El infierno

amaliaHa dicho un escritor, (no recuerdo cual) que por mucho que el hombre invente, la realidad supera a todos sus sueños y delirios, sean estos en sentido favorable o adverso, y es una gran verdad. Muchos tomos en folio se han escrito para pintar los horrores del infierno, y ha habido célebres poetas, que han tenido el mal gusto de describir el fondo de esos abismos, donde la eternidad del dolor era el único patrimonio de sus infortunados moradores. Recuerdo que en Toledo celebran en el mes de Noviembre, consagrado a las almas del purgatorio, espléndidas funciones religiosas, decorando las iglesias de un modo alegórico para impresionar a los fieles. Por oír a un notabilísimo orador, asistí hace muchos años, durante el citado mes, a una de las mejores iglesias de Toledo: delante del altar mayor aparecía un transparente de gran tamaño, en el cual un buen pintor había dejado la expresión de su privilegiada fantasía, pintando el purgatorio de un modo que hacía estremecer.

Figuraban, en primer término, mujeres hermosísimas engalanadas con trajes de púrpura, y hombres arrogantes apurando la copa del placer, que miraban con estupefacción como las serpientes de fuego que se enroscaban y retorcían sobre sus lujosas vestiduras, las destruían en breves segundos; y al sentir en la carne las terribles mordeduras de los reptiles, sus rostros se contraían, y gemidos horribles debían exhalar aquellas bocas entreabiertas. Era aquel un lienzo admirable en su género, y yo lo contemplaba todas las noches largo rato antes que acudiera la muchedumbre, detrás de él colocaban las luces necesarias, destacándose las figuras de aquel fondo luminoso con tanta propiedad, que se hacía uno la ilusión de oír los gritos de los condenados y sentir el calor asfixiante de aquellas llamas rojizas.

Una noche que llovía a torrentes, acudieron pocos fieles a la iglesia, y así tuve más tiempo de contemplar a mi sabor el cuadro del purgatorio. El orador, antes de subir al púlpito, tenía la costumbre de arrodillarse delante del altar mayor en ademán de rezar algunas oraciones, y como aquella noche la concurrencia era tan escasa, el buen predicador no tuvo más prisa de subir a la cátedra del Espíritu Santo, permaneciendo de hinojos más de media hora delante del célebre cuadro. Yo estaba sentada muy cerca de él, en la primera grada del presbiterio, y aproveché aquella ocasión para estudiar en su rostro lo que casi había adivinado en la inflexión de su voz, ora dulce, melancólica, apagada como el eco lejano de un suspiro, ora vibrante y lleno de pasión. No era de esos predicadores que dan golpes en el antepecho del público y maldicen los adelantos de la ciencia; antes muy al contrario, hablaba del progreso con verdadero entusiasmo, dejando además adivinar que dejaba mucho por decir: compadecía a los pecadores y describía las penas morales y el fuego reconcentrado de los recuerdos, mucho más que los tormentos corporales.

Habiendo podido contemplarle de cerca y detenidamente, iluminado por los vivos reflejos del altar, observe que era un hombre de figura ascética, delgado y macilento, con grandes ojos profundamente hundidos, brillantes como carbunclos: su frente, espaciosa, sus mejillas pálidas y enjutas, su boca, plegada por una de esas sonrisas indefinibles, que parece revelar el martirio interior del alma, hacían de aquel hombre un tipo especial, especialísimo. Postrado en tierra, con las manos cruzadas sobre el pecho rezó algunas oraciones. Después enmudeció, y se quedó mirando atentamente el cuadro del Purgatorio.

Yo también miré al lienzo, y por primera vez me parecieron sus figuras pálidas y vulgares, sin expresión ni sentimientos: mirando el rostro demacrado del sacerdote, veíase dibujado en él tan profundo, tan inmenso sufrimiento, que todo palidecía ante la expresión de aquel dolor verdaderamente sobrehumano.

No sé cuanto tiempo hubiera permanecido abismado en sus recuerdos, si no se le hubiese acercado un sacerdote para recordarle que los fieles le esperaban. Estremeciese convulsivamente, se pasó la mano por la frente, y subiendo a la tribuna pronunció el sermón más elocuente que yo he oído sobre la caridad. Desde que me convencí que aquel hombre sufría, me fue mucho más simpático, y donde quiera que él predicaba iba yo a oírle; con lo que conseguí entrar en relaciones con su familia, compuesta de dos ancianas hermanas de su madre, y una sobrina casada que tenía un enjambre de chiquillos. Por la sobrina supe que su tío era bueno, buenísimo, pero de un carácter raro hasta la extravagancia: no salía de su cuarto, ni aun para comer; la familia no disfrutaba nunca de su compañía; siempre leyendo, apenas hablaba con sus deudos, pero si alguno caía enfermo, era el primero en sentarse a la cabecera de su lecho, sitio que no abandonaba más que para cumplir con sus obligaciones.  A pesar de su sistemático aislamiento, era cariñosísimo con los niños y con los ancianos.

Estas noticias despertaron más mi curiosidad y mis simpatías por el padre Antonio, con quien tuve ocasión de hablar una noche al morir uno de sus sobrinitos, hermoso niño de cinco años. El pequeño reposaba con el último sueño. Toda la familia estaba rendida de cansancio, después de dos meses de continuos sufrimientos, y sólo el padre Antonio había permanecido firme en su puesto velando al niño que sólo de él tomaba las medicinas. La noche que se murió, fue una de las que yo me quedé, acompañando a su pobre madre, que estaba también enferma de gravedad. En el momento de expirar el pequeñuelo, me encontraba junto a su cuna con el padre Antonio, que, cerrando sus ojos con apasionados beses y levantando la cabeza, me dijo con dulzura:

-¡Dichoso él!

-Un ángel más en el cielo ¿No es verdad, padre Antonio?

-Un desgraciado menos en la Tierra. ¡Si a su edad yo hubiera muerto!…

-¡De cuantas amarguras se habría librado su alma!.

El padre Antonio me miró con atención, y enmudeció; pero yo, queriendo aprovechar una ocasión que quizás no se me volvería a presentar, le dije:

-Aunque usted se calla, yo adivino su sufrimiento: yo sé que es usted inmensamente  desgraciado: usted mismo me lo ha dicho.

-¡Yo!… ¿Cuándo?… no recuerdo.

-La noche que rezó usted más que de costumbre delante del cuadro de las ánimas. Su semblante revelaba más angustia, más desconsuelo, más desesperación que el de todos aquellos pecadores que se retorcían en el Purgatorio.

-Tiene usted razón. Ellos figuran estar en el purgatorio, mientras que yo realmente vivo en el infierno. Yo no sé si usted ha amado alguna vez, lo que no me cabe duda es que sabe leer en el alma, cuando ha leído en la mía; en la mía, que trato de ocultar con tenaz empeño, por esto cierro mis ojos para que no me delaten. Es verdad, sufro horriblemente. Sin vocación fui sacerdote, mi familia era muy pobre; si yo no seguía la carrera sacerdotal, perdía la pingüe renta de una capellanía, y por asegurar a mis padres su bienestar, ahogué los gritos de mi corazón. Durante algún tiempo viví tranquilo viendo a mis padres libres de la miseria, cuando en mal hora me nombraron confesor de las monjas de… (el nombre del convento no hace al caso) y allí… allí conocí a una mujer, hermosa como la sueña el deseo, cándida, y buena, como las buenas madres quieren que sean sus hijas. Vernos y amarnos con delirio fue obra de segundos. Concertamos la, fuga, y cuando un buque nos iba a llevar lejos de España, cuando aquella mujer adorada se creía feliz fuera de su prisión, unos brazos de hierro la arrebataron violentamente de los míos, para sepultarla en el convento donde había pronunciado sus votos. Yo fui severamente reprendido; estuve preso algún tiempo, y después me relegaron a Toledo, donde vivo muriendo. El recuerdo de aquella mujer es mi gloria y mi infierno: mí gloria por su amor, mi infierno por el remordimiento que me causa su inmensa desventura.

En aquel instante vino el padre del niño a ver como seguía su hijo, y al encontrarlo muerto, lloró como era natural.

-No le llores- exclamó el sacerdote: Que, muerto, estás seguro de su felicidad; vivo… vivo… hubiera estado muy cerca de caer en el infierno, y en el infierno… creemos, se vive muy mal.

-Y saliendo precipitadamente, se encerró en su aposento, donde debió dar rienda suelta a su llanto, pues se le oyó sollozar durante algunos segundos.

Causas imprevistas me hicieron salir de Toledo dos días después de haber hablado con el padre Antonio, al que no he vuelto a ver y no creo que le vuelva a ver más en la Tierra: casi tengo la certidumbre de que debe haber dejado este planeta. El fuego que irradiaban sus ojos habrá carbonizado su corazón. El suplicio en que vivía aquel hombre era superior, muy superior a las débiles fuerzas humanas. ¡Recordar a un ser adorado, saber que si vive, vive sufriendo una penitencia horrible! ¡Ah! ¡Cuántas víctimas han hecho los votos religiosos!.

Tienen razón las religiones al decir que existe el infierno, porque ellas lo han creado. Los
conventos son los insondables abismos, las regiones infernales, donde se truncan todas las leyes de la naturaleza.

Dijo un poeta, que, ante la horrible tempestad del alma, ¿Las tempestades de la mar, qué son? Lo mismo se puede decir ante el infierno católico: ¿Qué es el cuerpo atormentado por el fuego, ante el suplicio del Espíritu que vive asfixiado y torturado por horribles recuerdos? ¿Qué son esos condenados vulgares que pintan rodeados de llamas, ante un rostro demacrado por el sufrimiento? ¿Ante unos ojos hundidos, ante una de esas amargas sonrisas que cuentan una larga historia de dolor? El infierno que llevan algunos seres dentro de sí mismos, encierra más horrores que todos los creados y por crear. El verdadero infierno del hombre es la desesperación.

Extraído del libro «La luz que nos guía»
Amalia Domingo Soler

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