Una palabra amigable

suicidioÉl es un australiano de 82 años. Su instrumento de trabajo más valioso es un binocular.  Con eso y una conversación amigable, él ya ha logrado salvar de las garras del suicidio nada menos que a cuatro centenares de personas. Al realizar su salvamento número 401, fue entrevistado por la BBC Brasil, narrando su actividad. Agente de seguros de vida jubilado, hace cinco décadas monitorea, de forma voluntaria, el movimiento en el acantilado The Gap, cerca de su casa en las afueras de Sydney.

El promedio anual de suicidios en el acantilado es de cincuenta personas. Y Donald Ritchie, que ya recibió el apodo de ángel de la guarda, permanece atento. Básicamente, el trabajo es de observación. Siempre que ve a alguien por allí, muy pensativo, o cruzando las cuerdas puestas en el lugar, se acerca a la persona y le da conversación.

No es raro que le invite a un café en su casa. Es uno de sus métodos favoritos. Y con el café, ofrece una sonrisa, una palabra amable, una conversación amistosa. Como él mismo relata, a menudo logra que la persona cambie de idea. Por toda esa dedicación, Ritchie ha recibido muchas demostraciones de agradecimiento y afecto. En su puerta ya han dejado cartas, pinturas y otros obsequios. Por supuesto, él no logra tener éxito total, pero la contabilización de 401 personas salvadas gracias a su actuación, es un hito significativo.

A semejanza de ese australiano jubilado, muchos de nosotros podemos conceder beneficios sin ir demasiado lejos de nuestra propia casa, de nuestro barrio. A menudo idealizamos ser misioneros en tierras lejanas, en prestar servicios en esa o en aquella organización internacional. Y, sin embargo, justo al lado de nosotros, hay mucho que hacer. Muchas cuestiones requieren de nuestra acción.

Es bueno, por lo tanto, preguntarnos qué podemos hacer que todavía no ha sido hecho y tiene urgencia de ser realizado en nuestra cuadra, en nuestro barrio, en nuestra ciudad. No son pocos los ejemplos que tenemos. Estudiantes, amas de casa, profesionales diversos que se dedican en las horas que deberían ser de su ocio para servir al prójimo.

Jóvenes que buscan comunidades pobres para ofrecer clases de recuperación. O practicar deportes con los niños, sacándolos de las calles. Amas de casa que se organizan en equipos para atender a las personas del barrio, que enfrentan largas enfermedades, lejos de sus familias. O madres que trabajan fuera del hogar y tienen necesidad de quien les cuide a sus hijos durante algunas horas, al regreso de la escuela.

Un detalle aquí, otro allá. ¡Cuántas bendiciones!

Algunos salvan vidas, como Donald Ritchie. Otros podemos salvar personas del analfabetismo, convirtiéndonos en puentes entre el iletrado y la escuela. O sacar de la desesperación a un solitario que sólo espera que alguien se disponga a oírlo.

Pensemos en eso y dispongámonos a ofrecer nuestra palabra amigable, la mano amiga, la presencia activa.

Redacción del Momento Espírita, basado en el artículo Contra o suicídio, uma palavra amiga, del boletín Serviço Espírita de Informações, nr. 2182, de 15.06.2010, publicado por el Consejo Espírita Internacional.

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