Emma Livry, una joven de bien

richardA consecuencia de un accidente causado por el fuego, esta doncella falleció después de pasar por crueles sufrimientos. Alguien propuso solicitar su evocación en la Sociedad Espírita de París, cuando ella se presentó espontáneamente el 31 de julio de 1863, poco tiempo después de su muerte. Así presenta el Maestro Allan Kardec, en el libro El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina, la primera de dos manifestaciones de la joven Emma, después de su trágica muerte. En su sencillez, el primer mensaje es una narración de temas que merecen nuestra reflexión.

Heme aquí, pues, todavía en el teatro del mundo, yo, que me creía ahogada para siempre con mi velo de inocencia y juventud. El fuego de la Tierra me ha salvado del fuego del Infierno: así pensaba en mi fe católica, y si osase entrever el esplendor del Paraíso, mi alma trémula se refugiaría en la expiación del purgatorio, y pediría, sufriría y lloraría.

En el siglo XIX eran escasos los recursos para socorrer a los accidentados con el fuego, particularmente en casos graves, cuando buena extensión del cuerpo está dañada. Tampoco había analgésicos poderosos capaces de calmar los intensos dolores. Solo le restaba al paciente la oración, tal y como lo hizo Emma. Sintiendo que la muerte se aproximaba, admitía, en la simplicidad de su creencia, no ser digna del Paraíso inmediato. No obstante, se apegaba a la idea de merecer rescatar en el purgatorio. Pero, ¿quién dio a mi debilidad la fuerza para soportar mis angustias? ¿Quién en las largas noches de insomnio y de fiebre dolorosa, se inclinaba sobre mi lecho de mártir? ¿Quién refrescaba mis labios secos? Erais vos, mi ángel guardián, cuya blanca aureola me rodeaba; erais vosotros también mis queridos Espíritus, que veníais a musitar a mis oídos palabras de esperanza y de amor.

Con el debilitamiento físico, se aflojaron los lazos que prenden al Espíritu, abriéndose así la visión espiritual. Fue eso lo que aconteció con Emma. Pasó a percibir la presencia de su mentor y de otros amigos espirituales, que atenuaban sus dolores y calmaban sus inquietudes. Eso ocurre con frecuencia con las personas de edad avanzada. Los médicos, apoyándose en convicciones materialistas, proclaman que se trata de una simple alucinación de la mente debilitada, lo que les impide percibir la belleza del fenómeno, marcado por la acción de los Espíritus que están preparando al enfermo para la gran transición.

Hace algunos años visité, a solicitud de su familia, a una señora de ochenta y cinco años que estaba viviendo ese fenómeno. Para ella la familia se constituía en motivo de perplejidad y miedo, pues según su concepción religiosa las almas de los muertos duermen hasta el supuesto juicio final. ¿No sería que el demonio los estaba engañando? ¡Bendita sea la Doctrina Espírita, cuyos esclarecimientos permiten que cosechemos en abundancia los beneficios de esa presencia bienhechora!

La llama que consumía mi débil cuerpo también me despojó de sus cadenas, y así, he muerto viviendo ya la verdadera vida. No conocí la turbación y entré serena y acogida en ese día radiante que envuelve a los que, después de haber sufrido mucho, supieron esperar un poco. Cuanto más apegado a la materia es el individuo, ignorando su condición de Espíritu inmortal en tránsito por la Tierra, más difícil es su retorno, en largos períodos de sufrimiento en las regiones umbralinas, que los hermanos católicos denominan purgatorio. Un umbral o purgatorio no es una penitenciaría, con determinada pena a cumplir. El Espíritu permanece en él hasta que volviendo en sí, según la expresión de la Parábola del Hijo Pródigo, presentada por Jesús, reconozca la extensión de sus compromisos con las Leyes Divinas, como el hijo que se dispone a retornar a la casa paterna. Un amigo confesaba:

–No me siento preparado para asumir las realidades espirituales, porque aún estoy muy comprometido con las ilusiones de la Tierra. No obstante, cuando me vea en el umbral, enseguida me arrodillaré y golpeándome en el pecho con el puño, diré: ¡Mea máxima culpa!

Si el querido lector piensa así, olvídelo. No sirven los golpes de pecho, es preciso que el arrepentimiento venga del pecho, de las profundidades del alma, lo que puede llevar por ahí un tiempo, algunas décadas, o más…

Basta observar en la obra de André Luiz la cantidad de Espíritus que imploran ayuda a los trabajadores del bien, en tránsito por aquellos parajes desolados. No obstante, pocos son atendidos, pues aún no volvieron en sí. Dice Jesús en Mateo, 5:25 y 26:

Reconcíliate pronto con tu adversario, mientras estás con él en el camino, para que el adversario no te entregue al juez, y el juez al oficial de justicia, y seas echado en la cárcel. En verdad te digo que de ninguna manera saldrás de allí mientras no pagues el último centavo.

Parafraseando al Maestro, digo que ¡debemos reconciliarnos con nuestra propia conciencia, cultivando la reflexión, reconociendo y combatiendo nuestras flaquezas, mientras estamos en este camino con ella, pues de lo contrario el umbral nos estará esperando! Además, el hecho de tener conciencia de lo que nos espera y aun así, alimentados la fantasía de que un simple “mea maxima culpa” va a librarnos de las sombras umbralinas, no nos apartará del viaje obligatorio hacia el más allá. Es siempre oportuno recordar con Jesús, que mucho será pedido a quien mucho recibió. Nosotros los espíritas estaremos siempre en deuda con la Justicia Divina, en ese particular, ya que ninguna otra religión informa tan ampliamente sobre este asunto.

Emma, como se deduce por el propio tenor de la comunicación, fue una joven no comprometida con los engaños de la Tierra. Eso, pero los sufrimientos a los que se enfrentó con resignación, cultivando la oración y la esperanza, le facultaron un retorno tranquilo, sin mayores perturbaciones a la patria espiritual. Mi madre, mi querida madre fue la última vibración terrestre que me repercutió en el alma. ¡Cómo deseo que ella se vuelva espírita! Imagino cuanto sufrió su madre, acompañando su vía crucis, y cuánto habrá orado por su muy amada hija. Desligándose de los lazos físicos, Emma pudo sentir la vibración cariñosa de su progenitora, el último aliento que adormeció su alma.

Ninguna oración es más poderosa que la inspirada por el amor. Ningún amor es más legítimo e intenso que el amor maternal. Me he desprendido de la Tierra como un fruto maduro que cayó del árbol antes del tiempo. Yo no había sido tocada por el demonio del orgullo que estimula a las almas desdichadas, arrastradas por los éxitos embriagadores y brillantes de la juventud.

La juventud es un período para que el Espíritu encarnado despierte, agitándose en su íntimo los compromisos asumidos en la Espiritualidad, en forma de impulsos e ideas, a favor de su progreso y bienestar. Es también un período peligroso, en que ciertas tendencias del pasado, no superadas, afloran, y si no fueren combatidas con empeño, pueden comprometer su existencia, principalmente, cuando obtienen las facilidades provenientes del éxito de sus empresas.

Para su felicidad, Emma no se dejó envolver por tales tentaciones, revelando madurez y humildad. Así pues, bendigo el fuego, el sufrimiento, la prueba, que era una expiación. Semejante a esos blancos y leves hilos del otoño, fluctúo en un torrente luminoso, y no son estrellas de diamante las que brillan en mi frente, sino las divinas estrellas del buen Dios. Con la comprensión de la vida espiritual, Emma reconoce que la dolorosa  experiencia por la cual pasó, fue una expiación relacionada con sus vidas pasadas.

No concibo el ojo por ojo, y diente por diente, de la legislación mosaica. ¡Mató por el fuego, por el fuego morirá!

El mal practicado provoca desajustes en el periespíritu, que se reflejan en el cuerpo físico, al igual que las válvulas de desagüe de las responsabilidades espirituales pendientes. Una grave enfermedad de la piel, con extensos y dolorosos sufrimientos, sería la consecuencia del compromiso de alguien que usó el fuego para dañar al prójimo.

No obstante, el Espíritu puede, por su elección, enfrentarse a situaciones semejantes a las que impuso a su víctima, como una cobranza de su propia conciencia. Por todo lo que pasó y como lo pasó, en su breve existencia, Emma puede ser considerada como una joven de bien, que enfrentó las consecuencias de su pasado con dignidad, conquistando las divinas estrellas del buen Dios.

Richard Simonetti

Anuario Espirita 2016

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