Miguel Vives y Vives

vivesUno de los más destacados e insignes espiritistas que nuestro país ha tenido la dicha de conocer, ha sido sin duda Miguel Vives y Vives, nacido en Barcelona en el año 1842. Cuando conoció el Espiritismo a través de las obras de Allan Kardec, su vida no tuvo otro fin que no fuera practicar y divulgar las enseñanzas que los Espíritus dieron a Kardec, trabajar por esta Doctrina que le devolvió la salud y el interés por la vida.

Los primeros años de su vida fueron muy difíciles y estuvieron marcados por el dolor y la tristeza de ver morir a sus seres más queridos. Con sólo dos años se quedó sin la necesaria compañía de su madre al morir ésta; a los once murió su padre, quedando al cuidado de su hermano Augusto.

En el año 1866, contando 24 años, contrajo matrimonio. Este hecho que en principio resultó muy feliz para él, se convirtió más tarde en un profundo motivo de dolor y de la mayor crisis que sufrió, ya que una vez más, se vería privado de un ser amado. En plena luna de miel fallece de forma repentina la mujer que había elegido como compañera de su vida; este lamentable hecho condujo a Miguel a una profunda depresión, cuya consecuencia fue una grave enfermedad que le sumió en una gran inactividad y postración durante cinco años. Su salud tanto psíquica como física se vio tan mermada, que los mejores años de su vida los pasó postrado con una salud muy débil y enfermiza. Mucho tiempo después, Miguel Vives, recordaría esa etapa de su vida y la describiría en su maravilloso libro “El Tesoro de los Espiritas”, haciendo referencia a aquello que le dio las fuerzas para salir de aquella triste y deplorable situación:

“¡Dios mío! ¿Qué era yo antes de ser espirita? Una criatura ignorada y completamente incapaz. Tanto es así, que me encontraba perdido en la más crítica y miserable situación en que un hombre puede encontrarse, en los más hermosos días de su juventud. Perdiera la salud, los amigos se habían alejado de mí, no tenía fuerzas para trabajar, estuve cinco años sin salir de casa. Mi estado era tal, que si no fuese por la protección de los padres de mi primera esposa, a los cuáles nunca seré suficientemente grato, hubiera tenido que recogerme en un hospital. Cinco años ya habían transcurrido, en que esta situación perduraba, cuando mis cuñados se mudaran de Sabadell, donde yo había vivido desde niño, a Tarrasa. Y, más por misericordia, que por cualquier otro motivo, me llevaron con ellos, para ver si mi salud cambiaba. Estábamos en el año 71 del siglo pasado. Después de seis meses de permanencia en Tarrasa, volví un día a Sabadell, y mi hermano carnal me habló de Espiritismo. Al principio, el asunto me pareció muy extraño. Pero como me hablaba de manera grave, y yo conocía su seriedad y rectitud en todas las cuestiones de su vida, luego comprendí que había algo de verdadero en lo que me decía. Le pedí algunas explicaciones, y él, por única respuesta, me entregó las obras de Allan Kardec. Leer las primeras páginas y comprender que aquello era grande, sublime, inmenso, fue cuestión de un momento. ¡Dios mío! – exclamé -, ¿qué es lo que pasa conmigo? (…) Comencé a estudiar y a propagar el Espiritismo. ”

Cuando Miguel se da cuenta de la grandeza dé la Doctrina Espirita, un mundo nuevo se abre ante él, un panorama más luminoso y alentador comienza a vislumbrar. Entonces el Espiritismo ejerce sobre su persona la bendita y sublime influencia que ha hecho tanto bien a tantos y tantos seres humanos angustiados y desesperados por las aflicciones de la vida. La doctrina de la Reencarnación, la ley de causa y efecto, penetran en él, devolviéndole la esperanza y la fe en un mañana mejor.

Al cabo de unos años y ya recuperado, contrajo de nuevo matrimonio con una señora que compartía sus mismas creencias. Tiempo después se reunían en su casa varios amigos, compañeros del ideal espirita, y empezaron las primeras sesiones mediúmnicas; en las cuáles fue surgiendo la mediumnidad del propio Miguel Vives.

En 1872 fundó, junto con las personas amigas que formaban el grupo, un centro espiritista al que pusieron por nombre Fraternidad Humana, del que fue presidente durante treinta años. Con los trabajos espiritistas, Miguel, que era una persona muy inquieta y estudiosa, alterna los estudios de Medicina que comenzara durante el tiempo que estuvo tan enfermo. Fue un estudioso de los métodos y tratados del médico alemán Hahnemann, por cuyo sistema denominado homeopático realizó curas prodigiosas. Sin embargo, nunca se atribuyó el mérito de estas curaciones, pues en su gran humildad, siempre decía que si él curaba era por la asistencia de los buenos Espíritus que le ayudaban.

En pocas personas ha calado tan profundamente el mensaje espirita, como en Miguel Vives, que comprendió como nadie la enseñanza de Allan Kardec cuando dijo que el objetivo más importante del Espiritismo era la transformación moral del individuo; mucho más importante que los fenómenos Mediúmnicos, a los cuáles Kardec sólo consideró como accesorias. Miguel comprendió enseguida la importancia del mensaje de Kardec: “Fuera de la caridad no hay, no puede haber salvación”; sabe que es Cristo el inspirador de Kardec, y sigue esta enseñanza al pie de la letra.

La vida de este apóstol se convierte en un ejemplo de abnegación y benevolencia; su caridad hacia los más necesitados era muy conocida en su ciudad pues reunía a los pobres y mendigos en su casa y les daba de comer. Un día, en la boda de su hija Micaela, Miguel llevó junto a sus familiares y amigos reunidos, a un número considerable de personas indigentes, a los que quería como verdaderos hermanos y compañeros de peregrinación: “Vosotros ancianos mendigos -decía- sois para mí libros preciosos que encerráis interesantísimas historias y debo aprender de vosotros la humildad para sufrir y la fe para esperar”.

En 1882, de nuevo Miguel Vives es visitado por el dolor, pues de repentina enfermedad, falleció su hijo de 9 años, fruto de su segundo matrimonio. De nuevo volvió a sentir la desesperación y el dolor de perder a un ser querido, pero esta vez la realidad de que la muerte es sólo un cambio de morada, un regreso a la patria espiritual, es para él un gran consuelo y la esperanza de volver a reencontrarse algún día con los seres queridos que nos antecedieron en el viaje al más allá.

En 1882 fundó la Federación Espirita del Valles, que reunía a varias asociaciones y centros espíritas de esta comarca barcelonesa; desde 1885 hasta 1889 dirigió el Faro Espiritista, que fue el órgano de la Federación; de la Federación Espirita del Valles, surgió más tarde la Federación Catalana.

Miguel Vives, participó activamente en los Congresos Internacionales de Espiritismo celebrados en 1888 en Barcelona y 1889 en París. Años más tarde, en 1891, se trasladó a vivir a Barcelona para tratar de mejorar su quebrantada salud. Sin embargo no sería así, y el día 28 de Enero de 1906, desencarnó. Su muerte conmocionó a aquel pueblo al que Miguel tanto quiso, pues recibió de él una emocionante y entrañable despedida. Una multitud de personas acompañaba la comitiva fúnebre, y fueron muchas las fábricas y talleres que cerraron sus puertas para permitir a sus empleados dar el último adiós a un hombre extraordinario por sus virtudes y amor al prójimo. Un hombre que fue apodado El Apóstol del Bien.

Información extraída del libro “Mediumnismo y Espiritismo” Juan Luis Sánchez

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