Alabanzas rechazadas

HcamposSe cuenta en el plano espiritual que Vicente de Paúl oficiaba en un templo aristocrático de Francia, en una ceremonia de gran gala, frente a ricos señores coloniales, capitanes de mar, guerreros condecorados, políticos ociosos y avarientos sórdidos, cuando, acierta altura de la solemnidad, se verificó frente al altar una inesperada alabanza pública. Un viejo corsario se acercó a la sagrada mesa de la eucaristía y gritó, contrito:

-Señor, agradezco los navíos preciosos que colocaste en mi ruta. Mis negocios están prósperos, gracias a ti, que me designaste buena presa. No permitas, ¡Oh Señor!, que el siervo fiel se pierda en la miseria. Te daré valiosos decimos. Erigiré una nueva iglesia en tu honor, y tomo a los presentes por testigos de mi voto espontaneo.

Otro devoto se adelantó y habló en voz alta:

-Señor, mi alma se estremece de júbilo por la herencia que enviaste a mi casa por la muerte de mi abuelo, que en otro tiempo, te sirvió gloriosamente en el campo de batalla. Ahora podemos, al fin, descansar bajo tu protección, olvidando el trabajo y la fatiga. ¡Sea alabado tu nombre para siempre!

Un caballero maduro, exhibiendo el rostro caprichosamente arrugado, agradeció:

-Maestro Divino, te traigo mi gratitud ardiente por la victoria en la demanda provincial. Yo sabía que tu bondad no me despreciaría. Gracias a tu poder, mis tierras fueron aumentadas.  Construiré, por eso, un santuario en tu memoria bendita, para conmemorar el triunfo que me conferiste por justicia.

Emperifollada señora tomó posición y exclamó:

-Divino Salvador, con tu auxilio mis campos en la colonia distante están produciendo ahora satisfactoriamente. Agradezco los negros saludables y obedientes que me mandaste y, en señal de mi sincera contrición, cederé a tu iglesia buena parte de mis ganancias.

Un hombre viejo, de uniforme engalanado, se acercó al altar y clama con fuerte voz:

-A ti, Maestro de Infinita Bondad, mi regocijo por las gratificaciones con las que me hiciste participe. Mis latifundios proceden de tu bendición. Es verdad que para preservarlos sustente una lucha en la que muchos miserables fueron muertos, pero, ¿quién si no tu mismo colocaría la fuerza en mis manos para la defensa indispensable? De ahora en adelante, no necesitare pensar en el futuro… En la calma de mi poltrona, haré oraciones fervorosas, huyendo al inmundo intercambio con los pecadores. Para retribuirte, ¡Oh! Eterno Redentor, haré edificar, en el burgo donde mi fortuna domina, un templo digno de tu invocación, recordando tus sacrificios en la cruz!

Los agradecimientos continuaban, cuando Vicente de Paúl, asombrado, observó que la imagen del Nazareno adquiría vida y movimiento… Estático, se vio frente al propio Señor, que descendió del altar florido, en llanto. El abnegado sacerdote observó que Jesús se alejaba con paso rápido, empero, sintiéndose junto a él, cobro animo y le preguntó, igualmente en lágrimas:

-Señor, ¿por qué te apartas de nosotros?

El Celeste Amigo irguió hacia el clérigo la cara melancólica y explicó:

-Vicente, me siento avergonzado de recibir alabanzas de poderosos que desprecian a débiles, de hombres validos que no trabajan, de felices que abandonan a infortunados…

El interlocutor sensible nada más oyó. Con el cerebro hecho un torbellino, se desmayó, allí mismo, ante la asamblea intrigada, siendo inmediatamente sustituido, y febril, deliró por algunos días, prisionero de visiones que nadie entendió. Cuando se levantó de la incomprendida enfermedad, se vistió con la túnica de pobreza, trabajando incesantemente en la caridad, hasta el fin de sus días. Entretanto, los adoradores del templo, continuaban agradeciendo los trofeos de sangre, oro y mentira, ante el mismo altar, y afirmaron que Vicente de Paul, enloquecido.

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Cuentos y apólogos”

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