De otro mundo Celestial

¡De otro mundo! gran problema
que busca la humanidad;
sol que nuestra frente quema
misericordia suprema
de infinita voluntad.

¡Otro mundo! gran misterio
que el ser material negó;
diciendo que este hemisferio
por límite un cementerio
fue todo lo que encontró

En tanto que el cristianismo
esperó en la eternidad;
y el grandioso Espiritismo
miró en la tierra el abismo
donde gime la humanidad..

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La tabla de salvación

A mi mejor amiga la Sra Doña Sofia Cerutti, en la muerte de su hija. ¡Pobre Sofía! ¡Qué larga es tu expiación! ¡La profunda ternura de tus sentimientos, la clara inteligencia que te distingue, el verdadero interés que te inspira la desgracia, y otras buenas cualidades que posees, no han sido bastantes para borrar las culpas de tus pasadas existencias y has tenido que librar la copa de la amargura y apurar hasta la última gota, pobre mujer!… Llora, sí; llora, porque el llanto del dolor es el Jordán bendito que purifica a la humanidad.

En esas crisis supremas, en esos momentos de pruebas terribles, si a nuestros ojos no acudiera el llanto, caeríamos como herido del rayo y nuestro globo no hubiera contado apenas dos siglos de existencia. Tu queja es justa; no hay filósofo en el mundo que al perder el todo que le unía a la vida, no se olvide, siquiera por una hora, de todas las razones lógicas, de las consideraciones más profundas, de las deducciones mejor meditadas; el espíritu está unido íntimamente a la materia y no siempre está en completa elevación, no se empequeñece, se vulgariza, y toma una parte activa en nuestros dolores y en nuestras alegrías.

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Gracia,29 de junio de 1881

La pensión la recibí hasta diciembre de 1884, percibiendo desde el mes de julio de 1881 hasta diciembre de 1884, 3.139 pesetas. Sucedió después lo que era de esperar. Aunque la suscripción era voluntaria, por el mero hecho de suscribirse ya era obligatorio contribuir en mayor o menor cantidad. Y nada más enojoso que una limosna obligatoria. Así es que de tantos suscriptores que contribuyeron a mi pensión, hoy sólo quedan diez o doce que muy de tarde en tarde me envían la expresión material de su recuerdo. Mas ¿qué importa que de mi pensión sólo quede la historia? ¿Dejará por esto de haber sido una prueba del interés y de la simpatía que inspiré a mis hermanos? Lo que de la Tierra es, en la Tierra se queda. Recibí el auxilio cuando en realidad lo necesitaba, y dejé de disfrutar de aquél beneficio cuando mi trabajo comenzó a darme algún fruto. Me olvidaron los que me daban dinero, pero no me olvidarán los que por mí han conocido las verdades eternas.

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Más esfuerzos, más tolerancia

Cuando las multitudes embrutecidas por la ignorancia sienten la fiebre del progreso, en su delirio exclaman: Cuando los pueblos sean libres no tendremos sacerdotes, no tendremos poderes de ninguna especie a los cuales obedecer; viviremos entregados a nosotros mismos, la igualdad absoluta reinará en todas las clases sociales; no habrá pobres ni ricos, todos seremos iguales. Estas y otras palabras parecidas pronuncian casi siempre los agitadores de todas las épocas, siendo entre los ignorantes la cizaña que crece ufana en los sembrados de la vida; y como las religiones en su mayoría han dominado a las masas populares, cuando estas quieren sacudir el yugo, lo primero que dicen es: ¡No queremos sacerdotes! Nosotros al escuchar estas exclamaciones, nos sonreímos con lástima y no podemos menos decir: ¡Cuan equivocados estáis! no queréis sacerdotes y los habréis de tener, porque el desnivel eterno del progreso de los espíritus subsistirá siempre, porque mañana como hoy habrá pequeñitos de inteligencia y grandes en sabiduría. No todos los sacerdotes dejan de cumplir con su deber, y los buenos sacerdotes son necesarios en todas las edades.

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Memoria de una mujer

Nunca olvidaré el tiempo que viví en mi pequeño cuartito, ¡allí todo era luz! Luz penetraba por la hermosa ventana, luminosas parecían las paredes porque eran más blancas que la nieve, y luz irradiaba la humilde familia a la cual me reuní. Admirando sus virtudes aprendí a respetar a la clase obrera, porque como yo, en medio de mi modesta medianía, en mi juventud no me traté con la gente del pueblo, no podía comprender lo que valían los hijos del trabajo. Y después, como la clase pobre no es la que proporciona ocupación, cuando me tuve que ganar el pan con el sudor de mi frente estaba en contacto con personas ricas y siempre vivía con familias pobres, pero distinguidas, que guardaban todos los miramientos sociales y que no salían a la calle las mujeres sin su mantilla y los niños sin su sombrero. Así es que desconocía por completo lo que era la gente del pueblo, pues sólo había tratado con una anciana fosforera muy poco tiempo, a la cual debí respetuoso cariño.

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Muerte que no es muerte

Hermana mía: Vas a morir, vas a dejar este valle de lágrimas, este infecundo arenal donde has caminado algunos lustros sin encontrar un árbol que te prestara sombra, ni una fuente que calmara tu sed. ¡Pobre mártir…! Hace diez años que te vi por primera vez: entonces eras joven, simpática y graciosa; en tus ojos irradiaba la esperanza, tus labios sonreían, tus mejillas tenían el color de la rosa en capullo, tus rubios cabellos coronaban tu frente, tu talle gentil se inclinaba con elegante abandono.

La juventud te brindaba sus sueños de oro, y llena de actividad trabajabas incansable, esperando mañana estar mejor. Pero llegó un día en que la miseria se presentó en tu hogar, y desató los dulces lazos de la familia: tu padre y tus hermanos dejaron su nido y huyeron a la desbandada, como las errantes golondrinas; tú te quedaste sola. ¡Pobre Fermina…!

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¡Una flor sin abrir!

Entre las muchas dolencias que atormentan al cuerpo humano, una de las más terribles es la tuberculosis, que, por regla general, escoge a sus víctimas entre los jóvenes de ambos sexos. Tiene, sin embargo, esta dolencia, cierta poesía: muchos escritores han contado en sus novelas la muerte de alguna joven tísica, en el momento de engalanarse para ir a un baile, o cuando ha concluido de colocar sobre sus sienes la corona de azahares de desposada, o de escribir en su libro de memorias el itinerario de larguísimo viaje de recreo. Es enfermedad que embellece a veces a sus víctimas, animando de un modo particular la expresión de sus ojos, que adquieren una brillantez fosfórica, extraordinariamente luminosa.

En un viaje que hice a Tarrasa conocí a una niña de dieciséis años, presa de tan implacable dolencia. Durante algunas horas permanecí constantemente a su lado, estudiando en su frente y en sus ojos el porqué de su martirio. Sin ser bella en toda la acepción de la palabra, despierta las simpatías y atrae los corazones. Es blanco su cutis, transparente, ligeramente sonrosadas sus mejillas, una dulce sonrisa mueve sus labios, y en sus ojos, en la expresión de su mirada, se lee un amoroso idilio…

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Ni virtudes ni defectos

Hace pocos días me visito una mujer de larga historia, la cual tiene un ingenio prodigioso para hacerse desgraciada, porque, si bien sobre su ser han caído grandes calamidades, ella las aumenta y las multiplica por su delicadeza extrema, por su exceso de dignidad, por no amoldarse a las circunstancias de su vida; y pensando en ella una tarde, en esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, sostuve con un espíritu el diálogo siguiente:

-Dime, mi buen amigo invisible, yo no acierto a comprender si María tiene más virtudes que defectos, o más defectos que virtudes. ¿Qué te parece a ti?

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No hay dolor sin historia

Sigo recibiendo diariamente cartas, cual más conmovedora: ya es una madre que siente repetidas veces los dolores de un próximo alumbramiento y, cuantas veces cree llegado el momento dichoso de estrechar a su hijo entre los brazos, otras tantas se paraliza su cuerpo, queda inerte y el ser que se agitaba en sus entrañas muere dentro del claustro materno, sufriendo la pobre madre todas las agonías de la muerte sin llegar a morir.

Ora es una madre desolada que me dice: “Yo tenía un hijo de veintiséis años, ¡Uno solo, que era mi gloria, mi vida! Espíritu adelantadísimo, librepensador, periodista culto y discreto, que no tenía más afán ni anhelo que engrandecer su pueblo natal, queriéndome con delirio y yo a él con idolatría; de pronto, repentinamente, sin poder decirme adiós por falta de tiempo, ¡Se murió! Y yo estoy loca, desesperada, por más esfuerzos que hago no puedo resignarme con la ausencia de mi hijo, ¡Era mi vida, era mi esperanza, era mi dios en la Tierra! Usted dice que me conforme, ¡Que me resigne!

¡Ah, señora, de seguro que usted no ha tenido hijos!…”

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La voz del Espiritismo

Hay un período en la vida
que se llama edad madura,
sinónimo de amargura,
edad de intenso dolor;
otoño de la existencia
que entre llantos y congojas,
se pierden cual secas hojas,
nuestros ensueños de amor.

La realidad de la vida
nos presenta su esqueleto,
mostrándonos el secreto
del desengaño fatal;
y al comprender el arcano
qué guarda el mundo en su seno,
nos asfixia el negro cieno
de su impuro lodazal.

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Los mundos habitados

¿Están habitados todos los mundos que circulan en el espacio?.

¡Si! y el hombre de la Tierra está muy lejos de ser el primero en inteligencia, en bondad y en perfección como él presume. Sin embargo hay hombres que se creen bastante autorizados para aseverar que este pequeño globo es el único que tiene el privilegio exclusivo de ser habitado por seres racionales. ¡Que orgullo y que vanidad! Creen que Dios ha creado el Universo para ellos solos. Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la providencia. Creer que los seres vivientes están limitados al punto del Universo que habitamos, sería poner en duda la sabiduría de Dios que nada ha hecho inútil. A estos mundos les ha debido designar un fin más serio que el de recrear nuestras vistas, por otra parte, nada, ni la posición ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, pueden hacer suponer razonablemente que tenga privilegio de estar habitada con exclusión de tantos millares de mundos semejantes.

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