El oasis

amalia-domingo-soler-399No somos amigos de los pesimistas, porque todo lo ven bajo un negro crespón, ni tampoco de los optimistas porque todo lo contemplan tras de un prisma de color de rosas, y aunque estos últimos son felices, pues hay que atenerse a lo que dijo muy sabiamente Campoamor:  «En este mundo traidor nada hay verdad ni mentira, todo se ve del color del cristal donde se mira.» Sin embargo, sobre todos los pesimismos y optimismos, hay una sensación suprema que hace al hombre feliz, lo mismo en una choza de verde ramaje, que bajo el purpúreo dosel de un trono. Este es el sentimiento paternal; hace algunas horas que nos hemos convencido de lo que decimos.

Tenemos unos amigos que hace tres años se vieron, simpatizaron, y se unieron con el lazo indisoluble del matrimonio, un niño vino más tarde a pedirles hospitalidad y protección, ellos le recibieron con palmas y olivos, y nunca nos creemos más dichosos, que cuando estamos bajo el techo que cobija a nuestros buenos amigos. Su casita parece una jaula colgada del techo, por lo alta y alegre, es un piso cuarto, circundado de aire sano y rayos de sol que penetran en las habitaciones por pintados y anchos balcones, en los cuales se asoma con frecuencia un niño, pálido y delgadito, que cuenta nueve meses y que ya revela en sus ojos que su Espíritu es viejo en el arte de vivir, puesto que hace ensayos para correr.

Sus padres le adoran, y nada más conmovedor que cuando el pequeñuelo, por la mañana  temprano, duerme tranquilamente en el lecho de los autores de sus días, y estos le contemplan diciendo el padre: Que nadie me diga que soy pobre, que no puede ser pobre quien tiene un hijo como éste. Es un niño de veras… Sí, sí; es un niño de veras. Y al decir esto, nuestro amigo sonríe tan dulcemente, su rostro revela tan inmensa alegría; que hay que convencerse que sobre todos los optimismos y pesimismos, está ese sentimiento divino del amor paternal, amor superior a todos los amores, amor que regenera, que santifica, que engrandece a todo aquel que estrecha a un hijo entre sus brazos.

La casita de nuestros amigos, ¡Cuánto nos hace pensar! … en ella encontramos el verdadero oasis donde reposa el hombre breves momentos. Es verdad que tras de esos instantes benditos vienen las tempestades de la vida, porque los niños crecen y el pequeñuelo que no sabía dormir si su padre no lo arrullaba o su madre no lo bendecía con sus besos, después se va a recorrer la Tierra y pasan años sin que sus padres le acaricien con sus miradas, y cuando vuelve no siempre vuelve honrado; algunas veces cuando llega cerca de sus padres, estos, tienen que ir a verle en una cárcel, o en un presidio. Esto es horrible pero es verdad, y no podemos sumar aún las unidades que tienen las dos cantidades, la una de placer y la otra de dolor, a ver cual es mayor, si la dicha de contemplar a un pequeñuelo y decir como dice nuestro amigo.

«Que nadie me diga que soy pobre, que no puede ser pobre quien tiene un hijo como este» o el dolor inmenso de ver a este mismo hijo en el camino del crimen por el cual se va al presidio y no pocas veces al patíbulo. Como nosotros por esta vez no hemos sido útiles a la humanidad, porque nuestra expiación no nos ha permitido crearnos una familia, no podemos decir donde hay más luz ni más sombra; pero como siempre se desea lo que no se obtiene, nos parece que la vida íntima de una familia, formada ésta por espíritus simpáticos, es la felicidad suprema.

«Si, en la Tierra no hay más allá (nos dice un Espíritu cuyo fluido nos conmueve dulcemente). Yo te he acompañado en tu paseo matutino, yo te he visto como te has detenido ante una casa dedicada a la oración, has levantado el cortinaje que cubría la entrada y asomado tu cabeza has mirado con horror un templo húmedo y sombrío diciendo con tristeza: ¡Cuántas horas se pierden en este recinto!… ¡Cuántas palabras se pronuncian bajo estas bóvedas que no encuentran eco en ningún corazón! ¿Cuándo comprenderán los hombres cuales son las verdaderas oraciones?…

Después has seguido tu camino lentamente, pensativa y abstraída por un pensamiento;  pensabas en tus amigos que te esperaban anhelantes, espíritus sencillos y agradecidos que te profesan un verdadero cariño y que te asocian a sus fiestas de familia, como si tú estuvieras enlazada a ellos por los lazos de la sangre».

«Subiste alborozada porque sabías que los brazos de una joven cariñosa te esperaban, la que te dijo: -Ven a ver mi niño: Tú entraste en la alcoba andando de puntillas, y tu Espíritu se postró reverente ante un lecho anchuroso donde reposaba el tierno infante, miraste a sus padres que sonreían con la sonrisa del justo y dijiste: -¡He aquí el oasis de la vida! ¡Dichosos los que descansan a su sombra!».

«Después quisiste pesar todos los dolores que guarda el porvenir para los terrenales y dijiste: ¿Quién vivirá mejor? Y yo te digo: Los que tienen familia; el beso de un hijo es una caricia de Dios, yo lo sé, Amalia, yo lo sé. Yo estuve en la Tierra 28 años, fui un pobre obrero, en mi humilde hogar nunca faltó lo necesario ni sobró lo superfluo, mis padres se extasiaron como se extasían tus amigos mirando a su hijo; crecí entre sus caricias y a los veinte abriles me uní a una mujer con la cual había jugado en mi infancia, y cuando conté 22 inviernos, fui padre de dos niños gemelos hermosísimos, que me hicieron gozar lo que nunca había gozado».

«Cuándo me levantaba no sabía irme al trabajo, no sabía dejar mi pobre albergue donde reposaban los hijos de mi corazón, ¡Eran tan hermosos!…» «Mi buena esposa necesitaba recordarme que si no acudía puntualmente a cumplir con mi obligación, mis niños se morirían de hambre; y al oír estas palabras salía presuroso de mi hogar diciendo ¡Señor! ¡Señor! ¡Qué feliz soy!…

Yo andaba tan embebecido en mis amorosos pensamientos, que si una inteligencia invisible no me hubiera guiado, yo no sé a donde hubiera ido. Se puede decir que yo no estaba en la Tierra, así viví seis años, mis hijos me adoraban, su madre tenía celos y yo le decía: déjalos que me quieran ¡Pobrecitos! ¿No ves que estoy tan poco tiempo a su lado?»

«Y así era en efecto, pues todo el día lo pasaba en el trabajo, y al llegar la noche, ¡Cuánto gozaba mi Espíritu al entrar en la calle donde estaba situada mi casa!… porque salían a mi encuentro mis hijos, su joven madre, y los tres se disputaban mis caricias, los tres me agasajaban, los tres me hacían innumerables preguntas, los tres me registraban los bolsillos a ver si me encontraban alguna golosina, y entraba en mi hogar donde mis padres nos esperaban sonriendo como los bienaventurados».

«Mi morada sí que era un verdadero oasis, nada turbaba mi dicha, las enfermedades no nos hacían sentir ni sus angustias ni sus dolores, la miseria nunca llamó a las puertas de mi humilde hogar, los vicios no se atrevieron a profanar aquel recinto sagrado donde se agrupaban seis espíritus unidos por el lazo divino del amor».

«Nuestros días de fiesta eran encantadores, los pasábamos en el campo viendo correr a nuestros hijos y haciendo planes para el porvenir, mi madre y mi esposa preparaban sabrosas viandas, mi padre y sus nietos jugaban como si todos tuvieran la misma edad, y yo solía dedicarme un rato a la lectura, si bien era interrumpido constantemente por mis hijos que me hacían jugar con ellos a todo cuanto querían».

«Veintiocho veces había yo visto florecer los almendros, mis hijos a los cinco años ya sabían leer, y su precoz inteligencia me enorgullecía y soñaba para ellos con un porvenir de gloria, porque el uno garrapateaba con el lápiz y trazaba sobre el papel aves con cabeza de caballo, y caballos con alas de águila, y ya creía yo ver en él un Velásquez o un Miguel Ángel, mientras el otro, muy amante de la música, modulaba dulces sonidos en una flauta de caña, y ya le admiraba yo como un segundo Mozart, y trabajábamos sin descanso mi padre y yo para hacer ahorros y poderles costear los estudios».

«¡Cuántas ilusiones! ¡Cuántos ensueños de color de rosa! Mas ¡Ay! Al día siguiente de cumplir mis hijos seis años, me levanté triste, muy triste acaricié a mis hijos con verdadero frenesí, abracé a mi esposa diciéndole al oído: ¿No es verdad que si yo me muriera no te casarías con otro?».

-¿Estás loco? (me dijo ella sonriendo con ternura), te juro por la salud de nuestros hijos que nadie será dueño de mí mas que tú.

«Sentí que me quitaban un gran peso del corazón, y le dije a mi madre: tienes que querer mucho a tus nietos ¿Eh?». «Ella me miró con extrañeza y le dijo a mi esposa.

-No sé, no sé que tiene éste hoy, habrá tenido un mal ensueño: vamos, vamos vete a trabajar y piensa que mañana es domingo y hemos de ir lejos, muy lejos a pasar el día en la cumbre de aquella montaña donde parece, como tú dices, que se está cerca del cielo».

«Salí de mi hogar, llegué al lugar de mi trabajo, yo era oficial de albañil, comencé a dar órdenes a los obreros y todos a una comenzaron a trabajar en los cimientos de un palacio, yo estaba al borde de la zanja triste y pensativo, mis ojos se llenaron de lágrimas pensando en mis hijos, en mis padres, y en mi esposa; sentí que de pronto la tierra faltaba bajo mis plantas, y dejé de ver la luz del sol porque un hundimiento del terreno me hizo caer, y la tierra extraída a fuerza de tantos sudores de honrados obreros cayó sobre unos veinte desgraciados que sufrieron las más horribles de las agonías, pues estuvieron enterrados en vida algunas horas, muriendo todos después de espantosos sufrimientos. Yo fui mas dichoso que mis compañeros, porque mi Espíritu dejó en seguida su envoltura y huyó aterrado buscando su hogar».

«Llegué a mi casa con la velocidad del pensamiento, vi a mi esposa tranquila y confiada como siempre, vi a mi madre en alegre plática con sus nietos, yo abracé a estos con inmensa ternura, después vi a mi padre que entró como un loco gritando y llorando desesperadamente, no entendí lo que dijo, pero vi que mi esposa abrió los brazos, se llevó las manos a la frente y lanzó una horrible y estridente carcajada, mientras que mi madre abrazó a sus nietos sollozando con ese desconsuelo con que lloran las madres cuando pierden un hijo de sus entrañas».

«Mis hijos espantados lanzaron gritos, gritos tan angustiosos que me hicieron estremecer, gritos que resonaron lúgubremente en mi cerebro, porque decían. ¡Padre!… ¡Padre!… ¿Dónde estás?… Yo abrazaba a unos y a otros, yo me acercaba a mi esposa que reía convulsivamente, siendo su risa, la que me hacía más daño, mucho más que los gemidos de los otros, después vi mucha gente que invadió mi hogar, todos lloraban, todos decían: ¡Qué desgracia!… ¡Qué desgracia!… ¡Qué desgracia tan inmensa!… después… no sé lo que pasó ni lo que sentí, dejé de ver, dejé de oír, dejé de percibir aquellos lamentos y aquellas carcajadas que tanto me martirizaban, y me quedé dormido Sal conciencia de mi ser».

Como no había hecho daño a nadie, como mi existencia la consagré a querer a mi familia con verdadera adoración, mi sueño ni fue largo ni penoso, desperté y me encontré en mi hogar dándome cuenta de todo cuanto me había sucedido, vi a mi esposa que seguía loca, pero su locura era tranquila, mis hijos sonreían en los brazos de mis padres, y todo mi afán fue volver la razón a mi fiel compañera».

«Durante su sueño hablé con su Espíritu, inspiré a su médico y gracias a la divina Providencia, la madre de mis hijos pudo llorar recordando mi amor. ¡Cuán dichoso me creí cuando ella fue al cementerio a cubrir mi tumba de aromáticas flores acompañada de nuestros hijos a los cuales les decía:» ¡Hijos míos! Besad las letras de esa lápida porque ellas componen el nombre de vuestro padre. Y los niños las besaban con cierto temor: Después se iban a correr y dejaban a su pobre madre junto a mi sepultura, la que envuelta con mi fluido, decía: «Pepe, ¿Cómo estando muerto me perece que tu aliento acaricia mi frente y que tus labios se posan en los míos? Ya no estoy loca y sin embargo, locura y grande es pensar que tú me puedas estrechar en tus brazos, pareciéndome que tus manos estrechan las mías».

«Y se la estrechaba en realidad, mas tuve que suspender mis manifestaciones por que ella llegó a impresionarse demasiado y mis padres creyeron que de nuevo estaba loca mas yo no cejé en mi empeño y al fin conseguí que llegasen a oídos de mi familia rumores espiritistas, siendo mi esposa la primera que dijo con íntima convicción: cuanto dicen es verdad, no son alucinaciones de mi mente conturbada lo que yo sentí en el cementerio. Pepe estaba allí, él nos llama, es necesario responderle; y mi familia en masa acudió a un centro espiritista, desarrollándose en mi esposa con asombrosa facilidad la mediumnidad de la escritura; tuvo la suerte de ser bien guiada, evitó con prudencia el abuso de preguntas indiscretas, y al fin conseguí ponerme en relación con ella, y mi pobre casita, mi oasis bendito volvió a recobrar algo de su pasada alegría».

«Mis hijos protegidos por los terrenales y por sus protectores invisibles hacen rápidos progresos, el uno en la pintura y el otro en la música, y de todas las magnificencias que me rodean en el espacio, prefiero mi humilde hogar donde seres adorados viven consagrados a mi memoria; y nada más grato para mí que asistir a sus consejos de familia.» ¡Dios mío! ¡Qué grande es el Espiritismo! Dijo mi esposa. No perder más que a medias a los seres queridos es un consuelo tan inmenso, que se necesita haber perdido la razón como yo la perdí por el exceso del dolor, para apreciar en todo lo que vale la comunicación de los espíritus. ¡Hijos míos! No nos llamemos desgraciados sabiendo que vuestro padre vela por nosotros.

“Y es verdad que velo, mi pensamiento siempre está fijo humilde hogar, oasis bendito donde reposé 28 años acariciado de mis Padres, de mi esposa y de mis hijos, y tanto amo esos rinconcitos de la Tierra donde anidan almas buenas y sencillas, que visito con frecuencia el nido encantador de tus buenos amigos y gozo con verles acariciar a su pequeñuelo formando risueños planes para el porvenir». ¿Qué importa el huracán del infortunio y que arrebate las tejas de estos humildes cobertizos, como sucedió en la morada que yo habitaba en la Tierra, que en breves segundos se quedaron a la intemperie los cinco seres que vivían a la apacible sombra de mi amor? Si aquellas horas de felicidad refrigeraron nuestros espíritus y dieron expansión a los más delicados sentimientos, reposando confiadamente los unos en el amor de los otros, preparándose para gozar mayores delicias en nuestras sucesivas encarnaciones».

«Que la crisis fue terrible es indudable; pero como todos se amaban, mis padres redoblaron sus caricias para que mis hijos no sintieran mi ausencia, mi esposa cuando recobró la razón concentró en sus hijos y en ellos, todas sus afecciones, y como la unión constituye la fuerza, dominaron a las adversas circunstancias y con acopio de privaciones y economías, han conseguido resistir el ímpetu de la miseria que llegó bruscamente a dejarles su herencia de lágrimas, y hoy sonríen con la esperanza de mejorar de suerte cuando mis hijos avancen en su carrera, que son espíritus amantes del progreso y sólo anhelan el bien de los suyos».

«Son espíritus egoístas los que prefieren la soledad, a sufrir las consecuencias que trae en pos de sí la creación de una familia. Cuando yo vuelva a la Tierra volveré a fabricar mi humilde nido, ¡Era yo tan feliz!… y aún lo soy contemplando mi hogar y hablando con mis ancianos padres, con mis amados hijos, y mi fiel esposa que sólo vive consagrada a mi recuerdo sonriéndose dulcemente cuando piensa que yo pudiera renacer en uno de sus nietos».

«¡Bendita sea la renovación eterna de la vida! Dichosos los que hemos sonreído en un hogar tranquilo y esperamos sonreír mañana en unión de los que hoy lloran nuestra ausencia». «Yo me conceptúo feliz, si bien esta felicidad está impregnada de indefinible melancolía, pero esta influencia terrenal se irá extinguiendo y seguirá avanzando en el interminable camino del progreso».

«Adiós Amalia; sigue pagando tus deudas que muchas debiste contraer cuando no te has podido formar un oasis en la Tierra, mas confía en ti mismo trabajo que él te dará mañana la inmensa gloria de ser amada como yo lo fui, Y lo soy en la actualidad».

Adiós Dulcísima influencia nos ha dejado la comunicación de este Espíritu, cuyas  aspiraciones están en armonía con nuestro modo de apreciar los verdaderos goces de la vida; pues creemos firmemente que todos los honores y tesoros que puede poseer el Espíritu, son humo leve que evapora el huracán de los siglos, si a ellos no está adherido un nido oculto a la mirada de los indiscretos, un verdadero oasis donde crezca alegre y confiado un pequeñuelo que diga con su misma impotencia: Amadme, protegedme, que sin amor yo no podré crecer ni vivir.

Todo a su tiempo da fruto sazonado, y el hombre sin hijos es un árbol muerto que sólo espera el hacha del leñador para caer. ¡Dichosos aquellos que pueden sonreír bajo la bendita sombra de un verdadero amor! ¡Ay, de los espíritus que no merecen hallar un oasis en la Tierra porque viven… sin vivir!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «La luz que nos guía»

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