La Civilización Occidental

emmanuel2Es imprescindible no perder de vista los aspectos sociales de la civilización moderna, para encontrar los falsos principios de sus bases y el fin próximo que la espera inevitablemente. Las carreras armamentistas y las angustiosas conversaciones diplomáticas de estos últimos tiempos, en el continente europeo, que representa el cerebro de la Civilización Occidental, denotan los peligros amenazadores de la guerra.

Todo el organismo social de la Europa moderna reposa en bases militaristas. De la industria de las armas, más que de la agricultura, y eso es lamentable, depende la estabilidad de la civilización de todo el Occidente.

Los ejércitos compactos, las fábricas del cañón y de la bomba explosiva, las colectividades atentas a las actividades bélicas, constituyen los elementos vitales de la evolución europea.
Un impulso de la civilización de esa naturaleza no puede prescindir de la guerra y es por esa razón que el peligro inminente de la masacre llama de nuevo a la puerta del alma humana, saturada de temores y sufrimientos.

No bastó al Viejo Mundo la dolorosa experiencia de 1914, que le costó trescientos mil millones de dólares y más de treinta millones de vidas. La guerra quiere devorar las ultimas energías de esos pueblos que no supieron edificar sus leyes.

Europa es un gran volcán en reposo. En los despachos los estadistas se desengañan en la búsqueda de una solución objetiva, a favor de la paz internacional.

Hay una pregunta angustiosa y aflictiva en todos los corazones. Las mentalidades que dirigen los pueblos tiemblan al enunciar sus sentencias y juzgamientos. Nadie desea asumir con las responsabilidades de la última palabra. En cuanto eso ocurre, se observa la decadencia de la Civilización Occidental para orientar el pensamiento del mundo.

Posibilidades de Oriente

Desde el primer cuarto del siglo XX, después de la victoria japonesa en Tsushima, se multiplican las posibilidades de Oriente, para donde parece transportarse el centro evolutivo de la Humanidad.

El Pacifico vuelve a revestirse de vida nueva. China se mueve con sus revoluciones internas. En centros remotos, como Afganistán y Turquía, se percibe una onda de renovación general. La Rusia soviética, desde hace mucho tiempo, dirige sus vistas para el Extremo Oriente. K en Siberia Oriental que reposan, en la actualidad, las más importantes de sus bases militares.

Nueva Zelanda y Australia son graneros de posibilidades infinitas. India, no obstante, el dominio británico, ofrece al planeta ejemplos y doctrinas regeneradoras. Figuras preeminentes de los pueblos orientales son hoy acatadas en todo el mundo.

La figura de Gandhi tiene su proyección universal. Las costas del Pacifico están llenas de movimientos comerciales; en sus márgenes, las Repúblicas de América Meridional acusan una vida nueva, en el plano de la cultura, del progreso y del pensamiento. Todos los movimientos más importantes del planeta se nos aparecen, más o menos, desplazados de nuevo para Asia, donde Japón asume el papel de orientador de ese incontestable movimiento de organización.

El fantasma de la guerra

Europa, en la actualidad, es el gigante cansado, al borde de su túmulo. Infelizmente, el sentido arraigado del militarismo le envenenó los centros de fuerza.

Alemania e Italia abarrotadas se apean para los recursos que la guerra les ofrece. No obstante, todos los tratados y pactos a favor de la tranquilidad europea, nunca como ahora, fue la paz, allí, tan vilipendiada.

El Tratado de Versalles y los Acuerdos de Locarno nada más fueron que fenómenos diplomáticos de la propia guerra en perspectiva. Nunca hubo un propósito sincero de fraternidad y de igualdad en esas alianzas.

En 1928, fue asesinado el Pacto Briand-Kellogg, como si fuera una esperanza para todas las nacionalidades. Entretanto, jamás, como en estos últimos años, el armamentismo tomo tanto incremento, en todos los países del planeta. Solo en Francia, en sus estadísticas del año pasado, tenía un gasto de más de trece mil millones de francos, invertidos en los programas para su defensa. Y, detrás de los grandes buques de guerra, de las ametralladoras de pesado calibre, de las granadas destructoras, se esconden los nuevos gases asfixiantes y los terribles elementos de la guerra bacteriológica, que los verdugos de la ciencia engendraron criminalmente para suplicio de los pueblos.

El momento es de angustia justificable. La propia Inglaterra, que nunca se encontró tan poderosa y tan rica como ahora, siente de cerca la catástrofe; su misión colonizadora toca, igualmente, a su fin. Al lado de los bienes que los ingleses malgastaron a las diversas regiones del planeta, hubo de su parte lamentable olvido: de que cada pueblo tiene su personalidad independiente.

Ansia de dominio y de destrucción

Se dice que todo Oriente se occidentaliza en la actualidad; sin embargo, Oriente apenas aprovecha el fruto de experiencias que hoy le entrega la Civilización Occidental, presintiendo el síntoma de su decadencia.

El cristianismo, deturpado en Europa, degenerado por la influencia de los obispos romanos, no consiguió ser el baluarte de esa civilización que, poco a poco, se va desmoronando. Las naciones del Viejo Mundo solo cuidaron de dominar a los otros países como sus vasallos; pero, es pasada la época de esos dominios injustificables.

Los pretextos de expansión no se justifican dentro de los principios de la paz internacional y, los movimientos de conquista, apenas sirven para debilitar la economía de los pueblos que se abandonan a sus excesos.

La Europa moderna se olvidó de que Asia tiene el volumen considerable de setecientos millones de almas, como elementos de energía potencial, aguardando igualmente el instante de su necesaria expansión; olvidó que América es consciente, ahora, de su importancia y de sus infinitas posibilidades, prescindiendo de su tutela y de sus estatutos y, en el momento actual, el continente europeo reconoce la ineficacia de sus teorías de paz, delante de su necesidad irrevocable de guerra, de destrucción.

Integrada en el conocimiento de sus falsos principios, edificados, todos ellos, en la base armamentista, la Civilización Occidental reconoce su propio desprestigio; desde hace muchos años, el virus de la masacre le viene demoliendo las bases, y las épocas de aflicción y de crisis periódicamente se repiten.

Francia que, en 1870, buscó ayuda a las puertas de Rusia poderosa de los zares, acosada por Alemania, se vuelve hoy para unión pseudo-comunista de Stalin, pidiendo la misma alianza para evitar el peligro germánico.

Gran Bretaña observa, de su tribuna, el movimiento y se prepara para sorpresas eventuales; intentando conservar su poderío, vuelve la política de conciliación; sin embargo, la guerra es inevitable en el ambiente de esa civilización de monumentos grandiosos de ciencia en el plano material, pero hecha de fuego fatuo en el dominio de la espiritualidad.

Los pueblos, en virtud de la organización de sus leyes, tiene la necesidad de estallar los movimientos bélicos. No podrán vivir mucho más tiempo sin ellos. La destrucción les es necesaria.

¿A quién le cabrá entonces el cetro de la cultura, el liderazgo del pensamiento? Dios lo sabe.

El futuro de las grandezas materiales

Dentro de algunos siglos, los colosos de Paris, de Roma y, de Londres serán contemplados como recuerdos históricos admirables; la torre Eiffel, la Abadía de Westminster serán como las ruinas del Coliseo de Vespasiano y de las construcciones antiguas del Spalato. Los vientos tristes de la noche han de susurrar sobre los destrozos, donde los hombres se encontrarán para destruirse, unos a los otros, en vez de amarse como hermanos. Los rayos de la Luna dejaran ver, en los márgenes del Támesis, del Tíber y del Sena, el lugar donde la Civilización Occidental se suicidó por la carencia de conocimientos espirituales.

El imperio británico conocerá entonces, como la Península Ibérica, el recuerdo de sus dominios y de sus conquistas. Francia sentirá, como la Grecia antigua, un orgullo noble por haber cooperado en la declaración de los Derechos del Hombre e Italia se acordará melancólicamente de sus luchas.

Cada vez que los hombres quieren imponerse, arbitrarios y despóticos, delante de las leyes divinas, hay una fuerza misteriosa que los hace caer, dentro de sus engaños y de sus propias debilidades.

La impenitencia de la civilización moderna, corrompida de vicios y mantenida en sus mayores centros a costa de las industrias bélicas, no es diferente del imperio babilónico que cayó, a pesar de su esplendor y de su grandeza.

En el banquete de los pueblos terrestres, se leen las tres palabras fatídicas del festín de Baltasar. Una fuerza invisible gravó nuevamente el “Mane – Thécel – Phares” en la fiesta del mundo.

Que Dios, en Su misericordia, ampare a los humildes y a los justos.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro “Emmanuel”
Traducido por Jacob

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