Razón y fe

“Le dijo: sal de tu tierra y de tu parentela y ven a la tierra que yo te mostraré”

Merece nuestra consideración el mensaje puesto en epígrafe, recordado por el joven Esteban, (primer mártir del Cristianismo) al comparecer ante el Sinedrio, el poderoso tribunal israelita. Resaltemos las palabras tu tierra y tu parentela, y finalmente, la tierra que yo te mostraré. El patriarca Abraham vivía, en la tierra de los Caldeos, atento a las actividades normales y rutinarias del campo, cuidando de sus rebaños de ovejas, bueyes y asnos. Vivía preso a su tierra y vinculado a su parentela. Era, por consiguiente, un hombre circunscrito, limitado en sus objetivos, confinado en sus aspiraciones. El Señor, por la voz de Poderosas Entidades que se comunicaban por voz directa, (Pneumatofonía) le retira de la Mesopotamia, para la ejecución, (junto con el heroico pueblo hebreo), de una elevada misión fraternalita. Lo retira de su tierra, de su parentela, de su familia, para confiarle una familia mayor, una más numerosa descendencia, incontable como las estrellas: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas si las puedes contar” Después acrecentó: “Así será tu descendencia.”

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Relaciones familiares

La familia es el laboratorio de vivencias de las más expresivas que necesita el ser humano, en su proceso de evolución, dado que, en el mismo clan, los individuos son conocidos, no pudiendo disfrazar los valores que los tipifican.

Aceptados o repudiados por motivos que proceden de existencias pasadas, el grupo familiar faculta el romper de los lazos del egoísmo, a fin de que la solidaridad y la legitima fraternidad se desarrollan efusivamente. En el receso de la familia renacen los sentimientos de afinidad o de rechazo que los Espíritus preservan de otros relacionamientos de felicidad o desventurados en reencarnaciones anteriores, refluyendo consciente o inconscientemente como necesidad de liberación de los conflictos, cuando son de esa naturaleza, o intensificación de la afectividad, que predisponen a las manifestaciones más significativas del amor más allá de la esfera doméstica.

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Dominar y hablar

Dominas el fuego, esclavizándolo a la discusión casera.

Tallas la piedra, arrancándole obras maestras.

Conquistas los metales, plasmando en ellos complicadas expresiones de servicio.

Amansas animales feroces, haciendo de ellos cooperadores en la economía doméstica.

Disciplinas el vapor y el combustible, anulando las distancias.

Diriges tractores pesados, transfigurando el aspecto de la tierra.

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Despacio, mas, siempre

«Mas aunque nuestro hombre exterior se corrompa, el interior, con todo, se renueva, de día en día. “- Pablo (II, Corintios,-4:16.)

Observa el espíritu de secuencia y gradación que prevalece en los mínimos sectores de la Naturaleza.

Gránese la espiga de grano en grano, desarróllese el árbol, milímetro a milímetro.

Nada se realiza a saltos y, en la pauta de la Ley Divina, no existe privilegio en parte alguno.

-Nace la floresta de simientes insignificantes. Se levanta la construcción, pieza a pieza.

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La opinión del mentor

Un trabajo diferente: el atendimiento nocturno del Albergue era realizado por las ayudas de los voluntarios. Todas las noches había un equipo, los hombres encargados del contacto inicial, registro, recogimiento de equipaje, el encaminamiento al baño; las señoras con el cuidado de los niños, comidas, distribución de ropas…

Era la aplicación práctica de las enseñanzas de espíritas transmitidas en el centro que mantiene la obra, que funcionaba en el mismo edificio, ofreciendo a los viajantes cansados que buscaban abrigo un poco de calor humano, de fraternidad auténtica. Naturalmente, no todo eran flores; había espinos. Al final, no obstante la buena voluntad, no había allí ningún ángel del Cielo en tránsito por las brumas de la Tierra. El problema más frecuente aparecía en la atención de alcohólicos, que siempre causan trastornos con su comportamiento lamentable, en tres reacciones clásicas: valientes como el león, dispuestos a pelear por cualquier motivo o sin él; inquietos como el mono, importunando a todo el mundo, o vagos con el sueño, echándose sobre bancos y resbalando al suelo, donde, no era raro, lanzaban el fétido contenido de sus estómagos, en nauseas provocadas por la bebida.

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Lo que damos es lo que recogemos

“Vuestra vida es lo que os hagáis; el mundo no nos devuelve más que aquello que le damos”.

Máximas americanas.

Nada más cierto; recogemos lo que hemos sembrado, y ¡qué mala siembra habremos hecho los terrenales!, porque la mayoría de los habitantes de la Tierra no recogemos más que punzantes espinas. Leer los periódicos entristece, angustia, fatiga, porque no pasa un solo día que no se lea la descripción de horrorosos naufragios, de choques de trenes, de hundimientos de puentes, de ciclones devastadores, de erupciones volcánicas que arrastran ciudades florecientes, de incendios violentísimos que destruyen pueblos enteros, explosiones en las minas donde quedan sepultados centenares de mineros. Es tristísimo considerar el modo que se vive en la Tierra, porque los que no son víctimas de espantosas hecatombes, los que viven “al parecer” con relativa tranquilidad, si se penetra en sus hogares, si se levanta una punta del velo que cubre su vida íntima, ¡qué cuadros tan tristes se contemplan! Familias formadas por enemigos irreconciliables, hacen ensayos de cariño, de tolerancia mutua; procuran dominar sus inexplicables antipatías, sus misteriosas aversiones, pero no siempre lo consiguen; a lo mejor, una chispa del odio mal apagado prende fuego y las rencillas, las envidias, la diferencia de carácter, se incendian como un montón de paja y se desarrollan esas tragedias en las cuales se produce la eterna historia de Caín y Abel, y si no se llega a final tan triste se vive muriendo bajo la tiranía de un padre déspota, de una madre tiránica, de un hermano egoísta, siendo los abusos de unos y de otros la moneda corriente en el gran mercado de la vida.

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