Determinismo – fatalidad

Juan_miguelLos problemas existirán siempre alrededor de nosotros y a pesar de nosotros. (André Luiz-Espíritu)

El determinismo es un sistema filosófico que niega al hombre el derecho de obrar libremente de acuerdo con su voluntad. Es importante que no se confunda determinismo con fatalidad.

Allan Kardec, a través de la pregunta 851 de “El Libro de los Espíritus”, solicitó aclaración sobre “si existe fatalidad en los acontecimientos de la vida” y los Espíritus Superiores esclarecieron contestando que “la fatalidad existe sólo en virtud de la elección que ha hecho el Espíritu al encarnarse, de sufrir tal o cual prueba”. Al elegirla constituye para él una especie de destino, que es la consecuencia de la posición en que se encuentra.

Los “fatalistas” y los “deterministas” resumen sus argumentos, en este sentido, diciendo que “El hombre está sometido a los impulsos de su naturaleza que lo dominan”. Para los primeros pensadores griegos, Pitágoras y Heráclito entre ellos, el destino de las personas estaba íntimamente ligado a la creencia en el poder absoluto de las fuerzas del universo.

Los “sofistas” fueron los primeros en considerar que el hombre no podía quedar sometido totalmente a un proceso o a leyes de la que no podía sustraerse. Sócrates no aceptaba este dominio, Platón y Aristóteles eran defensores de la libertad del hombre. Sin embargo, los religiosos concebían la idea de “una relativa libertad para el hombre”. Filón creía que “la reencarnación del alma en el cuerpo constituía una caída, una pérdida parcial de la libertad que poseía anteriormente”. Plotino también consideraba esta libertad del alma, y añadía que “el cuerpo es una prisión y que el ama al estar ligada al cuerpo, está prisionera, no es libre”

Los pensadores cristianos se apoyaban en un hombre básicamente libre y que, en el momento de su creación, el alma tendría la libertad de elegir entre el bien y el mal. Explicaban que Dios, todo bondad y perfección, no podía ser responsable por el mal y por las imperfecciones del mundo. Por lo tanto, el hombre es libre y debe hacerse cargo de esa responsabilidad. Pelagio, antiguo monje cristiano, predicaba que “Dios dio libertad al hombre para que pueda escoger entre el bien y el mal”.

Más tarde en el “Renacimiento”, el hombre intentó desligarse de la dominación de la Iglesia y decidió, por sí mismo, conocer el mundo. Surgieron entonces, los primeros científicos, brillando entre otros, Galileo, Kepler, Newton.

Francis Bacon destacó por desear ardientemente liberarse de las tradiciones del pasado y abordar el universo sin prejuicios religiosos o intelectuales. Para él, el hombre podría descubrir las leyes que lo gobiernan y determinar sus propias acciones. Sin embargo, a pesar de su deseo íntimo de liberarse de la religión, dejó al hombre sujeto a la voluntad de Dios y, con ello, despojado de libertad.

Thomas Hobbes fue más lejos al afirmar que “en el universo, todo está sujeto a una serie de causas y efectos puramente mecánicos”. De tal manera, según su opinión, “es absurdo afirmar que el hombre tiene independencia”.

Hombres importantes de la Historia aportaron diversas ideas: Blaise Pascal, Pierre Bayle, Spinoza, John Loche, David Home, Gottfried Wilhelm, Voltaire, John Toland, La Mettrie, Barón de Holbach, hasta que Jean-Jacques Rousseau las modificó despertando el concepto del sentimiento. Para él, “el hombre es libre, no es un juguete de las leyes naturales sino un alma que lucha para vivir según la libertad que posee”.

Tras comentar algunas de las principales ideas de los seguidores y de los no seguidores del determinismo, aún hoy encontramos esta disparidad de opiniones. No obstante, la Doctrina Espírita nos enseña, a través del razonamiento, que no existe un fatalismo, un determinismo que rija la vida del hombre. Si el hombre es obligado a obrar de diferente manera de la que piensa y quiere, es porque está comprometido con las deudas contraídas en existencias anteriores. Sin la teoría de la reencarnación se hace difícil explicar si el hombre tiene o no libertad.

La fatalidad, entendida vulgarmente, supone la decisión previa e irreversible de todos los sucesos de la vida. Si esto fuese así, el hombre sería como una máquina, sin voluntad. ¿De qué le serviría la inteligencia si debería estar invariablemente dominado en todos sus actos por la fuerza del destino? Nuestra libertad moral sería destruida y recordamos que “nunca hay fatalidad en los actos de la vida moral”.

Juan Miguel Fernández Muñoz.
Asociación de Estudios Espíritas de Madrid
Revista «El Ángel del bien»

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