Vida y valores (Enfermos y enfermedades)

Indudablemente, somos un gran cuerpo eléctrico. El ser humano, el alma humana es un conjunto de energías pensantes. Sí, todos nosotros. Todo cuanto existe, en el Universo, es formado por esa energía cósmica. Somos parte de esa energía cósmica. Consonante a los principios que regulan la vida del Universo, después del gran Creador que es Dios, la materia, el Espíritu, somos parte de ese Ser Espiritual. Somos Espíritu y tenemos unión con la materia, ese otro principio, a fin de que, a través de esos contactos con la materia, podamos desarrollar nuestras habilidades, nuestro intelecto, nuestras más profundas capacidades. Naturalmente, cuando pensamos así, vale la pena considerar que, si somos un conjunto de energías, tenemos una determinada frecuencia de vibración. Vibramos dentro de un determinado cuadro, dentro de un determinado espectro, que hace con que esas energías pulsen, y esa pulsación de la energía que nos compone, decimos que es nuestra vibración.

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Consciencia del error

El conocimiento espirita ha evitado que muchas mujeres se comprometan en el aborto provocado, ese “asesinato intrauterino”, pero, constituye, también, un tormento para aquellas que lo practicaron. Miedo, remordimiento, angustia, depresión, son algunas de sus reacciones.

Naturalmente eso ocurre siempre que somos informados de lo que nos espera frente a un comportamiento desajustado. Sin embargo, equivocados están los que pretenden ver en la Doctrina Espirita la reedición de doctrinas escatológicas fustigantes y anatematizadoras.

Apoyándose en la lógica y en el raciocinio y exaltando la libertad de conciencia, el Espiritismo no condena, esclarece; no amenaza, concientiza. Y mucho más que revelar el mal que hay en el hombre, tiene por objetivo ayudarlo a encontrar el Bien. Espíritus inmaduros, comprometidos con liviandades e inconsecuencias, somos todos, o no estaríamos en la Tierra, planeta de expiación y pruebas.

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La tabla de salvación

A mi mejor amiga la Sra Doña Sofia Cerutti, en la muerte de su hija. ¡Pobre Sofía! ¡Qué larga es tu expiación! ¡La profunda ternura de tus sentimientos, la clara inteligencia que te distingue, el verdadero interés que te inspira la desgracia, y otras buenas cualidades que posees, no han sido bastantes para borrar las culpas de tus pasadas existencias y has tenido que librar la copa de la amargura y apurar hasta la última gota, pobre mujer!… Llora, sí; llora, porque el llanto del dolor es el Jordán bendito que purifica a la humanidad.

En esas crisis supremas, en esos momentos de pruebas terribles, si a nuestros ojos no acudiera el llanto, caeríamos como herido del rayo y nuestro globo no hubiera contado apenas dos siglos de existencia. Tu queja es justa; no hay filósofo en el mundo que al perder el todo que le unía a la vida, no se olvide, siquiera por una hora, de todas las razones lógicas, de las consideraciones más profundas, de las deducciones mejor meditadas; el espíritu está unido íntimamente a la materia y no siempre está en completa elevación, no se empequeñece, se vulgariza, y toma una parte activa en nuestros dolores y en nuestras alegrías.

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El Espíritu de la Verdad

Durante el período histórico conocido como la Pax Augusta es cuando, en una noche tranquila y fría de abril, en los montes de Judea nace Jesús, el extraordinario pacificador de la humanidad. En aquel momento la Tierra recibe al ser más formidable y extraordinario que el pensamiento pueda concebir. En una gruta de piedra nace un niño que es el Rey de la humanidad. Viene a predicar las enseñanzas de amor y a cambiar la estructura de la realidad. Diecinueve siglos después Ernesto Renan, Inmortal de la academia de Francia, tendrá la oportunidad de decir que Jesús es tan grande que no cupo en la historia, su nacimiento dividió la historia antes y después de Él. Por doce años Jesús vive como un niño normal en la aldea de Belén. A esta edad se produce su primera visita al templo donde es encontrado dialogando con los rabinos, para asombro de todos. Retorna entonces al anonimato en Nazareth.

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¿Somos todos médiums?

Creo, por mis pesquisas y experiencias, que el intercambio mediúmnico no ocurre con la frecuencias que imaginamos. En general, lo que llamamos de mediúmnidad es solamente nuestra sensibilidad parapsíquica, o sea, nuestra percepción del mundo espiritual, de los espíritus y de las relaciones energéticas que establecemos con las cosas, ambientes y personas. Lo voy a explicar mejor.

Todos somos sensibles a las energías que nos rodean, así como somos sensibles a los pensamientos y emociones que muchos espíritus nos dirigen. Podemos, por ejemplo, sentir la presencia de un espíritu desequilibrado y tenemos, como reacción, una sensación desagradable, inexplicable… un dolor de cabeza, inquietud… o sentir irritación, angustia. Ese proceso, generalmente, es inconsciente. Claro que esas reacciones pueden ser de origen puramente fisiológico o anímico. Cada caso es un caso, no podemos generalizar…

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Cree y sigue

“Así como tú me enviaste al mundo, también yo los he enviado al mundo.” —Jesús. (Juan, 17:18.)

Si abrazaste, mi amigo, la tarea espirita-cristiana, en nombre de la fe sublimada, sediento de vida superior, recuerda que el Maestro te envió el corazón renovado al vasto campo del mundo para servirlo.

No sólo enseñarás el buen camino. Actuarás de acuerdo con los principios elevados que pregonas. Dictarás directrices nobles para los demás, con todo, marcharás dentro de ellas, a tu vez. Proclamarás la necesidad de buen ánimo, pero siguiendo, adelante por el camino, sembrando alegrías y bendiciones, aun cuando seas incomprendido de todos.

No te contentarás en distribuir monedas y beneficios inmediatos. Darás siempre algo de ti mismo al que necesita.

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Soy tu

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

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La fe, madre de la esperanza y de la caridad

11. La fe, para ser provechosa, debe ser activa, no ha de embotarse. Madre de todas las virtudes que conducen a Dios, debe velar con atención el desarrollo de las hijas que da a luz. La esperanza y la caridad son una consecuencia de la fe; estas tres virtudes son una trinidad inseparable. ¿No es, acaso, la fe, la que da la esperanza de que se verán cumplidas las promesas del Señor?

Porque si no tenéis fe, ¿qué esperaréis? ¿No es la fe la que da el amor? Porque si no tenéis fe, ¿qué reconocimiento tendréis y, por consiguiente, qué amor? La fe, divina aspiración de Dios, despierta todos los nobles instintos que conducen el hombre al bien; es la base de la regeneración. Es menester que esta base sea fuerte y duradera, porque si la menor duda la hace vacilar, ¿qué será del edificio que construyáis encima?

Levantad, pues, este edificio sobre cimientos sólidos; que vuestra fe sea más fuerte que los sofismas y las burlas de los incrédulos, porque la fe que no desafía al ridículo de los hombres, no es la verdadera fe.

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Aborto

Después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide el Espíritu reencarnante es unido al embrión, constituyendo un ser humano que habitará el vientre materno por nueve meses, protegido en su fragilidad hasta que pueda enfrentar el mundo exterior.

El aborto se sitúa, así, como una desencarnación. Si es natural, cuando el organismo materno no consigue sustentar el desarrollo del bebé, configura una prueba relacionada con infracciones a las leyes divinas, tanto para los padres, que experimentan la frustración del deseo de ser padres, (se acrecienta en la mujer los sufrimientos e incomodidades consecuente de la interrupción del embarazo), como para el reencarnante, que ve malogrado su anhelo de retorno a la carne.

Ya el aborto criminal configura un crimen hediondo, no siempre pasible de punición por la justicia humana (en algunos países la legislación proporciona a la mujer el derecho de arrancar al hijo de sus entrañas, matándolo), pero inexorablemente sujeto a las sanciones de la Justicia Divina, alcanzando no solo a las madres, sino también los que directa o indirectamente se involucran con él (familiares que sugieren y profesionales que lo realizan).

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Ante los que partieron

Ningún sufrimiento en la Tierra será quizás comparable al de aquel corazón que se inclina sobre otro corazón congelado y querido que el ataúd transporta hacia el gran silencio. Ver la niebla de la muerte estamparse, inexorable, en la fisonomía de los que más amamos, y cerrarles los ojos en el adiós indescriptible, es como despedazar nuestra alma y proseguir viviendo. Digan aquellos que ya estrecharon contra el pecho un hijito transfigurado en ángel de la agonía; un esposo que se despide, buscando en vano mover los labios mudos; una compañera cuyas manos consagradas a la ternura cuelgan extintas; un amigo que cae desfallecido para no levantarse más, o un semblante materno acostumbrado a bendecir, y que nada más consigue expresar sino el dolor de la extrema separación, a través de la última lágrima.

Hablen aquellos que un día se inclinaron aplastados de soledad, frente a un túmulo; los que se arrastraron rezando en las cenizas que recubren el último recuerdo de los entes inolvidables; los que cayeron atravesados de añoranza cargando en el seno el esquife de sus propios sueños; los que tocaron, gimiendo, la losa inmóvil, y los que sollozaron de angustia en lo íntimo de sus pensamientos preguntando en vano por la presencia de los que partieron.

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