Cree y sigue

“Así como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo.” —Jesús. (Juan, 17:18.)

Si abrazaste, mi amigo, la tarea espirita-cristiana, en nombre de la fe sublimada, sediento de vida superior, recuerda que el Maestro te envió el corazón renovado al vasto campo del mundo para servirlo.

No sólo enseñarás el buen camino. Actuarás de acuerdo con los principios elevados que pregonas. Dictarás directrices nobles para los demás, con todo, marcharás dentro de ellas, a tu vez. Proclamarás la necesidad de buen ánimo, pero siguiendo, adelante por el camino, sembrando alegrías y bendiciones, aun cuando seas incomprendido de todos.

No te contentarás en distribuir monedas y beneficios inmediatos. Darás siempre algo de ti mismo al que necesita.

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Soy tu

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

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La fe, madre de la esperanza y de la caridad

11. La fe, para ser provechosa, debe ser activa, no ha de embotarse. Madre de todas las virtudes que conducen a Dios, debe velar con atención el desarrollo de las hijas que da a luz. La esperanza y la caridad son una consecuencia de la fe; estas tres virtudes son una trinidad inseparable. ¿No es, acaso, la fe, la que da la esperanza de que se verán cumplidas las promesas del Señor?

Porque si no tenéis fe, ¿qué esperaréis? ¿No es la fe la que da el amor? Porque si no tenéis fe, ¿qué reconocimiento tendréis y, por consiguiente, qué amor? La fe, divina aspiración de Dios, despierta todos los nobles instintos que conducen el hombre al bien; es la base de la regeneración. Es menester que esta base sea fuerte y duradera, porque si la menor duda la hace vacilar, ¿qué será del edificio que construyáis encima?

Levantad, pues, este edificio sobre cimientos sólidos; que vuestra fe sea más fuerte que los sofismas y las burlas de los incrédulos, porque la fe que no desafía al ridículo de los hombres, no es la verdadera fe.

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Aborto

Después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide el Espíritu reencarnante es unido al embrión, constituyendo un ser humano que habitará el vientre materno por nueve meses, protegido en su fragilidad hasta que pueda enfrentar el mundo exterior.

El aborto se sitúa, así, como una desencarnación. Si es natural, cuando el organismo materno no consigue sustentar el desarrollo del bebé, configura una prueba relacionada con infracciones a las leyes divinas, tanto para los padres, que experimentan la frustración del deseo de ser padres, (se acrecienta en la mujer los sufrimientos e incomodidades consecuente de la interrupción del embarazo), como para el reencarnante, que ve malogrado su anhelo de retorno a la carne.

Ya el aborto criminal configura un crimen hediondo, no siempre pasible de punición por la justicia humana (en algunos países la legislación proporciona a la mujer el derecho de arrancar al hijo de sus entrañas, matándolo), pero inexorablemente sujeto a las sanciones de la Justicia Divina, alcanzando no solo a las madres, sino también los que directa o indirectamente se involucran con él (familiares que sugieren y profesionales que lo realizan).

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Ante los que partieron

Ningún sufrimiento en la Tierra será quizás comparable al de aquel corazón que se inclina sobre otro corazón congelado y querido que el ataúd transporta hacia el gran silencio. Ver la niebla de la muerte estamparse, inexorable, en la fisonomía de los que más amamos, y cerrarles los ojos en el adiós indescriptible, es como despedazar nuestra alma y proseguir viviendo. Digan aquellos que ya estrecharon contra el pecho un hijito transfigurado en ángel de la agonía; un esposo que se despide, buscando en vano mover los labios mudos; una compañera cuyas manos consagradas a la ternura cuelgan extintas; un amigo que cae desfallecido para no levantarse más, o un semblante materno acostumbrado a bendecir, y que nada más consigue expresar sino el dolor de la extrema separación, a través de la última lágrima.

Hablen aquellos que un día se inclinaron aplastados de soledad, frente a un túmulo; los que se arrastraron rezando en las cenizas que recubren el último recuerdo de los entes inolvidables; los que cayeron atravesados de añoranza cargando en el seno el esquife de sus propios sueños; los que tocaron, gimiendo, la losa inmóvil, y los que sollozaron de angustia en lo íntimo de sus pensamientos preguntando en vano por la presencia de los que partieron.

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Lenguaje que debe tenerse con los Espíritus

280. El grado de inferioridad o superioridad de los Espíritus, naturalmente, indica el tono que conviene tenerse con ellos. Es evidente que cuanto más elevados están, más derecho tienen a nuestro respecto, a nuestras consideraciones y a nuestra sumisión. No les debemos menos deferencia que cuando vivían y además por otros motivos: en la Tierra hubiéramos considerado su rango y su posición social; en el mundo de los Espíritus nuestro respeto sólo se dirige a la superioridad moral. Su misma elevación les pones sobre las puerilidades de nuestras formas aduladoras. Por las palabras no es como podemos captar su benevolencia; es por la sinceridad de sentimientos. Sería, pues, ridículo, darles los títulos que nuestros usos consagran a la distinción de las clases y que, viviendo, podrían haber lisonjeado su vanidad; si realmente son superiores, no solamente no hacen caso de eso, sino que les disgusta.

Un buen pensamiento les es más agradable que los honores más laudables; si fuese de otro modo no estarían más elevados que la Humanidad. El Espíritu de un venerable eclesiástico que en la Tierra fue un príncipe de la Iglesia, hombre de bien, y que practicaba la ley de Jesús, respondió un día a uno que le evocaba, dándole el título de Monseñor: “Al menos deberías decir ex Monseñor, porque aquí no hay otro señor que Dios; debes saber que yo veo algunos aquí que en la Tierra se arrodillaban delante de mí y ante los cuales yo mismo me inclino ahora”. En cuanto a los Espíritus inferiores, su carácter nos traza el lenguaje que conviene tener con ellos.

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Diez maneras de amarnos a nosotros mismos

1 – Disciplinar los propios impulsos.

2 – Trabajar, cada día, produciendo lo mejor que podemos.

3 – Atender los buenos consejos que trazamos para los otros.

4 – Aceptar sin rebeldía la crítica y la reprobación.

5 – Olvidar las faltas ajenas sin disculpar las nuestras.

6 – Evitar las conversaciones inútiles.

7 – Recibir en el sufrimiento el proceso de nuestra educación.

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Vida y valores (La bendición del cuerpo)

San Francisco de Asís acostumbraba decir que su cuerpo era un dulce burrito. Y explicaba que aquel burrito lo llevaba por todas partes. Obediente, tranquilo, exigiéndole muy poco, con muy pocas necesidades. Cuando pensamos en esa imagen creada por Francisco, de que nuestro cuerpo sería nuestro burrito imaginamos que él es nuestro instrumento de trabajo en la Tierra. Es gracias a nuestro cuerpo que nosotros, seres espirituales, aprendemos en el camino de la evolución. Del mismo modo que, para desplazarnos en el mundo, necesitamos de vehículos que nos lleven de aquí para allí, para venir del mundo de los Espíritus para la Tierra, todos precisamos de ese instrumento corporal, de ese vehículo que llamamos cuerpo físico.

Parece, sin embargo, que poca gente da importancia al cuerpo físico como debería darse. Lo trata con una cierta dejadez, con cierta indiferencia, con ciertos descuidos. El cuerpo físico es, de hecho, esa oficina notable de bendiciones, ese burrito maravilloso que nos lleva para todo lugar. Pero tiene necesidades propias.

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Simplicidad y grandeza del Espiritismo

La Doctrina Espírita, por sus fundamentos y desdoblamientos propios de su contenido doctrinario, es grandiosa por varias razones. Entre ellas, se destacan los beneficios directos del esclarecimiento a la mente humana, basados en la más perfecta lógica y buen sentido, además del alivio al corazón por el consuelo propio del mensaje totalmente estructurado en el Evangelio de Jesús. Sus respuestas a las extensas cuestiones humanas, todas construidas en las bases de la ciencia, de la filosofía y de la religión, además de su triple aspecto de sus fundamentos, atienden a todos los estadios del intelecto humano, cuando la persona se libere de preconceptos y acepte estudiar para conocer al menos, aunque a título cultural, pues la Doctrina Espírita desea sólo ser conocida, nunca impuesta.

Sus bases inspiran el amor al prójimo, en el amplio sentido de la caridad, dispensan cualquier formalismo o rituales, invitan a la fe racional y estimulan el autoperfeccionamiento y el trabajo en el bien como herramientas de conquista del mérito de la felicidad accesible a cualquier persona. Por eso, están distantes de la práctica espírita las manifestaciones de la vanidad, de la autopromoción, de la imposición de ideas, de los abusos de cualquier especie, de la explotación de la fe e incluso la obtención de cualquier ventaja. Y como ahora la idea espírita ya encuentra una amplia aceptación en el medio popular, surgen los peligros de la infiltración de ideas y posicionamientos extraños a la simplicidad y grandeza del mensaje espírita.

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Médium confundido

Como dijo Allan Kardec, el insigne Codificador del espiritismo, sin duda alguna, el mayor adversario de la mediúmnidad es la obsesión, y sus antídotos eficaces son, como lo dijimos anteriormente, el conocimiento y la práctica sana de la doctrina incorporada al quehacer diario. Sin embargo, sólo ocurre la obsesión, porque el adversario espiritual encuentra en quien persigue, las conexiones necesarias para poder establecerse de una manera nociva, éstas son procedentes de experiencias anteriores o en la actualidad son producto de una conducta incorrecta.

Referente a las vicisitudes originadas en el pasado, el hombre dispone en la actualidad, de una formación corpórea para redimirse, para fortalecer la existencia con valores positivos que le permitan adquirir bendiciones, para disciplinarse y para producir con valentía los elevados objetivos de la vida. Cuando el hombre toma conciencia del significado de su reencarnación, invierte todos los recursos morales e intelectuales con la finalidad de mejorar, limando las asperezas que representan los vicios y defectos que contribuyeron a su caída en la desdicha.

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