorar moralmente. Es en el
apocalipsis judío donde esta concepción está más desarrollada. El
apocalipsis designa el conjunto de la literatura que pretende conocer los
secretos del final de los tiempos y cuyo contenido fue revelado por una
visión. Se desarrolló entre el año 200 aC y el 150 dC, sobre todo en los
medios Esenios.
No obstante, existía otra
concepción del regreso a la vida en el seno del Judaísmo. Algunos
suponían, en efecto, que este renacimiento implicaba sólo al alma y que
esta última, en diferentes épocas, volvía sobre Tierra revistiendo un
cuerpo nuevo. Esta doctrina de la transmigración de las almas o de la
metempsicosis, como se la llamaba en aquella época, está también presente
en el Antiguo Testamento: «Pero, una vez muerto
el hombre, cuando su cuerpo separado del Espíritu se consume, ¿En que se
convierte? ¿Que se hace de él? Una vez muerto el hombre, ¿puede renacer de
nuevo? En esta guerra en que me encuentro cada día de mi vida, espero a
que llegue mi cambio. (6).»
En el Libro de la sabiduría, nacido en el Judaísmo
alejandrino, una distinción muy profunda se introduce entre el alma y el
cuerpo, incluso se considera una supervivencia del alma independiente al
cuerpo después de la muerte.
Ciertos pasajes permiten
también sugerir que el alma preexiste al cuerpo. Esta preexistencia,
siendo el fundamento de toda creencia en la reencarnación, no hace ninguna
alusión a la resurrección: «fui un niño naturalmente bueno y tuve en el
reparto una alma buena; o más bien, como era bueno, vine en un cuerpo sin
mancha. » (7) Y: «el cuerpo corruptible hace más pesada al
alma y en el envoltorio terrestre entorpece al espíritu con múltiples
preocupaciones.» (8).
No se puede conocer con
precisión hasta que punto la creencia en la transmigración de las almas
fue difundido en el Judaísmo, ni en que momento exacto apareció, (¿X-IX
siglos antes de Cristo?) pues esta doctrina no
está desarrollada sistemáticamente en ninguna parte de los textos judíos,
incluido el Antiguo testamento. No encontramos en ellos más
que alusiones. En todas partes donde aparece tácitamente se considera como
bien conocida y no se da ninguna explicación detallada.
Ciertos indicios nos
inclinan a pensar que esta creencia debía estar bastante difundida entre
el pueblo. En efecto, en el Nuevo testamento es evidente que
el regreso de los profetas se esperaba de forma unánime. Es lo que resalta
en particular de Mateo 16, 13-14: «habiendo venido de la región
de Cesarea de Philippe, Jesús
interrogaba a sus discípulos diciendo: «¿ Quien dice la gente que es el
hijo del hombre?» Dijeron:
«para unos Juan el Bautista; para otros Elias; para otros Jeremias o uno
de los profetas.» Y Mateo,
17, 10-13 (9): «los discípulos preguntaron a Jesús: «¿ por qué dicen
los maestros de la Ley que primero debe venir Elias?»
Jesús les respondió:
«Es cierto que Elias debía venir para volver a
ponerlo todo en orden; sin embargo os aseguro que Elías ya vino y no le
reconocieron, sino que le trataron como quisieron.»
(10) Todo el mundo esperaba la vuelta de Elias (11) y el profeta Malaquias
en el Siglo IX había anunciado su vuelta: «el sol de la justicia se
levantará y con sus rayos os curaran … Os enviaré al profeta Elias antes
que llegue el día de
Yahvé,
el gran y terrible día.» (12) Los discípulos de Jesús comprendieron
entonces sin dificultad que Elias ya regresó como Juan Bautista.
La creencia en la
transmigración de las almas está presente también entre los autores judíos
de los Siglos I y II. Véase lo que escribe el historiador
Flavius Joseph, en su obra ya
citada: la guerra de los Judíos: «los cuerpos, por
supuesto, son mortales entre los vivos y están constituidos por una
materia corruptible, pero el alma es para siempre inmortal y vive en los
cuerpos como una parcela de Dios …
¿No sabéis vosotros que aquellos que
llevan la vida según la ley de la naturaleza ... ganan una gloria eterna;
... que sus almas quedan puras y caritativas, que obtienen el lugar más
santo del cielo de donde, gracias al ciclo de las edades, regresan para
vivir de nuevo en cuerpos santos? Pero para los que tienen la locura de
levantar la mano sobre si mismos, un Hades más sombrío recibe sus almas.»
(13)
El filósofo de Alejandría,
Philon
el Judío, escribió sobre si mismo: «el aire,
como una ciudad rica en hombres, contiene en lugar de los ciudadanos las
almas incorruptibles e inmortales, tan numerosas como las estrellas. Entre
estas almas, unas, mostrando por la Tierra y la materia una gran
atracción, descienden para ligarse a cuerpos mortales, las otras remontan
habiendo sido juzgadas buenas para el retorno conforme a los números y a
los períodos fijados por la naturaleza.» (14)
En estos dos extractos, la
creencia en la transmigración de las almas se ve claramente afirmada. Sin
embargo hay que notar que en el Siglo II el Judaísmo evolucionó
profundamente en contacto con la cultura griega que admite la inmortalidad
del alma y su transmigración en diferentes cuerpos. Se reconoce la gran
influencia platónica entre estos dos autores. Parece que la creencia en la
transmigración haya sido difundida sobre todo en la parte esotérica del
Judaísmo, cuyo conocimiento era reservado a una minoría de iniciados
cuidadosamente seleccionados. En efecto, era frecuente en la época que una
doctrina estuviera compuesta por dos enseñanzas: por un conocimiento
exotérico abierto todos, y por otro conocimiento esotérico y secreto,
reservado para una minoría en mejores condiciones de comprender lo que la
mayoría todavía no podía admitir. Designamos como «la cábala» («cosa
recibida»; «Ley tradicional») al conjunto de los conocimientos esotéricos
del Judaísmo. Estos conocimientos habrían sido recibidos por Moisés en el
Monte el Sinaí paralelamente a las Tablas de la Ley y se habrían
transmitido de generación en generación oralmente, hasta su puesta por por
escrito en tratados que concretarían tal o tal cuestión. Entre estos
tratados, el
Zohar
o Libro de los Esplendores, es la única
obra judía que ha tratado de forma sistemática la transmigración de las
almas. Bajo su forma actual, data del Siglo XIII, pero ya había sido
redactada una versión en el Siglo I aC. El
Zohar
comprende 5 secciones, de las cuales una es el
Libro de las Transmigraciones de las almas.
He aquí algunos
extractos:
«Todas las almas están
sujetas a la transmigración; pero los hombres ignoran las intenciones del
lo Alto que les mira; ignoran que son juzgados cada hora, en el momento de
venir a este mundo y en el de dejarlo. Ignoran cuan numerosas
transformaciones y pruebas misteriosas deben atravesar y cuan numerosas
almas y numerosos espíritus yerran en este mundo por no poder regresar al
palacio del Rey divino. Las almas deben regresar a la sustancia absoluta
de donde derivan, pero para llegar allí, deben desarrollar todas las
perfecciones cuyo germen llevan en si mismas; y si no satisfacieron esta
condición en el curso de una vida, deben empezar
de nuevo una segunda, una tercera, etcétera, hasta que hubieran alcanzado
esta condición que les permite volver a unirse a Dios.»
(15)
Este sobrevuelo rápido de las concepciones
judías nos muestran que la creencia en la reencarnación formaba parte de
ciertas tradiciones del Judaísmo al lado de la creencia en la
resurrección, aunque ahora la ortodoxia tiende a rechazarlo y a negarle un
lugar en la filosofía judía tradicional.
Departamento de Estudios y de Búsquedas de
la Unión Espírita Francesa y Francófona.
Bibliografía:
J. Head
y S.L. Cranston, El libro de la reencarnación, 1977
Allan Kardec, El Evangelio según el
Espiritismo
La Biblia, traducción ecuménica íntegra
Extracto del Libro de los Espíritus
Resurrección de la carne
1010. ¿El dogma de la resurrección de la
carne es la consagración del de la reencarnación enseñada por los
Espíritus?
«¿Cómo queréis que no sea así? Sucede con
esas palabras lo que con muchas otras, y es que sólo parecen absurdas a
ciertas personas, porque se las toma literalmente, y por semejante razón
engendran la incredulidad. Pero dadles una interpretación lógica, y
aquellos a quienes llamáis libres pensadores las admitirán sin dificultad,
por lo mismo que reflexionan; porque, no lo dudéis, esos libres pensadores
no desean otra cosa que creer. Tienen como los demás, acaso más, sed del
porvenir, pero no pueden admitir lo que la ciencia rechaza. La doctrina de
la pluralidad de existencias es conforme a la justicia de Dios; sólo ella
puede explicar lo que es inexplicable sin ella. ¿Cómo queréis, pues, que
ese principio no esté consignado en la misma religión?»
-¿ Así la Iglesia misma, por el dogma de
la resurrección de la carne, enseña la doctrina de la reencarnación?
«Evidentemente. Por otra parte, esa doctrina es consecuencia de muchas
cosas que han pasado desapercibidas, y que, dentro de poco, serán
comprendidas en este sentido. No tardará mucho en reconocerse que el
Espiritismo salta a cada paso del texto mismo de las Escrituras sagradas.
Los espíritus no vienen, pues, a destruir la religión, como pretenden
algunos; vienen, por el contrario, a confirmarla, a sancionarla con
irrecusables pruebas. Mas como ha llegado el tiempo de no usar ya el
lenguaje figurado, se expresan sin alegorías, y dan a las cosas un sentido
claro y preciso que no pueda ser objeto de ninguna falsa interpretación.
He aquí por qué, dentro de poco, tendréis gentes más sinceramente
religiosas y creyentes que no tenéis hoy.»
«SAN LUIS.»
El Libro de los Espíritus.
Allan Kardec.
Traducción de Jordi Canals
Publicado en Revista Espirita Nº 2 (Extraído de la Revue Spirite en
Francés)
(1) El judaísmo se compone al
principio de varias sectas que tienen cada una sus propios dogmas. Las
cuatro directoras de colegio son los saduceos; los fariseos; los
samaritanos y los esenios. El
farisianismo acabó
por representar lo esencial del judaísmo después de la caída de Jerusalén
en el año 69 después de Jesucristo.
(2) La guerra de los judíos, las bellas cartas, París, 1980, libro II,
pags. 162-163
(3)
Ezequiel, 37, 1-14.
(4) Isaias, 26, 19.
(5) Daniel, 12,
2-3.
(6) Job, 15, 10.
(7) Libro de la Sabiduría, 8, 19-20
(8) Libro de la Sabiduría, 9, 15
(9)
Mateo, 17, 10-13
(10) Ver también a Marcos, 9, 10-12.
(11) Profeta que vivió en el siglo IX antes de Jesucristo
(12)
Malaquías, 3, 20-23
(13) La guerra de los Judíos, las bellas
cartas, París, 1980, Libro III, pags. 162-163.
(14) Se creía en aquella época que el alma se reencarnaba por ciclos. Así
en el Fedón de Platón, una alma virtuosa tiene
el privilegio de no encarnarse durante 7 revoluciones.
(15) Citado en J.
Head y S.L. Cranston, El
libro de la reencarnación, 1977, p. 219
NOTAS A LA TRADUCCIÓN:
Se ha subrayado en amarillo aquellas aquellos nombres propios de cuya
traducción se tiene ciertas dudas en el momento de la traducción. (Algunos
de ellos por conocerlos en Catalán, pero no en Castellano).
En el texto original en Francés, cuando
transcribe el pasaje sobre la Resurrección de la Carne de El libro de los
Espíritus, cae en un error al separarlo en los párrafos Nº 1010 y 1011.
Ambas cuestiones respondidas por San Luis, corresponden al mismo párrafo
1010 de El Libro de los Espíritus. (El Nº 1011 hace referencia a Cielo,
Infierno y Purgatorio).
La cita (6) parece incorrecta. Según mi
Biblia, la cita corresponde a Job 14, 10 |