Herencia genética y herencia espiritual

Juan_Miguel_FernándezEl hombre y la mujer de la actualidad, después de los grandes e inimaginables vuelos del conocimiento y de la tecnología, se debaten sorprendidos en las aguas turbias de la inquietud y del sufrimiento, constatando que los milenios de cultura y de civilización que les ampliaron los horizontes del entendimiento, no les han solucionado los grandes desafíos de la emoción. Existe un desfase inmenso entre el homo tecnológico y el ser espiritual, que se presenta desprovisto de recursos para los grandes enfrentamientos propuestos por los mecanismos de sus propias construcciones. Por más que la mente humana indague con respecto a la vida, en el momento actual y coyuntural del conocimiento, y a pesar de ser innegablemente extenso, se muestra muy difícil encontrar las respuestas adecuadas que permitan al ser retener todo su sentido y significado. Reduciéndola a casualidades absurdas, destituida de cualquier lógica, algunos investigadores simplificaron la vida, eliminando así las mayores preocupaciones en torno a su magnitud. Otros la establecieron sobre contenidos mitológicos de fácil adaptación, gracias a los componentes de lo sobrenatural, de lo maravilloso.

El milagro de la vida es mucho más complejo y por eso mismo, su punto de partida solamente puede ser encontrado en el Creador que la elaboró y la viene conduciendo a través de millones de años, produciendo en su estructura las indispensables adaptaciones, desdoblamientos, variaciones… Detectamos que lo que en sí misma hace a la vida humana, es su génesis en el Psiquismo Divino, que la concibió y la inspiró, proporcionándole la energía de que se nutre, que la impulsa al crecimiento por medio de las múltiples reencarnaciones del Espíritu inmortal, denominado también, principio inteligente del Universo. Delante de nuestros ojos espirituales, desde nuestro psiquismo espiritual, los fantasmas de las civilizaciones muertas pasan como si permaneciésemos ante una pantalla maravillosa. Las almas mudan su indumentaria carnal en el curso incesante de los siglos. En las primeras organizaciones del hombre se construye el edificio milenario de la evolución humana, con sus lágrimas y sufrimientos. Y hasta nuestros oídos llegan los ecos dolorosos de sus aflicciones.

El tiempo, como patrimonio divino del espíritu, renueva las inquietudes y angustias, en el sentido de aclarar el camino de las experiencias humanas. Los artífices de la Creación, inauguraron periodos evolutivos creando el plan de las formas. La naturaleza se tornó entonces en un gran taller de ensayos, y los trabajadores espirituales, como los alquimistas que estudian la combinación de las substancias, tras extensas y dilatadas observaciones, analizaron la composición prodigiosa de los complejos celulares. La máquina celular fue perfeccionada en el límite de lo posible, ajustándose a las leyes físicas del globo. Los tipos adecuados a la Tierra fueron consumados en todos los reinos de la Naturaleza. El reino animal experimentó también las más extrañas transiciones, bajo la influencia del medio y en vista de los imperativos de la ley de selección.

¿Cómo podría operarse semejante transición? Preguntará nuestro criterio científico. De forma natural. También los niños tienen los defectos de la infancia corregidos por los padres, que los preparan en esa fase de la vida, sin que se acuerden ellos en la mayoría de las veces. Si las observaciones del naturalista Gregorio Mendel fuesen transferidas a aquellos milenios distantes, no se encontraría ninguna ecuación definitiva en sus estudios de biología. La moderna genética no podría fijar, como hoy, las expresiones de los “genes”, por cuanto, en el laboratorio de las fuerzas invisibles, las células aun sufrían largos procesos de acrisolamiento, imprimiéndoseles elementos del astral, consolidándoseles las expresiones definitivas, con vista a las organizaciones del futuro.

Si el génesis del planeta se procesó con la cooperación de los milenios, el génesis de las razas humanas requería la contribución del tiempo, hasta que se abandonase la penosa y larga tarea de la fijación. En esa vastedad del proscenio de la evolución anímica, encontramos los primeros antepasados de la criatura humana, sufriendo los procesos del perfeccionamiento de la Naturaleza en el Periodo Terciario. En el Plioceno inferior, esos antropoides de las cavernas, antepasados de los hombres terrestres, se separaron en grupos por la superficie del globo, y tuvieron su evolución en el lento curso de los siglos, sufriendo las influencias del medio. Las entidades espirituales auxiliaron al hombre del sílex, sometiéndole a extraordinarias experiencias, e imprimiéndole nuevas expresiones biológicas.

Han transcurrido desde entonces millones de años, y las investigaciones de la Ciencia sobre el tipo de Neanderthal, reconociendo en él una especie de hombre bestializado y otros descubrimientos interesantes de la Paleontología, en cuanto al hombre fósil, son un atestado de los experimentos biológicos efectuados por los delegados espirituales, hasta que fijaron en el “primate” las características aproximadas del hombre del futuro, surgiendo los primeros salvajes de complexión mejorada, portando la elegancia de los tiempos venideros. El puzzle de la evolución humana no está ni mucho menos resuelto por la ciencia, ya que con cierta regularidad van apareciendo las piezas que faltan para completar la historia que conduce hasta la única especie humana que puebla la Tierra en la actualidad, el Homo Sapiens. El organismo del ser humano, considerado como una máquina casi perfecta de la naturaleza, consta de 20.000 a 25.000 genes, los cuales están situados y dispuestos linealmente en los cromosomas, siendo la unidad de almacenamiento de información genética y de herencia, pues la transmite a la descendencia. Sus características de forma, función y comportamiento se transfieren de generación en generación.

El ser humano estableció como necesidades propias de la vida aquellas que corresponden a los fenómenos fisiológicos, con toda su gama de imposiciones: alimentación, habitación, abrigo, seguridad, reproducción, bienestar, posición social. Podremos denominar esas necesidades como inmediatas o inferiores, bajo el punto de vista psicológico y ético-estético. Toda herencia antropológica se sitúa en los automatismos básicos de la sobrevivencia en el cuerpo, en la lucha con las demás especies, en la previsión mediante el almacenamiento de productos que le garanticen la continuidad de la vida, en la procreación y defensa de los hijos, de la propiedad. Para que pudiese seguir con garantía, se volvió guerrero y desconfiado, desarrollando el instinto de conservación, desde depurar el olfato hasta la percepción intuitiva del peligro. Sabemos que cada organismo tiene por lo menos dos formas de cada gen, llamadas alelos. Se recibe uno por el lado materno, vía óvulo, y el otro por el lado paterno, vía espermatozoide, pudiendo tener la misma información o distinta. Al unirse, los genes constituyen el par necesario para la formación de las características hereditarias, siendo los responsables del nuevo ser. Sin conocer la estructura del código genético, el monje agustino y naturalista austriaco Gregorio Mendel, citado anteriormente, describió el comportamiento de los alelos, analizando los cruzamientos.

Hacia 1950, se impuso el concepto de gen como la cadena de ADN que dirige la síntesis de una proteína. Éste es un concepto que proporciona una naturaleza molecular o estructural al gen. El gen (A.D.N.) puede ser considerado la región por intermedio de la cual la energía vital alcanza la materia, influenciando en el mecanismo de la herencia y comando celular. La reproducción de ADN se hace con extrema certeza, sin embargo los errores, llamados mutaciones, ocurren. La secuela del daño en el ADN incluye mutaciones genéticas. Pensamos que los genes son elementos energéticos diferenciados, donde se establece el puente natural de intercambio con las energías espirituales. Las informaciones y orientaciones venidas de las capas profundas y desconocidas de la Energética Espiritual, pasarían, inicialmente, a las capas del periespíritu (cuerpo espiritual). De las capas periespirituales penetrarían en la energía vital del núcleo de las células alcanzando los genes en los cromosomas. De máxima importancia en el complejo humano, el periespíritu se encarga de plasmar en el cuerpo físico las necesidades morales evolutivas, a través de los genes y cromosomas, puesto que siendo indestructible, se hace etéreo y se purifica durante los elevados procesos reencarnatorios. Se puede decir que él es el esbozo, el modelo, la forma en que se desarrolla el cuerpo físico. Es en su intimidad energética donde se aglutinan y se modelan los órganos, proporcionándoles el funcionamiento. En él se expresan las manifestaciones de la vida, durante el cuerpo físico. Es el conductor de la energía que establece la duración de la vida física, siendo responsable de la memoria de las existencias pasadas, que las archiva en las telas sutiles del inconsciente actual, proporcionando reflejos o recuerdos esporádicos de las existencias vividas.

Los determinantes biológicos, consecuentes de los mecanismos kármicos, son los responsables del equilibrio o desarmonía en el binomio salud-enfermedad, en razón de las necesidades de evolución impuestas por el periespíritu, encargado de almacenar las conquistas evolutivas, que se originan en las acciones del Espíritu sobre la materia en el transcurso de las experiencias pasadas. El periespíritu modela el organismo físico de que el Espíritu tiene necesidad y lo equipa con los neurotransmisores cerebrales capaces de reflejar los fenómenos rescates indispensables para el equilibro. De esa forma, cada ser en desarrollo en la Tierra posee el cuerpo que le es necesario para la evolución, respetando un orden biológico acorde con su naturaleza. Desde el momento en que el espermatozoide dispara en la “trompa de Falopio” en la ansiada búsqueda del óvulo, los automatismos periespirituales, a semejanza de los biológicos, dan inicio al modelado del envoltorio del que se valdrá el Espíritu para los futuros emprendimientos propuestos por la reencarnación.

Pese a ser heredero el hombre de los caracteres de la raza –apariencia, morfología, cabellos, ojos, etc.– los valores psicológicos, intelecto-morales, no son transmisibles por los genes y cromosomas, puesto que son atributos de la individualidad eterna, que transfiere de una existencia corporal a otra la recopilación de sus conquistas saludables o perturbadoras. Desde que el hombre es espíritu y éste energía, sus heridas permanecen impregnadas, produciendo las úlceras alucinantes donde quiera que se encuentre, en el cuerpo o fuera de él. Las dolencias orgánicas se instalan en él como consecuencia de las necesidades kármicas que le son inherentes, convocando al ser a reflexiones y reformulaciones morales propiciatorias del reequilibrio.

La salud de la criatura humana procede del ser eterno, viene de las experiencias adquiridas en vidas anteriores, conforme ocurre con las enfermedades kármicas, sin embargo, dependiendo de la consciencia, del comportamiento, de la personalidad y de la identificación del ser con lo que le agrada y con aquello a que se apega en la actualidad, existen factores esenciales que componen el cuadro del bienestar: equilibro mental, armonía orgánica y adecuación socio-económica. Entonces se tratará del desarrollo de su personalidad y de su organismo, de su profunda y verdadera naturaleza.

Juan Miguel Fernández

Revista Espirita FEE

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