La salud humana

emmanuel_chico_xavierSe justifica el esfuerzo de los experimentadores de la medicina intentando descubrir un camino nuevo para atenuar la miseria humana; sin embargo, sin abstraernos de las directrices espirituales, que orientan los fenómenos patogénicos en las cuestiones de las pruebas individuales, tenemos necesidad de reconocer lo imprescindible que es la salud moral, antes de atacar el enigma doloroso y transcendente de las enfermedades físicas del hombre.

La renovación de los métodos de cura

En todos los siglos se ha estudiado el problema de la salud humana. Hasta la mitad del siglo XVIII, se admitía plenamente la medicina de la Edad Media que, a su vez, representaba casi integralmente el mismo proceso de cura de los egipcios, en la antigüedad. Todas las molestias eran atribuidas a la vacilación de los humores, basándose la mayor parte de los métodos terapéuticos en la sangría y en las sustancias purgativas. En el siglo XIX, los grandes descubrimientos científicos eliminaron esos antiguos conocimientos. Los aparatos de laboratorio investigando el mundo oscuro y vastísimo de la microbiológica, los nuevos estudios anatomopatológicas, presentadas por los estudiosos del asunto, establecen, con la severidad de análisis, que las molestias residen en la modificación de las partes solidas del organismo, abandonándose la teoría de la alteración de los humores.

Los médicos olvidaron, entonces, el estudio de los líquidos viciados del cuerpo, concentrando atenciones e investigaciones en la lesión orgánica, creando nuevos métodos de cura.

Los problemas clínicos inquietantes

No obstante, la nobleza y la sublimidad de la misión de cuantos se entregan al sagrado labor de aliviar las amarguras ajenas ahí en el mundo, reconocemos que muchos estudiosos pierden un tiempo precioso, en discusiones de mezquinas rivalidades profesionales, cuando no, se encuentran atascados en el pantano de los intereses exclusivistas y particulares, desconociendo la grandiosidad espiritual de su sacerdocio.

Lo que se torna altamente necesario en los tiempos modernos es reconocer, encima de todos los procesos artificiales de cura en la actualidad, el método indispensable de la medicina natural, con sus potencialidades infinitas.

Analizando todos los descubrimientos notables de los sistemas terapéuticos de vuestros días, orientados por las doctrinas más avanzadas, en virtud de los nuevos conocimientos humanos con respecto a la bacteriológica, a la biología, a la química, etc… reconocemos que, con excepción de la cirugía, que tuvo con Ambroise Paré, y otros inteligentes cirujanos de guerra, el más amplio de los desarrollos, poco han adelantado los hombres en la solución de los problemas de la cura, dentro de los dispositivos de la medicina artificial por ellos inventada.

A pesar del concurso precioso del microscopio, existen hoy cuestiones clínicas tan inquietantes, como hace doscientos años. Los progresos regulares que se verifican en la cuestión angustiosísima del cáncer y de la lepra, de la tuberculosis y de otras enfermedades contagiosas, no fueron más allá de las medidas preconizadas por la medicina natural, basadas en la prevención y en la higiene.

Los investigadores pudieron vislumbrar el mundo microbiano sin saber eliminarla. Si fue posible descubrir el misterio de la Naturaleza, la mentalidad humana aun no consiguió aprender el mecanismo de sus leyes. Lo que los estudiosos, con pocas excepciones, se satisfacen con el mundo aparente de las formas, retrasándose en las expresiones exteriores, incapaces de una excursión espiritual en el dominio de los orígenes profundos. Analizan los fenómenos sin ellos analizar las causas divinas.

Medicina Espiritual

La salud humana nunca será el producto de comprimidos, de anestésicos, de sueros, de alimentación muy artificial. El hombre tendrá que volver los ojos para la terapéutica natural, que reside en sí mismo, en su personalidad y en su medio ambiente.

Hay necesidades, en la actualidad, de extinguir los absurdos de la “fisiología dirigida”. La medicina precisa crear los procesos naturales de equilibrio psíquico, en cuyo organismo, si bien que remoto para sus actividades anatómicas, se localizan todas las causas de los fenómenos orgánicos tangibles.

La medicina del futuro tendrá que ser eminentemente espiritual, posición difícil de ser actualmente alcanzada, en razón de la fiebre maldita del oro; pero los apóstoles de esas realidades grandiosas no tardaran de surgir en los horizontes académicos del mundo, demostrando el nuevo ciclo evolutivo de la Humanidad. El estado precario de la salud de los hombres, en los días que pasan, tiene sus ascendentes en la larga seria de abusos individuales y colectivos de las personas, desviadas de la ley sabia y justa de la Naturaleza.

La Civilización, en su sed de bienestar, parece haber homologado todos los vicios de la alimentación, de las costumbres, del sexo y del trabajo. Con todo, los hombres caminan para las más profundas síntesis espirituales. La máquina, que estableció tanta miseria en el mundo, suprimiendo al operario e intensificando la facilidad de la producción, ha de traer, igualmente, una nueva concepción de la civilización que multiplicó la máxima perfección del gusto humano, complicando los problemas de salud; ha de enseñar a las personas la manera de vivir en armonía con la Naturaleza.

El mundo marcha para la síntesis

Se marcha para la síntesis y no debe causar sorpresa a nadie mi afirmación de que no os hayáis en la época en que la ciencia práctica de la vida os enseñará el método del equilibrio perfecto, en materia de salud.

Los cuerpos humanos serán alimentados, según sus necesidades especiales, sin gasto excesivo de energías orgánicas.

Las proteínas, los hidratos de carbono y las grasas, que constituyen las materias-primas para la producción de calorías necesarias para la conservación de vuestro cuerpo y que representan el granero de las economías físicas de vuestros organismos, no serán tomados de manera para perjudicar el metabolismo, estableciéndose, de esa forma, una armonía perfecta en el complejo celular de vuestra personalidad tangible, armonía esa que perdurará hasta el fenómeno de la desencarnación. Pero, todas esas exposiciones tienen el objetivo de la necesidad de aplicar largamente nuestras posibilidades en la solución de los problemas humanos para la mejoría del futuro.

Es verdad que, por mucho tiempo aun, tendremos, en oposición a nuestro idealismo, la cuestión del interés y del dinero, pero, trabajemos con confianza en la misericordia divina. Prestemos nuestro concurso a todas las iniciativas que ennoblezcan el penoso esfuerzo de las colectividades humanas y, no olvidemos que todo bien practico revertirá en beneficio de nuestra propia individualidad.

Trabajemos siempre con el pensamiento dirigido a Jesús, reconociendo que la pereza, la susceptibilidad y la impaciencia nunca fueron atributos de las almas sinceras y valerosas.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro “Emmanuel”
Traducido por Jacob

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