Acepta

Meimei

Acepta la bendición de entender y la felicidad de trabajar.

Y sigue adelante para amar, auxiliar, construir y comprender, porque Dios espera por ti.

Escucha la esperanza, en el silencio de la propia alma, a hablarte de futuro y de amor, de bellezas y eternidad y transforma la bendición de las horas en riqueza de trabajo.

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Calma y auxilio

Trabaja siempre, pero no desprecies la calma en que te recuperas a fin de pensar con acierto. Eso es de la propia naturaleza. El río para mover la usina del progreso exige la represa en que las aguas se estacionan, antes de que se proyecten en el impacto de fuerzas técnicamente organizadas.

Conserva el camino del corazón accesible a todos los compañeros que te rodeen, muchos de ellos afligidos, rogándote concurso y consuelo.

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La salvación inesperada

En un país europeo, cierta tarde muy lluviosa, un maquinista, lleno de fe en Dios, comenzando a accionar la locomotora con el tren repleto de pasajeros para realizar un largo viaje, miró al cielo oscuro y repitió, con mucho sentimiento, la oración dominical.

El convoy recorrió leguas y más leguas, dentro de densas tinieblas, cuando cerca de la medianoche, vio a la luz del farol encendido, algunas señales que le parecieron hechas por la sombra de dos brazos angustiados pidiéndole atención y socorro.

Emocionado, hizo parar el tren, de repente y seguido por numerosos viajeros, corrió por los raíles, buscando verificar si estaban amenazados por algún peligro.

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El ejemplo de la fuente

Un estudiante de inteligencia superior estaba rogando a su instructor que le explicase cuál sería la mejor manera de librarse del mal. Fue conducido por él a una fuente que se deslizaba calma y cristalina, y siguiendo su curso observó:

–Vea el ejemplo de la fuente, que auxilia a todos sin preguntar, y que nunca se detiene hasta alcanzar la gran comunión con el océano. Junto a ella crecen gran variedad de plantas, y en sus aguas calman la sed animales de muchas especies.

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La tentación del reposo

En un campo de labor, gran cantidad de gusanos deseaban destruir un viejo arado de madera y que era muy trabajador, y en razón de eso perturbaba sus planes y, en cierta ocasión se reunieron alrededor de él y comenzaron a decirle:

–¿Por qué no te ocupas más de ti? Estás enfermo y cansado…

–A fin de cuentas, todos nosotros precisamos de algún reposo…

–¡Libérate del yugo terrible del labrador!

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La necesidad de la educación

En el tiempo en que no existía locomoción fácil en la Tierra, un gran rey simpatizó con un fogoso caballo de colores claros, de la cría de su hacienda; pero, al desearlo para los servicios del palacio, fue informado así por el jefe de las caballerizas:

–Majestad, este animal es víctima de muchas tentaciones. Basta que algo se mueva un poco, para asustarse y ocasionar desastres. Una simple hoja seca en el camino es razón para patear innumerables coces.

El rey oyó atento y afirmó que pronto remediaría la situación. Al día siguiente, lo puso a que arrastrase la enorme carroza de la limpieza, donde el animal se vio tan preso que no pudo hacer otros movimientos, más allá de los necesarios.

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El problema de la tentación

El educador, en el aula, intentaba explicar a los niños que el móvil de las tentaciones reside en nosotros mismos; pero, como los aprendices mostraban mucha dificultad para comprender, él se hizo acompañar por los alumnos hasta el gran patio del colegio.

Llegando allí mandó traer una bella mazorca de maíz y preguntó a los chiquillos:

–¿Cuál de ustedes desearía devorar esta mazorca tal y como está?

Los jóvenes sonrieron, burlonamente, y uno de ellos exclamó:

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Madre

Cuando el Padre Celestial precisó colocar en la Tierra los primeros niños, llegó a la conclusión que debía llamar a alguien que supiese perdonar infinitamente.

De alguien que no atisbase el mal.

Que quisiese ayudar sin exigir pago.

Que se dispusiese a guardar a los niños, con paciencia y ternura, junto a su corazón.

Que tuviese bastante serenidad para repetir incesantemente las pequeñas lecciones de cada día.

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