Ave herida VIII

ocultoPROSEGUIA el niño en el camino, de vuelta a casa, y, después de algunos pasos, lejos del corral, encontró un ave herida, incapaz de volar.

Perverso cazador le acertó en el cuerpo frágil con un perdigón.

El infeliz se arrastraba difícilmente, provocando piedad. Las plumas suaves de las alas mostraban rubros señales de sangre.

Dirigió a Leonardo una mirada de aflicción y desaliento, en una llamada muda de asistencia y cariño.

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Las plantas tiernas VI

arbolA PESAR del aviso paternal, el jovencito solo se apartó para disfrutar la vagancia. Se dirigía, perezoso, para una fuente cercana, cuando encontró largas hileras de hormigas, atacando unas tiernas plantas de naranjos. Las pequeñas invasoras cortaban hojas y brotes minúsculos con la mayor falta de respeto, y huían, rápidamente.

Observando las hojas ofendidas, recordó las alegrías del huerto. De vez en cuando, su madre realizaba fiestas para los niños, en pleno huerto.

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En el servicio paterno V

ocultoTOCADO de alegre expectativa, fue al encuentro del padre, en los trabajos de horticultura. Atravesó el gran maizal, contemplando las nubes, lleno de curiosidad y esperanza.

Eran justamente las ocho de la mañana, cuando vio a su padre, ocupado en proteger los largos parterres de tomates y guisantes. Paró admirado. El cuadro de trabajo inspira desanimo a las personas menos valerosas.

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El despertar IV

ocultoEN ese instante, Leonardo sintió dificultad para mantenerse en el hermoso paisaje en el que fue llevado.

Ya no conseguía ver al Amigo Celeste, ni escucharlo con la misma claridad. Tuvo la impresión de una voz muy fuerte gritarle en los oídos:

– ¡Leonardo! ¡Leonardo! ¡Leonar…dooo! …

La imagen desapareció como por encanto. Ni la figura del Cristo, ni el cielo azul, ni los árboles, ni el gran lago. Y él se despertó en la cama, atendiendo a la llamada maternal. Profunda felicidad le invadía toda el alma.

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La rogativa III

Jesus_nazarethJESÚS se acercó a él y lo bendijo.

El joven se arrodilló a los pies del Maestro Sublime y, recordando el deseo que lo inquietaba desde hacía mucho, suplicó:

– “¡Señor, enséñame el camino para el Cielo!… ¡quiero conocer el Paraíso, abrazar a Tus ángeles y recibir lecciones de Tus labios! …”

El Divino Amigo sonrió, benévolo, y permaneció en silencio, sondándole el corazón. Leonardo no se desanimó y prosiguió:

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Sublime encuentro II

ocultoCIERTA noche, después de fervorosas suplicas, en compañía de su mama, Leonardo durmió y soñó.

Tuvo la impresión de que el viento era un carro de alas aterciopeladas, cargándolo, delicadamente, para muy lejos…

Le parecía viajar en un avión diferente, sobre bosques y mares, ciudades y ríos, resplandeciendo al Sol.

Por fin, el carro lo dejó en un paisaje desconocido.

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Leonardo I

ocultoLEONARDO, joven aparentemente devoto, pedía siempre al Señor que le fuese revelado el camino prodigioso para el Cielo.

Extasiado, acostumbraba mirar al firmamento, frecuentes veces, pensando en las alegrías del Paraíso.

Comparecía a las aulas de un curso evangélico y escuchaba, de oídos maravillosos, las descripciones y referencias acerca de Jesús.

No era muy gentil en el trato con los compañeros, ni dedicaba el respeto debido a las personas más mayores, siendo, por eso, poco simpático a los amigos.

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