El padre de las almas

AmaliaDonde quiera que hallo una perla de inapreciable valor, me apresuro a ponerla de manifiesto para que todos, o cuantos quieran, admiren su belleza. Hace algún tiempo que, siguiendo la costumbre de ir en verano a respirar las frescas y perfumadas brisas del campo, emprendí mi viaje hacia un pintoresco pueblo; una vez acomodada en el carruaje, eché una ojeada sobre los viajeros que me acompañaban, y después de saludar a todos con cariñoso afecto, entablé conversación con una simpática joven que llevaba un hermoso niño en sus brazos.

-¡Cómo duerme! -le dije.

-¡Ah!, sí, señora; tiene mucha bondad; cuando se despierta nunca llora, siempre sonríe… A menos que esté enfermo: entonces suele quejarse un poco. Pero, si está delante de su protector, por malito que se halle, siempre le sonríe como para darle gracias por los cuidados que le prodiga.

-¡Ah!… Pues, ¿qué?, ¿no tiene padre?

-No lo sabemos, señora; porque este niño, así como usted le ve, vive de milagro y por la caridad de un anciano sacerdote que se lo encontró un día en la puerta de la iglesia, medio moribundo.

-¡Pobrecito! -exclamé-. Y, ¿lo cría usted?

-Sí, señora; porque el Padre Antonio es muy pobre, y, como no podía mantener a la nodriza que lo criaba, y ésta no quería continuar, yo, que estaba criando a una niña casi de la misma edad, me presté a compartir el alimento de mi hija con el pobre desamparado; y crea usted que le quiero como a mis tres hijos, y mi marido, que es un ángel de bueno, se desvive por él, y siempre me dice que cuide mucho a este pobre niño, porque está solo en el mundo.

La anciana señora que me acompañaba y yo, escuchábamos con suma atención a aquella alma tan grande, tan noble, que con esa sencillez de las hijas del pueblo nos hacía el bosquejo de una bellísima obra, insignificante quizá para ella, pero de gran valor a los ojos del mundo altruista, y de sumo interés para mí; porque seres de esa especie, en la Tierra son flores raras, que apenas se ven. Yo le dije:

-No, no desampare usted a ese niño, que tanto usted como su esposo han hecho una buena acción sirviéndole de padres, y la suerte les protegerá. ¡Oh!, verdaderamente alguien vela por nosotros, porque cuando yo tomé al niño, hacía un mes que mi marido, que es carpintero, no tenía trabajo, y ya se nos acababan los pocos ahorros que teníamos; mas a los pocos días encontró trabajo, mucho mejor pagado que antes; y desde entonces, no sólo no le ha faltado quehacer, sino que no puede dar abasto al que traen; pero casi todo esto se lo debemos al Padre Antonio, que es bonísimo.

-¿Es pariente de usted?

-No, señora: es el cura de nuestro pueblo. ¡Oh!, si usted le conociera, le gustaría hablar con él, porque no hay muchos sacerdotes como el Padre Antonio. En el pueblo le quieren en gran manera y le llaman todos el Padre de Almas.

-¡Bonito nombre si sabe cumplir con su deber!

-¡Que si sabe! ¡Pues ya lo creo! Mire usted si es bueno, que cuando algún niño del pueblo queda huérfano, se lo lleva a su casa, y le dice a su anciana madre, que ya es muy viejecita: «Madre, aquí le traigo otro hijito, para que la cuide.» Y su madre, que también es un alma de Dios, mira a su hijo sonriendo y acepta gustosa el presente que le ofrece. El huérfano ya no sale de allí hasta qué sabe leer y escribir y ganarse el sustento. Si es niña, la toma de la mano, recorre las casas pudientes e implora la caridad para ella, con tan buena suerte, que al ver dos ángeles, la una por sus pocos arios y el otro por sus muchas virtudes, todos le dan algo; y no se cansa jamás. Un día aquí, otro allí, hasta que reúne lo necesario para ponerla en un colegio, de donde sale para tomar nuestro yo estado, y entonces se reproducen escenas como la siguiente: El padre Antonio ve entrar una señora en su casa, que le besa la mano y le dice: «¡Dios bendiga a usted y a toda su familia!».

Él se la queda mirando y pensando que le ocurre alguna desgracia, y ya se prepara a ver en qué la podrá ser útil, cuando, después que la señora se explica, sabe que es la niña que él con tanto celo amparó en otro tiempo. Entonces el bueno del cura ríe y llora a la vez de alegría, goza de haber tenido acierto; y, después de aconsejar a la joven que sea excelente esposa y tierna madre, ella se va bendiciéndole y él se queda fortalecido para empezar otra buena obra; y al otro día da una merienda a los más pobres del pueblo para celebrar tan agradable noticia.

-¡Oh, qué bellos sentimientos tiene ese buen sacerdote! -exclamé con los ojos humedecidos por el llanto- ¡Bendito sea! ¡Con muchos seres así, no habría tanta ignorancia ni tanta miseria! ¡Mucho me alegraría conocerle!

Pues mire usted, esto es muy sencillo; ya estamos muy cerquita del pueblo, donde la diligencia para dos horas, y tiene usted tiempo de verle; él es muy cariñoso; vive con su madre y una hermana, que son tan amables como él, y la recibirá a usted muy bien; y al mismo tiempo conocerá usted a mi marido.

-Entonces acepto gustosa su proposición.

Y efectivamente, al poco rato llegamos al punto indicado por la joven, y todos bajamos y entramos en aquel pequeño nido de poesía que, ya por la posición topográfica que tiene, ya por la belleza de sus campos, se asemeja a un oasis frondoso que convida a los viajeros a descansar bajo su bienhechora sombra. Al llegar a la casa de la joven, que era de las primeras que se encontraban, salió su esposo con esa benevolencia hereditaria de los pueblos vírgenes e inseparable compañera de los hijos del trabajo; nos enseñó a sus dos hijos, el mayor de los cuales contaría seis años, y la pequeña, Rosa, compañera del huerfanito, que tendía sus manitas hacia el niño para acariciarle, mientras éste le sonreía dulcemente, quizá para demostrarle su gratitud: nada tan bello como ver aquel grupo de seres donde todos se afanaban por acariciar al niño huérfano. Por largo rato hubiera estado contemplando aquel poético cuadro de familia, animado por los vivos colores del amor, si no hubiese sido por la premura del tiempo y el deseo de conocer al buen sacerdote de aquel lugar. Así fue que, después de descansar breves instantes, Carmen, la nodriza del huérfano, nos acompañó a ver al Padre Antonio.

Cuando llegamos, se hallaba en un pequeño huerto que rodea la casa, paseándose con su anciana madre, que por ser de una edad muy avanzada, necesitaba que su hijo le sirviera de báculo. Al vernos, adelantó algunos pasos y nos saludó cortésmente, invitándonos a sentarnos debajo de un limonero, cuyas olorosas flores y la suave brisa que venía a acariciarnos, parecían modulaciones armónicas de la amorosa y sabia Naturaleza.

Fijé una escrutadora mirada en el buen Padre, y si antes de conocerle me había sido simpático por sus obras, al verle no pude menos que sentir por él profundísimo respeto: en su noble aspecto se dibujaban la pureza y la bondad, y en sus ojos, un entendimiento claro. Su constante y dulce sonrisa parecía el imán de la virtud atrayendo hacia sí a cuantos se le acercaban. Después de breve examen, le di a conocer el objeto de nuestra visita, como asimismo lo mucho que me placía el hallar un ser de tan nobles sentimientos, tan poco Oyóme benignamente, y alzando al cielo sus ojos, como pidiendo inspiración, se expresó en estos términos:

«La Tierra, amigas mías, es el campo de batalla donde el espíritu viene a luchar para aquilatar el temple de sus fuerzas, para que éstas no nos falten en los momentos más críticos de la vida, nos es necesario robustecernos con la práctica del bien: es preciso alentar a los enfermos del alma, auxiliar a los que padecen físicamente, cubrir la desnudez del mendigo, partir nuestro escaso alimento con el que nada tiene, e ir en busca de un fecundo manantial de agua viva para calmar la sed de multitud de seres que se abrasan. Hay necesidad de ir en busca del que sufre, y no esperar a que éste venga a buscarnos; es preciso multiplicarse para que el bien llegue a todas partes, pues todos son acreedores a él; no debemos limitarnos a un reducido círculo de amigos o conocidos, no: esto denota algo de esa ciega pasión del egoísmo a que nos conduce muchas veces el excesivo cariño; debemos socorrer al que primero llegue, sin distinción de ninguna clase, porque, ¿quién sabe si el extraño es más acreedor que el amigo? »

¡Oh, sí! Todo esto debe hacerse para que el espíritu se halle fortalecido y no desfallezca en lo más rudo del combate. Y no creáis, amigas mías, que al hacer esto se haga nada de más, pues sólo se cumple con un deber sagrado que todos debiéramos tener presente: deber de conciencia; deber que el espíritu en la Tierra se compromete a cumplir con rigurosa exactitud.»

¡Oh! ¡El que llega a comprender al mundo en edad temprana, éste es el más sabio de la Tierra, el verdadero filósofo y el gran matemático que ha sabido resolver uno de los problemas más difíciles!»

Aquí llegaba el respetable sacerdote en sus reflexiones filosóficas, cuando Carmen me avisó que había llegado la hora de partir. Me vi obligada a dejar aquel poético asilo donde todo sonreía, hasta el alma de sus moradores, y donde pasamos un rato deliciosísimo escuchando los saludables consejos de aquel verdadero Padre de almas, que con tanto acierto aliviaba los males físicos y morales. Con la misma rapidez con que la corriente eléctrica va de polo a polo, simpaticé con aquellos seres tan nobles, y, al despedirme, unas lágrimas rodaron por mis mejillas, ¡lágrimas que quizás unieron a nuestras almas! ¡Dichoso tú, verdadero sacerdote, que supiste adivinar la grandeza de tu misión! ¡Feliz mil veces, porque fuiste el vate del Progreso, que con la lira del amor universal entonaste el cántico de las virtudes!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos espiritistas»

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