Desaparición del cuerpo de Jesús

kardec64. – La desaparición del cuerpo de Jesús, después de su muerte, ha sido objeto de numerosos comentarios. La atestiguan los cuatro evangelistas, fundados en el relato de las mujeres que se presentaron en el sepulcro al tercer día y no lo encontraron. Unos han visto en esta desaparición un hecho milagroso, otros supusieron un rapto clandestino. Según otra opinión, Jesús nunca había revestido un cuerpo carnal sino un cuerpo fluídico; no había sido durante su vida sino una aparición tangible, en una palabra, una especie de agénere. Su nacimiento, su muerte, y todos los actos materiales de su vida, no habrían sido más que una apariencia. Fue así, se dice, que su cuerpo, de regreso al estado fluídico, pudo desaparecer del sepulcro y fue con ese mismo cuerpo que apareció después de su muerte. Sin duda, tal hecho no es absolutamente imposible, de acuerdo con lo que se sabe hoy sobre las propiedades de los fluidos; pero al menos sería enteramente excepcional y en oposición formal al carácter de los agéneres. (Cap. XIV, Nº 36). La cuestión, pues, es saber si tal hipótesis es admisible, y si es confirmada o negada por los hechos.

65. – La permanencia de Jesús en la Tierra comprende dos períodos: el que precede y el que siguió a su muerte. En el primer período, desde el momento de la concepción hasta el nacimiento, todo pasa en la madre como en las condiciones ordinarias de la vida. (1) Desde su nacimiento hasta su muerte, todo, en sus actos, en su lenguaje y en las diversas circunstancias de su vida, presenta los caracteres inequívocos de la corporeidad. Los fenómenos de orden físico que se producen en Él son accidentales y no tienen nada de anormal, puesto que se explican por las propiedades del periespíritu, y se encuentran en diferentes grados en algunos individuos. Después de su muerte, por el contrario, todo revela en él al ser fluídico. La diferencia entre los dos estados es de tal modo notable que no es posible asimilarlos. El cuerpo carnal tiene las propiedades inherentes a la materia propiamente dicha, que difieren esencialmente de las de los fluidos etéreos; la desorganización se opera en él por la ruptura de la cohesión molecular.

Un instrumento cortante que penetre en el cuerpo material divide los tejidos; si los órganos asenciales de la vida son atacados, su funcionamiento se detiene y sobreviene la muerte, es decir, la muerte del cuerpo. Esta cohesión no existe en los cuerpo fluídicos, la vida no reposa más sobre el funcionamiento de órganos especiales y en ellos no pueden producirse desórdenes análogos; un instrumento cortante,o cualquier otro, penetra allí como en un vapor, sin ocasionar ninguna lesión. He aquí por qué esas clases de cuerpos no pueden morir y por qué los seres fluídicos designados bajo el nombre de agéneres no pueden ser muertos. Después del suplicio de Jesús, su cuerpo quedó allí, inerte y sin vida, fue sepultado como los cuerpos ordinarios y todos pudieron verlo y tocarlo. Después de su resurrección, cuando quiere dejar la Tierra, no muere, su cuerpo se eleva, se desvanece y desaparece sin dejar rastro alguno, prueba evidente de que su cuerpo era de otra naturaleza del que expiró en la cruz; de donde es preciso concluir que si Jesús pudo morir, fue porque tenía un cuerpo carnal. Como consecuencia de sus propiedades materiales, el cuerpo carnal es la sede de las sensaciones y de los dolores físicos que repercuten en el centro sensitivo o Espíritu. No es el cuerpo el que sufre, es el Espíritu que recibe el contragolpe de las lesiones o alteraciones de los tejidos orgánicos. En un cuerpo privado del Espíritu, la sensación es absolutamente nula; por la misma razón, el Espíritu, que no tiene el cuerpo material, no puede sentir los sufrimientos que son el resultado de la alteración de la materia, de donde es necesario concluir también que si Jesús sufrió materialmente, como no pueden tenerse dudas de ello, fue porque tenía un cuerpo material, de una naturaleza semejante a la de todo el mundo.

66. – A los hechos materiales vienen a agregarse consideraciones morales poderosísimas. Si Jesús hubiese estado, durante su vida, en las condiciones de los seres fluídicos, no habría sentido ni el dolor, ni ninguna de las necesidades del cuerpo; imaginar que ha sido así es quitar todo el mérito a la vida de privaciones y sufrimientos que escogió, como ejemplo de resignación. Si todo en él no hubiera sido sino aparente, todos los actos de su vida, el anuncio reiterado de su muerte, la escena dolorosa del jardín de los Olivos, su oración a Dios para que apartara el cáliz de sus labios, su pasión, su agonía, todo, hasta sus últimas palabras en el momento de entregar el Espíritu, sólo habrían sido un vano simulacro, para engañar sobre su naturaleza y hacer creer en un sacrificio ilusorio de su vida, una comedia indigna de un simple hombre honrado, con mucha más razón de un ser tan superior; en una palabra él habría abusado de la buena fe de sus contemporáneos y de la posteridad. Tales son las consecuencias lógicas de ese sistema, consecuencias que no son admisibles, porque lo rebajarían moralmente, en lugar de elevarlo. Jesús, pues, tuvo, como todos, un cuerpo carnal y un cuerpo fluídico; como lo prueban los fenómenos materiales y los fenómenos psíquicos que caracterizaron su vida.

67. – Esta idea sobre la naturaleza del cuerpo de Jesús no es nueva. En el cuarto siglo, Apolinario de Laodicea, jefe de la secta de los Apolinaristas, pretendía que Jesús no había tomado cuerpo de la naturaleza de los nuestros sino un cuerpo impasible que había descendido del cielo, al seno de la santa virgen, y que no era nacido de ella; que así Jesús no había nacido, sufrido, ni muerto sino en apariencia. Los apolinaristas fueron anatematizados en el Concilio de Alejandría, en 360; en el de Roma en 374, y en el de Constantinopla en 381. Los Docetas (del griego dokein, parecer), secta numerosa de los Gnósticos, que subsistió durante los tres primeros siglos, tenían la misma creencia.

(1) No hablamos aquí del misterio de la encarnación, del que no nos ocuparemos aquí, y que será examinado ulteriormente.

Allan Kardec
Extraído del libro «La Génesis»

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.