¿Por qué?

amaliadsHe aquí el gran problema, el misterioso problema de la vida; dos palabras que serían la desesperación de todos los que sufren, si en el fondo de todo sufrimiento no germinara alguna consoladora semilla de esperanza. Cierta noche, una amiga mía, Elena, entró en mi aposento envuelta con su largo manto de luto: dejóse caer en un sillón, cogió mi diestra entre sus pequeñas aristocráticas manos, y fijándose en mí su profunda y melancólica mirada, díjome con acento desfallecido:

-Amalia, ¿por qué seré tan profundamente desgraciada? Respóndeme, por piedad, ¿por qué?…

La miré y no supe qué contestar, pues hay preguntas de dificilísima contestación; me sonreí tristemente y le dije con amarga ironía:

-Sin duda ignoras el valor de la pregunta que me haces: si tú no sabes el porqué de tu infortunio, ¿cómo quieres que yo esté más informada de tus propios asuntos? ¿Ignoras que más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena?

-Es que yo me vuelvo loca: hay momentos en que me falta la tierra bajo mis plantas y me asfixio: tan cargada de vapores mefíticos está la atmósfera que me rodea. Hoy me encuentro en una de esas crisis terribles, y vengo a ver si tú sabes dónde podré hallar consuelo.

-¿Dónde? … ¿Dónde, me dices? En ti misma; no hay más refugio que uno propio, porque en nosotros llevamos el germen de todos los dolores y la fuente inagotable de todas las compensaciones.

-Estás en un error, Amalia, y en un error gravísimo, te lo aseguro: yo llevo en mí el germen, como tú dices, de un verdadero infortunio, pero no la compensación a mi adversidad. Escúchame y juzga: Tú ya sabes que mi juventud fue dulce y poética. Mis padres me amaban, mejor dicho, me adoraban; rodeáronme de cuanto bello y armonioso encierra el mundo. Muchos hombres me brindaron con su nombre y su amor: uno más especialmente insistió en su amorosa porfía, y yo, por compasión, creyendo, en mi inocencia, que Augusto sin mi cariño no podía vivir, le di mi mano y a medias mi corazón. A los seis meses de casados, comprendí, aunque tarde, que su pasión había sido un capricho: hombre de malísimas costumbres, perdió en el juego mi cuantiosa dote, y después de sufrir todos los azares de la miseria, como es el asedio de los acreedores, con las reconvenciones de los más prudentes y las amenazas seguidas de humillantes embargos e incautación de todo el mobiliario; después de vender todas mis joyas, aun las más queridas por ser memorias sagradas de mis mayores, estuve mucho tiempo sufriendo el hambre y el frío, hasta que faltándome el valor para sufrir más, llegué con mi pobre hijo a la casa de mis padres, pidiéndoles hospitalidad. Y mientras, mi esposo, entregado a los goces ilícitos amorosos, vive aún amancebado, y yo gimo en soledad espantosa. Porque mi padre ha muerto; mi madre se ha quedado, a fuerza de disgustos, que parece alelada, y mi hijo, desesperado, luchando con la adversidad, se ha visto precisado a ausentarse.

-Madre mía -me dijo-, déjame ir a recorrer el mundo; déjame ir donde nadie me conozca; allí trabajaré, si es necesario, aunque sea en las entrañas de la Tierra. Aquí no puedo vivir; me tengo miedo a mí mismo, pues cuando pienso en mi padre y veo nuestra desgracia, la sangre hierve en mis venas, y creo que si le encontrara en mi camino, sería yo un segundo Caín, es decir, mucho peor. ¡Déjame que me vaya, madre mía! Yo no le dije vete; pero le estreché contra mi corazón, y se despidió diciéndome:

-¡No me olvides nunca en tu memoria, madre mía! No creí que se marchara en seguida, pero no volví a verle; dos días después, ¡horas de mortal ansiedad!, un amigo suyo vino a hacerme saber que mi hijo iba ya cruzando el mar. ¡Qué golpe tan terrible para una madre, perder a un hijo sin saber a dónde le conducía su destino! ¡Un hijo! ¡Tú no sabes, Amalia, lo que se quiere a un hijo!… Se necesita haber oído su llanto antes de haberle visto, para comprender lo que se ama a ese ser que es carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos; es preciso escuchar los primeros balbuceos, recibir sus primeros besos, sentir la dulce presión de sus brazos en nuestro cuello; seguir anhelante sus débiles pasos, enseñarle a hablar, a andar, a rezar, a cantar; vivir de su misma vida; ¡sólo así, Amaba, sólo así se puede apreciar el dolor que produce la pérdida de un hijo! Tú ya sabes cómo yo vivo, sin poder salir de día, porque mis ropas están deterioradas y no me es posible presentarme en ninguna parte, siento muchas veces el horrible frío que produce el hambre, y no tengo a quien pedir auxilio; busco trabajo y no encuentro; mi madre es anciana; sus desgracias y las mías la han abatido tanto, que no parece ella: me mira, se sonríe tristemente y exclama con amargura: «¡Si tu padre nos viviera, se volvería a morir de espanto!…»

Tú dirás que te cuento lo que ya sabes de memoria; pero es el caso que esta noche he hecho comparación entre la felicidad de otra mujer y mi infortunio; y al comparar nuestros destinos, he dicho: «¿Por qué ella es tan venturosa? ¡,Por qué soy yo tan desgraciada?…» Para pedir un favor, he ido a ver a un abogado, y al entrar en su casa sentí un bienestar indefinible; subí una escalera alfombrada, y entré en un anchuroso recibidor, donde había siete niños jugando alegremente; una señora anciana, de rostro bondadoso, vestida con la mayor elegancia, se afanaba en quitar el sombrero a los unos y el abrigo a los otros, y todos a porfía la acariciaban reclamando cada cual el derecho de dormir en el cuarto de ella, por haber sido el más bueno durante el día. Cuando me vio la señora, me hizo pasar a un salón lujosamente amueblado, viniendo a hacerme compañía una joven hermosísima, que llevaba una bata de cachemir blanco con vueltas de raso celeste. Nada más dulce que su límpida mirada; nada más afectuoso que su franca conversación. Más de hora y media tuve que aguardar a su marido, y en ese tiempo supe que mi bella interlocutora se había casado a los diecisiete años, con un hombre que la adoraba y a quien ella correspondía con todo su corazón: llevaba diez años de matrimonio, y ni un solo día había visto nublado el horizonte de su vida; entre su madre, su esposo y sus siete hijos, no sabía a quién acariciar primero, porque todos esperaban anhelantes sus mimos. Poseía cuantiosos bienes, que lo su esposo aumentaba considerablemente con su grande clientela y buena administración. Sus hijos se criaban sanos y robustos; no sabía lo que era dolor, porque todo cuanto la rodeaba era risueño y apacible; su marido era un modelo de bondad; su madre le evitaba todas las molestias que ocasionan los niños, y éstos eran tan dóciles y tan buenos, que no le daban el menor disgusto. Entró su esposo, y besándola en la frente, dijole que le esperase en su gabinete y que no dejase de ponerse el chal de cachemir, porque hacía frío; la acompañó hasta la puerta del salón y volvió a sentarse enfrente de mí.

-Le suplico -díjome- que me perdone si he saludado antes a mi esposa; pero es tal la costumbre que tengo de hacerlo así siempre que vuelvo de la Audiencia y de mis negocios, que si no la encuentro en casa, recibo una gran contrariedad; ahora me tiene usted a su disposición.

Mientras hablaba, yo pensaba en mi marido, en todas mis desgracias, y sin sentir envidia, viendo en la Tierra un trasunto del paraíso como era aquella familia, me pregunté a mí misma: ¿Por qué para esta mujer adorable todas las felicidades y para mí todos los infortunios? Yo no he sido mala; mi padre me llamaba su pequeño ángel y mi madre siempre dice que iguala mi desventura a mi bondad; entonces… ¿por qué tan enorme diferencia entre aquella mujer y yo? ¿Por qué… por qué?… ¿No me respondes, Amalia? Tú que tanto escribes; tú que tanto estudias en la Humanidad, ¿no puedes decirme cuál es la causa de esta desigualdad horrible?…

-La causa hay que buscarla lejos, muy lejos.

-¿Dónde?

-En el infinito de la vida: en esa vida cuyas vibraciones no se sabe cuándo comenzaron: en ese más allá que no tiene linderos, pues el ayer y el mañana son medidas trazadas por los hombres: así como en el espacio no hay arriba ni abajo, de igual manera el tiempo no tiene líneas divisorias; y en ese más allá desconocido de unos, presentido por otros, negado por rutina, desfigurado por los sofismas religiosos; en ese más allá, amiga mía, en ese oriente y occidente de la eterna existencia del espíritu, está el porqué de la dicha de algunos y de la desventura de los otros.

-Lo que tú dices no me satisface.

-Pues mira, lo único que yo puedo hacer en tu favor es publicar nuestro diálogo en un periódico espiritista, en cuyas columnas colaboran escritoras que pueden ilustrar mucho mejor que yo el asunto que es objeto de tus dudas. Tal vez alguna de ellas te diga con más convincentes razones por qué hay mujeres dichosas y desgraciadas, teniendo iguales virtudes las que sonríen y las que lloran.

-¡Cuánto me alegraría!, porque te aseguro que necesito ver claro, muy claro, para no volverme loca. ¿Por qué yo vivo muriendo, cuando no he sido capaz de arrancar una flor y he llorado al ver caer las hojas secas? Si estoy limpia de pecado, ¿por qué he sufrido tanto?

-Ten calma, amiga mía; espera algunos días más y haré lo que te he dicho; publicaré tu pregunta, y tal vez obtengas la deseada respuesta.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos Espiritas»

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