Calma y auxilio

Trabaja siempre, pero no desprecies la calma en que te recuperas a fin de pensar con acierto. Eso es de la propia naturaleza. El río para mover la usina del progreso exige la represa en que las aguas se estacionan, antes de que se proyecten en el impacto de fuerzas técnicamente organizadas.

Conserva el camino del corazón accesible a todos los compañeros que te rodeen, muchos de ellos afligidos, rogándote concurso y consuelo.

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La salvación inesperada

En un país europeo, cierta tarde muy lluviosa, un maquinista, lleno de fe en Dios, comenzando a accionar la locomotora con el tren repleto de pasajeros para realizar un largo viaje, miró al cielo oscuro y repitió, con mucho sentimiento, la oración dominical.

El convoy recorrió leguas y más leguas, dentro de densas tinieblas, cuando cerca de la medianoche, vio a la luz del farol encendido, algunas señales que le parecieron hechas por la sombra de dos brazos angustiados pidiéndole atención y socorro.

Emocionado, hizo parar el tren, de repente y seguido por numerosos viajeros, corrió por los raíles, buscando verificar si estaban amenazados por algún peligro.

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El ejemplo de la fuente

Un estudiante de inteligencia superior estaba rogando a su instructor que le explicase cuál sería la mejor manera de librarse del mal. Fue conducido por él a una fuente que se deslizaba calma y cristalina, y siguiendo su curso observó:

–Vea el ejemplo de la fuente, que auxilia a todos sin preguntar, y que nunca se detiene hasta alcanzar la gran comunión con el océano. Junto a ella crecen gran variedad de plantas, y en sus aguas calman la sed animales de muchas especies.

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La tentación del reposo

En un campo de labor, gran cantidad de gusanos deseaban destruir un viejo arado de madera y que era muy trabajador, y en razón de eso perturbaba sus planes y, en cierta ocasión se reunieron alrededor de él y comenzaron a decirle:

–¿Por qué no te ocupas más de ti? Estás enfermo y cansado…

–A fin de cuentas, todos nosotros precisamos de algún reposo…

–¡Libérate del yugo terrible del labrador!

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La necesidad de la educación

En el tiempo en que no existía locomoción fácil en la Tierra, un gran rey simpatizó con un fogoso caballo de colores claros, de la cría de su hacienda; pero, al desearlo para los servicios del palacio, fue informado así por el jefe de las caballerizas:

–Majestad, este animal es víctima de muchas tentaciones. Basta que algo se mueva un poco, para asustarse y ocasionar desastres. Una simple hoja seca en el camino es razón para patear innumerables coces.

El rey oyó atento y afirmó que pronto remediaría la situación. Al día siguiente, lo puso a que arrastrase la enorme carroza de la limpieza, donde el animal se vio tan preso que no pudo hacer otros movimientos, más allá de los necesarios.

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El problema de la tentación

El educador, en el aula, intentaba explicar a los niños que el móvil de las tentaciones reside en nosotros mismos; pero, como los aprendices mostraban mucha dificultad para comprender, él se hizo acompañar por los alumnos hasta el gran patio del colegio.

Llegando allí mandó traer una bella mazorca de maíz y preguntó a los chiquillos:

–¿Cuál de ustedes desearía devorar esta mazorca tal y como está?

Los jóvenes sonrieron, burlonamente, y uno de ellos exclamó:

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Madre

Cuando el Padre Celestial precisó colocar en la Tierra los primeros niños, llegó a la conclusión que debía llamar a alguien que supiese perdonar infinitamente.

De alguien que no atisbase el mal.

Que quisiese ayudar sin exigir pago.

Que se dispusiese a guardar a los niños, con paciencia y ternura, junto a su corazón.

Que tuviese bastante serenidad para repetir incesantemente las pequeñas lecciones de cada día.

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El efecto de la cólera

Un judío ya anciano con el alma torturada por pesados remordimientos, llegó, cierto día, a los pies de Jesús y le confesó extraños pecados.

Valiéndose de la autoridad que detentara en el pasado, había despojado a varios amigos de sus tierras y bienes, precipitándolos a la ruina total y reduciendo a sus familias a un doloroso cautiverio. Con maldad premeditada, había sembrado en muchos corazones la angustia, la aflicción y la muerte.

Debido a ello se hallaba enfermo, afligido y perturbado… Los médicos no solucionaban sus problemas, cuyas raíces se perdían en los profundos laberintos de la conciencia dilacerada. Pero, el Maestro Divino, allí mismo, en la casa de Simón Pedro, donde se encontraba, oró por el enfermo y enseguida le dijo:

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El perdón justo

En cierta ciudad europea, un hombre ignorante, considerado malhechor fue condenado a muerte en la horca.

El juez fue muy severo en el juicio. Afirmaba que el infeliz era un gran criminal y que solo la última pena podría solucionar aquella situación.

Algunos días antes del ahorcamiento, el magistrado vino a la cárcel, en compañía de un hijo, joven alegre y de buen corazón que aproximándose a un viejo soldado, se puso a examinar su arma de fuego.

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El alimento espiritual

El profesor luchaba en la escuela con un gran problema.

Los alumnos comenzaron a leer muchas historias de hombres malos, de robos y de crímenes y pasaron a vivir en plena insubordinación.

Querían imitar a los aventureros y malhechores y, en razón de eso, en la escuela y en casa presentaban un pésimo comportamiento. Algunos pronunciaban palabrotas, juzgándose bien educados, y otros se entregaban a juegos de mal gusto, creyendo que así mostraban superioridad e inteligencia.

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