La india

delanneAun en nuestros días las tribus más salvajes creen en cierta inmortalidad del ser pensante, y los relatos de los viajeros están de acuerdo en probar que en todas las partes del globo la supervivencia es afirmada unánimemente. Remontándonos a los más antiguos testimonios que poseemos, es decir, hasta los tiempos del Rig Veda, vemos que los hombres que vivían al pie del Himalaya, en el Sapta Sindhou (país de los siete ríos), tenían intuiciones claras sobre el más allá de la muerte.

Basándose probablemente en las apariciones naturales y en las visiones de los sueños, los sacerdotes, después de muchos siglos, llegaron a codificar la vida futura. ¿Cuál sería esta existencia? Un poeta ario esboza vigorosamente el cielo védico: “Mora da definitiva de los dioses inmortales, asiento de la luz eterna, origen y base de todo lo que existe, morada de constante alegría, de placeres sin fin, donde los deseos se satisfacen desde que nacen, donde el ario fiel vive una eterna vida.”

Desde que el cielo védico fue convertido en morada divina habitable por el ser humano, la cuestión se encuentra planteada en saber cómo el hombre podría “elevarse tan alto”, y cómo, con facultades, restringidas sería “capaz de vivir una vida celeste sin fin”. ¿Es posible que el cuerpo humano, que tiende tan fuerte mente a la Tierra, tomando impulso, hecho ligero como una nube, atraviese el espacio para trasladarse, por sí mismo, a la maravillosa ciudad de los dioses? Sería precisa la realización de un milagro. Ahora bien, este milagro no se ha producido jamás visiblemente. ¿Será, pues, que la morada divina está aún sin huéspedes? ¿Sin prodigio, puede el cuerpo físico perder su propio peso? De este misterio, de este pensamiento vago, ha surgido, en cierto modo, la preocupación positiva de los destinos de la materia después de la muerte, de la supervivencia de una parte del ser.  He aquí la explicación más antigua que se conoce sobre este misterioso más allá.

El cuerpo humano, herido por la muerte, vuelve por entero a los diversos elementos que participaron en su formación. Los rayos de la mirada, materia luminosa, son adquiridos por el Sol; el soplo, prestado por los aires, vuelve a los aires; la sangre, savia universal, va a vivificar las plantas; los músculos y los huesos, reducidos a polvo, se convierten de nuevo en tierra. “El ojo vuelve al sol, el soplo a Vayou; el cielo y la tierra reciben cada uno lo que les es debido; las aguas y las plantas readquieren las partes del cuerpo humano que les pertenecían.” El cadáver del hombre es dispersado. Las materias que componían el cuerpo viviente, privadas del calor vital, vuelven al Gran Todo; servirán para formar otros cuerpos; nada se pierde, nada es tomado por el cielo. Y no obstante, el ario muerto santamente recibirá su recompensa; se elevará hacia las alturas inaccesibles; disfrutará de su glorificación.

¿Cómo es eso? Helo aquí: la piel no es más que la envoltura del cuerpo; y cuando Agni, el dios caliente, abandona al moribundo, respeta la envoltura corporal, piel y músculos. Las carnes bajo la piel, no son más que materias espesas, groseras, que constituyen una segunda envoltura, consagrada al trabajo, sujeta a funciones determinadas. Bajo esta doble envoltura de la piel y del cuerpo, está el hombre verdadero, el hombre puro, el hombre propiamente dicho, emanación divina susceptible de volver a los dioses, como la mirada del ojo vuelve al Sol, el soplo al aire, la carne a la tierra. Esta alma, después de la muerte, revestida de un nuevo cuerpo, luminoso, niebla resplandeciente de forma brillante, “cuyo propio brillo oculta a la débil vista de los vivos”, esta alma es transportada a la divina morada.

Si el dios ha estado satisfecho de las ofrendas del ario herido de muerte, viene por sí mismo a darle “la envoltura luminosa” en la cual el alma será transportada. Un himno expresa rápidamente el mismo pensamiento bajo la forma de una plegaria: “Desarrolla, oh Dios, tus esplendores, y da al muerto, así, el cuerpo nuevo en el cual el alma será transportada a tu antojo.”

Si se reflexiona que estos himnos estaban escritos hace ya 3500 años aproximadamente, en la lengua más rica y más armoniosa que haya existido jamás, no se puede calcular a qué lejanos períodos se remontan esas nociones, tan precisas y casi justas, sobre el alma y su envoltura.

Se requiere toda la ignorancia de nuestra época groseramente materialista para negar una verdad tan vieja como el pensamiento humano y que encontramos en todos los pueblos. Nuestras experiencias modernas sobre los espíritus que se hacen fotografiar o que se materializan temporalmente, como veremos más tarde, demuestran que el periespíritu es una realidad física tan innegable como el cuerpo material mismo. Ésta era ya la ciencia de los antiguos habitantes del valle del Nilo, y es un hecho bien notable que en la aurora de todas las civilizaciones se encuentran creencias fundamentalmente semejantes, cuando no existían, entre pueblos tan distantes, casi ningún medio de comunicación.

Gabriel Delanne

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