La Europa moderna frente al Evangelio

emmanuel2Es innegable la importancia de la tarea de los europeos, impulsando el progreso de los otros continentes del planeta. Fue su grandiosa civilización, cuyos orígenes el cristianismo alimentó con la rica sustancialidad de sus ideales, que renovó las actividades científicas e industriales de los pueblos de Oriente, inaugurando, aun, en las tierras americanas, una vida nueva, no obstante, las atrocidades execrables practicadas por los conquistadores, para someter al elemento indígena.

Con excepción de las doctrinas filosóficas, que la Civilización Occidental no podría ofrecer, con una sustancia superior, a los pueblos orientales, de vez que la obra cristiana se encontró siempre deturpada desde su unión con las fuerzas políticas del Estado, fueron los europeos que instituyeron, con su imaginación creadora, un impulso nuevo de progreso para las fuentes de la cultura humana. Sus esfuerzos son inapreciables; sus actividades, grandiosas, en ese movimiento de inventar las comodidades de la Civilización y las utilidades de los pueblos. Sin embargo, espiritualmente, los pueblos europeos cometieron el error terrible de perturbar la evolución del cristianismo, asimilándolo, a las obsoletas concepciones de la mitología griega y las viejas tradiciones de imperialismo de los patricios de Roma, de cuyo confucionismo nació la doctrina de la simplicidad cristiana.

Dolores inevitables

Es ociosa cualquier referencia a la falsa posición de esa Iglesia, que se mantiene en el mundo actual al precio de la ignorancia de unos y del interés condenable de otros, viviendo la existencia transitoria de las organizaciones políticas.

Compete a los estudiosos solamente el análisis comparativo de los tiempos, intentando, con sus esfuerzos, operar la regeneración de las sociedades, procurando salvar de la destrucción todo lo que pueda beneficiar a los Espíritus en su aprendizaje sobre la faz de la Tierra. Sin embargo, a pesar de nuestras actividades unidas con las de todos los hombres de buena voluntad, que ahí representan los instrumentos sanos de la voluntad de lo Alto, en el sentido de preservar de la destrucción el patrimonio de conquistas útiles de la Humanidad, no es posible crearse un obstáculo a los grandes dolores que, inevitablemente tendrán de promover el movimiento expiatorio de los individuos y de las colectividades, donde las criaturas sumergirán el alma en el bautismo de purificación por el sufrimiento.

Ausencia de unidad Espiritual

Surgen todas las hipótesis con el objetivo de verificarse en Europa, eje de las actividades políticas del mundo, un gran movimiento de unificación y de paz, llegándose a la tentativa de un frente único europeo, para evitar la caída irremediable de la civilización de Occidente. Ese frente único es, pues, imposible. No existe allí la unidad espiritual necesaria para la consecución de ese grandioso proyecto. Apenas el cristianismo, si no fuesen los desvíos lamentables de la Iglesia Romana, podría ofrecer esa intangibilidad de fe a todos los espíritus. Pero, la obra cristiana allí se encuentra virtualmente degenerada. Y, en virtud de semejantes desequilibrios, todos los ideales anti fraternos fueron desarrollados en el Viejo

Mundo, intensificándose el régimen de separatividad entre las naciones. Cada país europeo procura aislarse de la comunidad continental y solamente el Pacto de Versalles y el instituto ginebrino representan, con su actuación, esa tregua de 18 años, después del conflicto de 1914, con todo, esos dos diques, que impedían los movimientos armados, sin, además, obstaculizarles la preparación, tiene sus influencias anuladas.

El Tratado de Versalles cayó con las deliberaciones positivas del nuevo Reich y la Liga de las Naciones comprendió la inaplicabilidad de su estatuto, en el momento decisivo de la campaña italiana en Abisínia.

La paz armada

Todos los pueblos entendieron bien esas profundas desilusiones. Se busca la paz en la carrera a los armamentos. Más de 100.000 hombres mecanizados están preparados en el Viejo Continente, solo para la ofensiva del aire.

Se busca a todo trance una solución para los problemas de la guerra. Una reforma visceral en los estatutos de la Sociedad de Ginebra es inútilmente sugerida. Se estudia la posibilidad de un acuerdo entre Francia e Italia, en el sentido de asegurar la paz continental, atendiendo a las necesidades de la región danubiana y equilibrando Alemania con el resto de Europa.

Se intenta la colaboración de todos los gabinetes. Los partidos inician la guerra de las ideologías. Pero Europa, en sus conflictos inquietantes, conoce perfectamente su condenación a la guerra.

Sociedades edificadas en el pillaje

La deducción dolorosa que se puede extraer de la situación actual es la de que esas sociedades fueron edificadas a la rebeldía del Evangelio, necesitando sus bases de más profundas transformaciones. Fundadas con el rotulo de cristianismo, ellas no lo conocieron.

La sombra del Dios antropomórfico que crearon para sus comodidades, invirtieron todas las lecciones del Salvador, en cuyo ideal de fraternidad y pureza aseguraron progresar y vivir.

Distanciadas, pues, como se encuentran, de una identidad perfecta con los estatutos evangélicos, las sociedades europeas sucumben bajo el peso de su opulencia miserable.
Sus fuentes de cultura se encuentran profundamente envenenadas con sus descubrimientos y ciencias, que son recursos macabros para la destrucción y para la muerte. No existe, allí, ninguna unidad espiritual, a la base del espíritu religioso, mantenedora del progreso colectivo.

¿Cómo podrá persistir de pie una civilización de esa naturaleza, si todos sus trabajos tienen como objetivo el exterminio de las más débiles, estableciendo el condenable criterio de la fuerza?

Occidente tendrá que conocer una vida nueva. Un soplo admirable de verdades ha de confundir sus errores seculares. Las sociedades edificadas en el pillaje han de purificarse, inaugurando su nuevo régimen a base de la unión fraterna de Jesús.

Esperemos, con confianza, la alborada luminosa que se aproxima, porque, después de las grandes sombras y de los grandes dolores que envolverán la faz de la Tierra, el Evangelio ha de crear, en el mundo entero, la verdadera cristiandad.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro “Emmanuel”
Traducido por Jacob

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