La escuela neoplatónica

delanneLa escuela neoplatónica de Alejandría ha sido notable desde más de un punto de vista. Ella intentó la fusión de las filosofías de Oriente con la de los griegos; y han salido de los trabajos de Proclus, Plotino, Porfirio, Jamblico, ideas nuevas sobre bastantes cuestiones. Sin duda, se puede reprochar a estos investigadores una tendencia demasiado grande hacia el misticismo, pero se han aproximado más que otros a la verdad que conocemos experimentalmente hoy.

Las vidas sucesivas y el periespíritu formaban parte de su enseñanza. A la separación del alma y del cuerpo se une, en Plotino como en Platón, la de la metempsicosis o metensomatosis (pluralidad de formas corporales).

“Preguntamos nosotros qué es en los animales el principio que les anima. Si es cierto, como se dice, que los cuerpos de los animales encierran almas humanas que han pecado, la parte de esas almas que es separable no pertenece en propiedad a esos cuerpos; aun asistiéndoles, no está propiamente presente. En ellos, la sensación es común a la imagen del alma y al cuerpo, pero al cuerpo mientras esté organizado y formado por la imagen del alma. Los animales en cuyos cuerpos no hubiese sido introducida un alma humana, son engendrados por una iluminación del alma universal.”(1)

1 Plolino Eunéade premiere, libro I; véase Ennéadés.

El paso del alma humana al cuerpo de los seres inferiores está presentado aquí bajo una forma dubitativa. Sabemos, ahora, que no es posible retroceso alguno en el camino del llegar a ser; pues ningún progreso sería cierto si pudiéramos perder lo que hemos adquirido por nuestro esfuerzo personal. El alma que ha llegado a vencer un vicio está librada de él para siempre; esto es lo que asegura la perfectibilidad del espíritu y garantiza la felicidad en el porvenir al ser que ha sabido librarse de las malas pasiones inherentes a su estado inferior.

Plotino afirma claramente la reencarnación, es decir, el paso del alma humana de un cuerpo a otros cuerpos, humanos también. “Es una creencia universalmente admitida que el alma comete faltas, que las expía, que sufre castigos en los infiernos, y que pasa seguidamente a nuevos cuerpos.

“Cuando nos extraviamos en la multiplicidad que encierra el Universo, somos castigados por nuestro mismo extravío y, por consiguiente, con una vida menos feliz. “Los dioses dan a cada uno la suerte que le conviene y que está en armonía con sus antecedentes en sus existencias sucesivas.”(1)

1 Plotino, Ennéade deuxiéme.

Esto es profundamente justo y verdadero, pues estamos colocados, en nuestras vidas múltiples, frente a dificultades que debemos vencer para producir nuestro mejoramiento moral e intelectual; pero si este principio se aplicase a las condiciones sociales se volvería falso; pues, entonces, el rico habría merecido serlo, y el pobre estaría así castigado; lo que es contrario a la observación diaria, puesto que podemos comprobar que la virtud no es patrimonio especial de ninguna clase social.

“Hay para el alma dos maneras de estar en un cuerpo: la una tiene lugar cuando, estando ya el alma en un cuerpo celeste, sufre una metensomatosis, es decir, cuando pasa de un cuerpo aéreo o ígneo a una forma terrestre, emigración que se llama ordinariamente metensomatosis, porque no se ve de dónde viene el alma; la otra manera tiene lugar cuando el alma pasa del estado incorpóreo a un cuerpo, sea el que fuere, y entra así por primera vez en comunión con ese cuerpo. Las almas descienden del mundo inteligible al primer cielo; allí toman un cuerpo (espiritual), y, en virtud de este cuerpo mismo, pasan a los cuerpos terrestres, según avancen más o menos lejos (del mundo inteligible).”

Esta doctrina es desarrollada extensamente por Porfirio en su Teoría de los Inteligibles, en el cual se expresa así: “Cuando el alma sale del cuerpo sólido, no se separa del espíritu que ha recibido de las esferas celestes.”

Se encuentra la misma idea en los escritos de Proclus, que llama a ese espíritu el vehículo del alma. Resulta de un estudio atento de estas doctrinas que los neoplatónicos sintieron la necesidad de dar al alma una envoltura sutil en la cual se registren, se incorporen, los estados del espíritu.

Es preciso, en efecto, que el espíritu, a través de sus vidas sucesivas, conserve los progresos adquiridos, sin los que se encontraría en cada encarnación como en la primera, y recomenzaría perpetuamente la misma vida.

Gabriel Delanne
Extraído del libro «El Alma es inmortal»

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