El Sr. Cardon

kardecEl Sr. Cardon había pasado una parte de su vida en la marina mercante en calidad de médico de un buque dedicado a la pesca de la ballena, adquiriendo en él costumbres e ideas un poco  materiales. Retirado en la aldea de J…, ejercía en ella la modesta profesión de médico de la comarca. Desde algún tiempo tenía la certeza de que estaba atacado de una hipertrofia del corazón, y sabiendo que esta enfermedad es incurable, la idea de la muerte le ocasionaba una gran melancolía, que nada podía distraer.

Unos días antes predijo el día fijo de su muerte. Cuando se vio cerca de morir, reunió alrededor suyo a su familia para darle su último adiós. Su mujer, su madre, sus tres hijos y otros parientes estaban alrededor de su lecho. En el momento en que su mujer trató de levantarle, cayó desplomado, se puso de un azul lívido, sus ojos se cerraron, y se le creyó muerto.

Su mujer se colocó ante él para ocultar este espectáculo a sus hijos. Después de algunos minutos volvió a abrir los ojos. Su cara, por decirlo así, iluminada, tomó una expresión de radiante beatitud, y exclamó:

-“¡Oh, hijos míos, qué belleza!. ¡Qué sublimidad! ¡Oh, la muerte!. ¡Qué beneficio!. ¡Qué cosa tan dulce!. Estaba muerto y he sentido mi alma elevarse muy alto, muy alto. Pero Dios me ha permitido volver para deciros: No temáis la muerte, ella es la libertad… ¡Qué no pueda pintaros la magnificencia de lo que he visto, y las impresiones de que me he sentido penetrado!. Pero no podríais comprenderlo… ¡Oh, hijos míos, conducíos siempre de modo que merezcáis esta inefable felicidad, reservada a los hombres de bien. Vivid según la caridad. Si tenéis alguna cosa, dad una parte a aquellos a quienes falta lo necesario… Mi querida esposa, te dejo en una posición que no es feliz. Se nos debe dinero, pero te suplico no atormentes a los que nos deben. Si deben, aguarda que queden en paz, y a los que no puedan pagarte, haz el sacrificio de perdonarles la deuda: Dios te recompensará. Tú, hijo mío, trabaja para sostener a tu madre. Sé siempre honrado, y guárdate de hacer nada que pueda deshonrar a nuestra familia. Toma nuestra cruz que proviene de mi madre. No la dejes, y que ella te recuerde siempre mis últimos consejos… Hijos míos, ayudaos y sosteneos mutuamente. Que la buena armonía reine entre vosotros. No seáis ni vanos ni orgullosos. Perdonad a vuestros enemigos si queréis que Dios os perdone…”

Después, habiendo hecho acercar a sus hijos, extendió sus manos hacia ellos, y añadió:

“Hijos míos, yo os bendigo.”

Y sus ojos se cerraron, esta vez para siempre. Pero su rostro conservó una expresión tan imponente, que hasta el momento de enterrarle un gentío numeroso fue a contemplarle con admiración. Habiéndonos sido transmitidos por un amigo de la familia estos interesantes detalles, hemos creído que esta evocación sería instructiva para todos, y al mismo tiempo útil al espíritu.

1. Evocación.

R. Estoy al lado vuestro.

2. Se nos ha referido vuestros últimos instantes, que nos han llenado de admiración ¿Querríais ser lo bastante bueno para describirnos, mejor que no lo habéis hecho, lo que habéis visto en el intervalo de lo que se podría llamar vuestras dos muertes?.

R. ¡Lo que he visto!… ¿Podríais comprenderlo?. Yo no lo sé, porque no podría encontrar expresiones capaces de hacer comprensible lo que he podido ver durante los pocos instantes en que me ha sido posible dejar mi despojo mortal.

3. ¿Os dais razón de dónde habéis estado?, ¿Es lejos de la Tierra, en otro planeta o en el espacio?.

R. El espíritu no conoce el valor de las distancias tales como vosotros lo consideráis. Conducido por no sé qué agente maravilloso, he visto el esplendor de un cielo como sólo nuestros sueños podrían realizarlo. Esta correría a través del infinito se hizo tan rápidamente, que no puedo precisar los instantes empleados por mi espíritu.

4. ¿Actualmente gozáis de la dicha que habéis entrevisto?.

R. No. Mucho desearía poder gozar de ella, pero Dios no me puede recompensar así. Me he rebelado muy a menudo contra los pensamientos benditos que dictaba mi corazón, y la muerte me parecía una injusticia. Médico incrédulo, tomé en el arte de curar una aversión contra la segunda naturaleza, que es nuestro movimiento inteligente y divino. La inmortalidad del alma era una ficción propia para seducir las naturalezas poco elevadas. Sin embargo, el vacío me espantaba, porque he maldecido muchas veces este agente misterioso que hiere sin tregua ni descanso. La filosofía me había extraviado sin hacerme comprender toda la grandeza del Eterno, que sabe repartir el dolor y la alegría para la enseñanza de la Humanidad.

5. ¿Cuando ocurrió vuestra verdadera muerte, os reconocisteis al momento?.

R. No. Me reconocí durante la transición que mi espíritu sufrió para recorrer los lugares etéreos. Pero después de la muerte real, no. Han sido precisos algunos días para reconocerme. Dios me había concedido una gracia. Voy a deciros la razón. Mi incredulidad primera no existía. Antes de mi muerte creí, porque después de haber sondeado científicamente la materia que me echaba a perder, no había encontrado, al cabo de razones terrestres, más que la razón divina. Ella me había inspirado, consolado, y mi ánimo era más fuerte que el dolor. Bendecía lo que había maldecido. El fin me parecía la libertad. ¡El pensamiento de Dios es grande como el mundo!, ¡Oh!. Qué supremo consuelo es la oración que da ternuras inefables. Es el elemento más seguro de nuestra naturaleza inmaterial. Por ella he comprendido, he creído firmemente, soberanamente, y por esto Dios, escuchando mis oraciones benditas, ha tenido a bien recompensarme antes de acabar mi encarnación.

6. ¿Se podría decir que estabais muerto la vez primera?.

R. Sí y no. El espíritu, habiendo dejado el cuerpo, naturalmente la carne se extinguía. Pero al tomar otra vez posesión de mi morada terrestre, la vida volvió al cuerpo que había sufrido una transición, un sueño.

7. ¿En ese momento, sentíais los lazos que os retenían a vuestro cuerpo?.

R. Sin duda. El espíritu tiene un lazo difícil de quebrantar. Le es preciso el último estremecimiento de la carne para entrar en su vida natural.

8. ¿Cómo es que en vuestra muerte aparente, y durante algunos minutos, haya podido vuestro espíritu separarse instantáneamente y sin turbación, mientras que la muerte real fue seguida de una turbación de muchos días?. Parece que en el primer caso los lazos entre el alma y el cuerpo, subsistiendo más que en el segundo, el desprendimiento debía ser más lento, y lo contrario es lo que ha tenido lugar.

R. Habéis hecho muchas veces la evocación de un espíritu encarnado, y habéis recibido de éste respuestas reales: yo estaba en la posición de estos espíritus. Dios me llamaba, y sus servidores me dijeron: “Ven…” He obedecido, y doy gracias a Dios por el favor especial que tuvo a bien hacerme. Pude ver lo infinito de su grandeza y darme cuenta de ésta. Gracias a vos, Señor, que antes de la muerte real me habéis permitido enseñar a los míos para que tengan buenas y justas encarnaciones.

9. ¿De dónde sacabais las buenas y hermosas palabras que dijisteis a vuestra familia cuando volvisteis a la vida?.

R. Eran el reflejo de lo que había visto y oído. Los buenos espíritus inspiraban mi voz y animaban mi rostro.

10. ¿Qué impresión creéis que ha hecho vuestra revelación a los asistentes, y a vuestros hijos en particular?.

R. Grande, profunda. La muerte no engaña. Los hijos, por ingratos que pudiesen ser, se inclinan ante la encarnación que se va. Si se podía escudriñar el corazón de los hijos al lado de una tumba entreabierta, no se verían palpitar sino sentimientos verdaderos,  movidos profundamente por la mano secreta de los espíritus, que dicen a todos los pensamientos: Temblad, si estáis en la duda: la muerte es la reparación, la justicia de Dios. Y, os lo aseguro, a pesar de los incrédulos, mis amigos y mi familia creerán en las palabras que mi voz pronunció antes de morir. Era el intérprete de otro mundo.

11. Habéis dicho que no disfrutáis de la dicha que habéis entrevisto. ¿Consiste eso en que sois desgraciado?.

R. No, puesto que creía antes de morir, y esto en mi alma y mi conciencia. El deber oprime en la Tierra, pero reanima para el porvenir espiritista. Observad que Dios tomó en cuenta mis ruegos y mi creencia absoluta en Él. Estoy en el camino de la perfección, y llegaré al fin que me ha sido permitido entrever. Orad, amigos míos, por este mundo invisible que preside a vuestros destinos. Este cambio fraternal es caritativo. Es una palanca poderosa que pone en comunicación los espíritus de todos los mundos.

12. ¿Tenéis que dirigir algunas palabras a vuestra mujer y a vuestros hijos?.

R. Suplico a todos los míos crean en Dios poderoso, justo, inmutable, en la oración que consuela y alivia. En la caridad, que es el acto más puro de la encarnación humana. Que se acuerden que se puede dar poco. El óbolo del pobre es el más meritorio ante Dios, que sabe que un pobre da mucho, dando poco. Es preciso que el rico dé mucho y a menudo para merecer tanto como él.

El porvenir es la caridad, la benevolencia en todas las acciones. Esto es, creer que todos los espíritus son hermanos, no haciendo nunca caso de vanidades pueriles. Familia mía muy amada, tendrás pruebas rudas. Pero sabe tomarlas valerosamente, pensando que Dios las ve. Decid muchas veces esta oración: “Dios de amor y de bondad, que das todo y siempre, concédenos esta fuerza que no retrocede ante ninguna pena. Hacednos buenos, dulces y caritativos. Pequeños por la fortuna, grandes por el corazón. Que nuestro espíritu sea espiritista en la Tierra para mejor comprenderos y amaros. Que vuestro nombre, ¡oh, Dios mío!, emblema de la libertad, sea el fin consolador de todos los oprimidos, de todos los que tienen necesidad de amar, de perdonar, y de creer.”

Cardon

Allan Kardec
Extraído del libro «El cielo y el infierno»

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