El alma es inmortal

delanneTan lejos como sea posible interrogar a los egipcios, se les oye afirmar su fe en la segunda vida del hombre, en un lugar del que ninguno puede volver, donde permanecen los antepasados. Esta idea, inmutable, atraviesa intacta todas las civilizaciones egipcias; nada puede destruirla.

El alma es inmortal – Gabriel Delanne Lo que no resiste, por el contrario, a las influencias venidas de todas partes es el “cómo” de esa inmortalidad. ¿Cuál es en el hombre la parte duradera que resiste a la muerte o que, revivificada, va a continuar otras existencias?

La creencia más antigua, la de los comienzos (5000 años antes de J.C.), no hacía de la muerte más que una suspensión de la vida; el cuerpo, inmóvil durante un tiempo, recobraba el “soplo” e iba a habitar muy lejos, al oeste de este mundo. Seguidamente, pero muy antigua aún, y tal vez anterior a las primeras dinastías históricas, se emitió la idea de que solamente “una parte del hombre” iba a vivir una segunda vida. No era un alma, era un cuerpo, distinto al cuerpo primero, pero proviniendo de él, más ligero, menos material.

Este cuerpo, casi invisible, salido del primer cuerpo momificado, estaba sometido a todas las exigencias de la existencia: era preciso alojarlo, nutrirlo, vestirlo; su forma en el otro mundo, por la semejanza, reproducía el primer cuerpo. Es el ka o doble, al cual se dirigía, en el antiguo Imperio, el culto de los muertos (5004- 3064 antes de J.C.).

Una primera modificación hizo “del doble” —del ka— un cuerpo menos grosero que el de la primera concepción. El segundo cuerpo no fue más que una “sustancia” —ba— una “esencia” —baï— y, en fin, un resplandor, “una parcela de llama”, de luz. Esta fórmula se generaliza en los templos y en las escuelas. El pueblo se atenía a la creencia simple, original, del hombre compuesto de dos partes: el cuerpo y la inteligencia —khou— separables. Hubo, pues, un momento, hacia la XVIII dinastía sobre todo, de creencias diversas coexistentes. Se creía al mismo tiempo en el cuerpo doble o ka, en la sustancia luminosa baï, o ba, y en la inteligencia o khou, y esto eran tres almas.

Fue así, y sin perjuicio, hasta el momento de la formación de un cuerpo sacerdotal, en que necesitando una doctrina, imponiéndose una elección, le fue menester tomar una determinación. Fue a fines de la XVIII dinastía (3064-1703 antes de J.C.) cuando los sacerdotes, muy hábilmente para no herir creencia alguna, para conciliarse con todas las opiniones, concibieron un sistema en que pudieran entrar todas las hipótesis.

La persona humana se dijo compuesta de cuatro partes: el cuerpo físico doble (ka), la sustancia inteligente (khou), y la esencia luminosa (ka o baï); pero esas cuatro partes no fueron realmente más que dos, en el sentido que el doble o ka, esa parte integrante del cuerpo durante la vida, conocida como la esencia luminosa o ba, estaba contenida en la sustancia inteligente o khou. Y es así, como al fin de la XVIII dinastía, y por primera vez, aunque sin comprender la teoría verdadera, Egipto tuvo, en realidad, la noción del serm humano compuesto de una sola alma y de un solo cuerpo.

La nueva teoría todavía se simplifica más, ya que el cuerpo, con su doble, fue considerado como permaneciendo para siempre en la tumba, mientras que el alma-inteligencia, “sirviendo de cuerpo a la esencia luminosa”, iba a vivir la segunda vida con los dioses. La inmortalidad del alma substituirá así a la in mortalidad del cuerpo, que había sido la primera concepción egipcia.

Gabriel Delanne

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