¡Un adiós!

Por regla general, el hombre ama los lugares donde fue dichoso, y le inspiran aversión los parajes donde cayó abrumado bajo el peso enorme de la cruz. Y aunque la reflexión nos haga considerar que lo que tiene que efectuarse se efectúa, lo mismo en un sitio que en otro, domina al hombre esa preocupación, sin eximirse de su influjo ni el sabio ni el ignorante.

Nosotros confesamos ingenuamente que recordamos con horror algunos lugares donde hemos sentido esos dolores agudísimos, esos accesos de profunda desesperación, esa agonía que concluye con todas las esperanzas, dejándonos sumergidos en el hondo abismo del abatimiento.

¡Cuánto se sufre cuando el alma se abate! Cuando el desaliento nos cubre con su manto de nieve o su capa de fría ceniza, cuando todo se ve muerto…, cuando el no ser parece el porvenir de la Humanidad. Seguir leyendo “¡Un adiós!”

Las hojas caen…para nacer

¿No es verdad que se impresiona el alma tristemente, cuando nuestra mirada afanosa se fija en los bosques, donde ayer anidaban los pajarillos, y hoy los árboles despojados de sus galas extienden sus secos brazos pidiendo misericordia?

Echegaray, pintando el cuadro del invierno, dijo así:

Los bosques son muchedumbres
De esqueletos que se agitan.
Y nosotros decimos:
¡Esos muertos resucitan!…
¡Todo vive en la Creación! Seguir leyendo “Las hojas caen…para nacer”

¡Una Santa!

Iconoclasta por temperamento, jamás me han impresionado las imágenes de los santos, aunque hayan sido maravillas del arte pictórico o escultórico. Nunca un Cristo clavado en la cruz, ni una Virgen de la Soledad con las siete espadas clavadas en el pecho, han conseguido hacerme sentir lo que una pobre viuda rodeada de sus pequeños hijos pidiéndole un pedazo de pan, o un obrero postrado en el duro lecho de un hospital, expirando sin que nadie murmure una palabra de consuelo en sus oídos.

Ayer mismo visité a una mujer, y al mirar sus ojos hundidos por el dolor, al verla con las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada, silenciosa, abstraída en dolorosos pensamientos; al verla con su traje de luto, sus cabellos recogidos en una trenza, sin artificio alguno, sentí una inmensa compasión y me decía mentalmente: Seguir leyendo “¡Una Santa!”

La tolerancia

-¡Ay, madre! ¡Qué mañana tan hermosa…! Ya tenías tú razón que en el campo se debe madrugar para disfrutar de los encantos que tiene la Naturaleza.

-Me alegro que te convenzas, hijo mío, de que es una ingratitud no levantarse temprano para admirar la grandeza de Dios, porque lo que es la salida del Sol, aunque todos los días es lo mismo, como tú me decías ayer, no por eso deja de ser menos admirable la vida que difunde con su luz, con su calor; parece que el Sol dice a la Humanidad: ¡Buenos días! ¡Buenos días! Ya estoy entre vosotros.

-Sí, mamá, sí; tienes muchísima razón. ¡Estoy contentísimo de haber venido; qué bien hemos almorzado! Pero ahora falta lo mejor; falta la historia. Seguir leyendo “La tolerancia”

Los colores

Hallándome una tarde en un hermoso jardín, me sorprendió con su agradable visita una joven ciega, de la cual ya me había ocupado en otros artículos, porque desde que la conocí me fue por extremo simpática: Milagros, que cuenta dieciséis primaveras. Su vida es ahora la misma que en años anteriores: vive en la sombra, escuchando los lamentos o las imprecaciones de su padre, que hace más de diez años que no puede moverse por sí solo y pasa el día sentado en una silla, y oyendo a la vez las amargas quejas de su madre, débil y enferma a fuerza de privaciones, de trabajos superiores en mucho a su endeble organismo, pareciendo poco menos que imposible, que pueda resistir tantos sufrimientos.

Sabido es que la miseria, en muchas ocasiones, hasta embrutece al individuo, porque éste no piensa más que en los medios de atender a las indispensables necesidades de la vida, y se estrecha el círculo de sus relaciones, pues todo el mundo, por regla general, huye de los pobres, cuyo trato entristece a los que tienen el corazón sensible, y aburre a los indiferentes, que no buscan en sus semejantes más que distracciones y pasatiempos. Seguir leyendo “Los colores”

¿Qué diremos hoy?

¿Qué diremos hoy? ¿Qué diremos hoy a nuestros lectores al comenzar? Lo que dijimos ayer:

“Que la mejor ofrenda que se puede ofrecer a Dios es el bien” “Que una conciencia limpia es el mejor tesoro” “Que la ciencia es la lumbrera del progreso” y la humanidad para hacerse digna de su preclara estirpe, puesto que es hija de Dios, debe ser buena y debe ser sabia. Esto es muy fácil de decir, y es muy difícil de conseguir, porque uno de los grandes escollos que encuentra el hombre para su progreso, es el hombre mismo. Nunca han faltado en la Tierra mensajeros de paz y de amor.

Siempre han encarnado en este planeta espíritus en misión, que han venido de Mundos Superiores para instruir a los terrenales; pero su trabajo lo describe muy bien este antiguo refrán: “Predicar en desierto, sermón perdido”. Y así ha pasado, casi siempre los grandes innovadores, los reformadores de las ideas, han predicado en un desierto, pues de nada sirve un auditorio, que dice con indiferencia: “Predicadme que por un oído me entra y por el otro me sale”. Seguir leyendo “¿Qué diremos hoy?”

Los ídolos

Le debe el arte al santo paganismo
del gentil cristianismo,
que a su gusto formó la egregia Roma,
riqueza y esplendor imponderable
en magníficos templos,
cuyas altivas torres
parece que en su anhelo
quieren audaces escalar el cielo.

Gigantes catedrales
con sus altas ventanas ojivales
en bóvedas sombrías,
donde el órgano arroja
imponentes y tristes melodías. Seguir leyendo “Los ídolos”

¡Dos niños!

I

Una tarde, y casi a la misma hora, mi tranquilo gabinete de trabajo fue invadido por dos familias, compuesta la primera de un matrimonio joven y dichoso, con un hijo que cuenta medio año: quizá no me hubiera fijado tanto en estudiar su dicha, si no hubiese visto junto a ellos a dos mujeres y un niño de cuatro meses, madre, hija y nieto, tres personas distintas y una sola calamidad verdadera, en cuyos semblantes aparecían las huellas de profundas amarguras. La alegría del matrimonio feliz y del hijo sonriente realzaba la desgracia del grupo infeliz. Seguir leyendo “¡Dos niños!”

Juan Mañana

Cuando un pensamiento o una impresión os incline a corregir un defecto o el arrebato de una pasión, ya sea de palabra, obra o trabajo puramente mental, no esperes nunca el mañana para corregirlos, sino al momento, en seguida, porque esperando podréis encontraros en el día de vuestra transformación, y entonces tendréis que sufrir las consecuencias de vuestra pereza en el obrar.

Muchos piensan y dicen: Cuando vea que se acerca mi hora, cuando vea de que se aproxima el final de mi existencia, tomaré una resolución. ¡Mala manera de pensar es esa! Cada día tenéis avisos con las impresiones que os hacen sentir los Espíritus, y además, los dolores físicos os indican que vuestro organismo pierde sus energías y que se os va acercando la hora de rendir cuentas. Seguir leyendo “Juan Mañana”

Enriqueta y Mercedes

Si hay algo que sea verdad en este mundo, es la expresión del semblante del niño. Ellos me dicen lo que es real, lo que es positivo; en su mirada se lee la verdad sin velos ni eclipses. Hace algún tiempo conocí a Enriqueta, simpática niña de diez años; no había visto nunca yo una mirada más triste, ni una sonrisa más melancólica: aquella niña, sin hablar, parece que exclama de continuo: ¡Quiero irme!… ¡Suspiro por mi patria!… ¡Allá está mi familia!… ¡Allá mi religión! ¡Qué lástima me inspira Enriqueta con sus rubios cabellos, con sus pálidas mejillas, con su blanca frente, con sus manos delgadas y transparentes, con su dulce voz y sobre todo con su dolorosa sonrisa! Seguir leyendo “Enriqueta y Mercedes”

La compasión

La compasión es el más santo de los amores. Todos los afectos terrenales se parecen a los prestamistas usureros, que sacan a un pobre de un apuro para hundirlo luego en la miseria y en la ruina cobrándole el ciento por ciento de intereses en sus préstamos. De igual manera el cariño puramente terrenal, en sus diversas gradaciones, exige la correspondencia a sus demostraciones y sacrificios. Tiene tan imperiosas exigencias el amor, que puede considerarse como un cambio de egoísmos, capaz de acabar con la paciencia hasta de aquellos que, tomando ejemplo de Job, sufren sin murmurar las desconfianzas irritantes de los celos, las reconvenciones intempestivas y violentas y toda esa cohorte de majaderías que empequeñecen y hacen insoportables ciertas afecciones humanas. Seguir leyendo “La compasión”

¡Se fueron!

Entré una mañana en un aposento sencillamente amueblado, donde había una cuna con dos niños gemelos recién nacidos. Eran los primeros que yo veía de tan corta edad y los contemplaba con tristeza y con alegría a la vez. Con tristeza, porque siempre que llega un viajero del infinito a la Tierra, me causa lástima, ¿y cómo no?, si es un condenado a trabajos forzados, un esclavo de sus propias pasiones, un mendigo, aunque tenga palacios; que rara vez el hombre llega a satisfacer la sed del cuerpo y la del alma, y suele muchas veces suceder el llevar cubierto el cuerpo con riquísimo manto de púrpura, en tanto que el espíritu tirita dominado por el intenso frío de la soledad íntima, frío para el cual no hay termómetro en la Tierra; y si por el contrario el hombre halla en su hogar el calor de la vida, tiene en cambio a menudo que mendigar de puerta en puerta para alimentar a sus hijos.  ¿Quién no compadece a los penados? Seguir leyendo “¡Se fueron!”

¡Quién sabe!

Entre las personas que me han sido más simpáticas en este mundo, figura una mujer llamada Margarita, casada, madre de cuatro niñas y un varoncito. Éste es el niño mimado por su madre, y él la adora, es el inseparable. Viéndolos tan amartelados, madre e hijo, un día le dije a Margarita:

-Se conoce que su hijo la quiere con delirio.

-¡0h!, sí, sí, con locura, y yo del mismo modo. Soy feliz desde que él nació; antes vivía sin vivir. Seguir leyendo “¡Quién sabe!”

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