Morir en la infancia

rosas_negrasCuando la muerte arrebata a los padres a aquellos seres que se encuentran en plena infancia surgen, inevitablemente, una serie de preguntas y de dudas angustiosas, martilleando la mente, llevando, a veces, a los familiares, a modificar sus conceptos sobre la vida y la muerte, tratando de comprender los designios divinos, o bien, rebelarse ante ellos, en un proceso particular e individual que forma parte de cada uno.

Las preguntas, las dudas, las inquietudes, son muchas… mas las respuestas, el esclarecimiento y la serenidad, en líneas generales, sólo vendrán con el paso del tiempo. Para poder llegar a alguna explicación que despeje incógnitas e incertidumbres y, por lo menos, aporte algo de luz, de consuelo y de esperanza, la búsqueda de estas respuestas tiene que abarcar, necesariamente, la visión espiritual sobre la vida y la muerte, contemplando al niño como lo que realmente es: un Espíritu inmortal, ocupando temporalmente un cuerpecito físico de niño, con toda una trayectoria y todo un bagaje acumulado, alternando experiencias como encarnado y desencarnado, con las adquisiciones y con las necesidades de cada tiempo.

Los motivos para las desencarnaciones infantiles pueden variar. Mas, si verdaderamente creemos en un Dios Justo, Misericordioso y lleno de Sabiduría, que ama por encima de todo a sus criaturas, hemos de aceptar que alguna razón justa y sabia existe, aunque pueda escapar a nuestra comprensión más inmediata.

En El Libro de los Espíritus, ítem nº 199, se plantea directamente la pregunta de «¿Por qué se interrumpe, con frecuencia, la vida en la infancia?», encontrándonos con la siguiente respuesta por parte de la Espiritualidad Amiga: «La duración de la vida de un niño puede ser para el Espíritu que está encarnado el complemento de una existencia interrumpida antes del tiempo marcado, y su muerte es, con frecuencia, una prueba o una expiación para los padres».

En cuanto al Espíritu del niño, se trata, en muchas ocasiones, de entidades que en una existencia anterior recurrieron al suicidio para huir de la vida, y que ahora se enfrentan a una experiencia física corta, que se presenta como una solución de emergencia para que aquel periodo sea estabilizado dentro del equilibrio. Y, en cuanto a los padres, que quedan con el corazón dilacerado ante la muerte del niño, muchas veces están igualmente comprometidos con la Ley de Causa y Efecto, por variados motivos, debiendo pasar por estas situaciones, que les harán reflexionar acerca del propósito mayor de la vida. Por otro lado, existen casos donde el niño que muere en la infancia es un Espíritu ya de cierta elevación, que ha reencarnado voluntariamente para vivir pocos años en la carne. Y lo hace por amor, atendiendo a servicios de auxilio y sublimación muy concretos, para traer enseñanzas y la oportunidad de ascensión y de renovación a varias personas de su entorno. Y también se producen muertes en la infancia debido a accidentes materiales muy propios de la organización humana y de las condiciones precarias de la vida planetaria, sujeta a imprevisiones, a mudanzas y a comportamientos negligentes e irresponsables de personas que pueden comprometer la seguridad y estabilidad de los más pequeños e indefensos.

¿Qué ocurre, entonces, sea cual fuera la circunstancia, con el Espíritu de ese niño fallecido en la etapa infantil?. La respuesta que nos ofrece la Espiritualidad amiga es clara, simple y concreta, porque la reencarnación es un agente de progreso, es una ley natural y divina: «Vuelve a empezar una nueva existencia» (El Libro de los Espíritus 199-b) Pero ¿qué sucede en ese intervalo de tiempo desde que se produce la muerte infantil y ese Espíritu vuelve a reencarnar? Los niños que mueren son asistidos en instituciones apropiadas por equipos de Espíritus especializados, que los auxiliarán en las dificultades propias y las necesidades que presente cada uno de ellos, buscando el objetivo de que la criatura, gradualmente, se vaya adaptando a su nueva realidad. Y ello es perfectamente lógico que sea así, pues si aquí en la Tierra los niños están protegidos y amparados por las imperfectas Leyes humanas ¿qué no ha de hacer Dios Padre Creador, que es todo Amor, para protegerlos en los planos espirituales?.

Podemos abrir tres grandes posibilidades para la situación del niño en la Espiritualidad, dependiendo todo ello, básicamente, de su bagaje moral e intelectual adquirido antes de la precedente reencarnación y de su situación particular e individual:

1) Reencarnar poco tiempo después del fallecimiento: Si el Espíritu, siempre de acuerdo a sus necesidades evolutivas, va a tener que reencarnar poco tiempo después del fallecimiento, es beneficioso que conserve la forma infantil de su periespíritu durante “el período de espera en el más allá”, junto con todas las condiciones del ambiente humano, para facilitar el proceso de la nueva ligación a la materia.

2) El Espíritu asume en breve plazo de tiempo la forma y facultades de adulto que tenía antes de reencarnar, lo que se dará si se trata de una entidad espiritual evolucionada.

3) El Espíritu continúa siendo un niño en el plano espiritual, manteniendo la misma edad que tenía al morir, con los mismos condicionamientos mentales y con los mismos rasgos de ese instante, donde seguirá con su desarrollo de manera semejante a como sucede en la Tierra.

En líneas generales, en nuestro mediocre estado de evolución, esta tercera opción es la más habitual. Esos parques o instituciones espirituales acogen a niños de diferentes edades, en grupos afines según la situación particular e individual, dividiéndose en diversas escuelas o secciones, de acuerdo con las aptitudes y tendencias que caracteriza a cada uno de estos pequeños. La enseñanza va orientada no solamente a la formación intelectual propiamente dicha, sino procurando, sobretodo, despertar las ideas más elevadas, con aulas especiales enfocadas a la renovación y esclarecimiento espiritual, adaptado, siempre, a la comprensión de cada criatura.

Estos pequeños dispondrán, también, de tiempo y espacios para las artes, juegos y deportes, porque los niños siguen siendo niños en la espiritualidad, con todas las características, necesidades y consecuencias que ello pueda suponer, siendo necesario el recreo para su adaptación a la nueva realidad. El Espíritu que ha desencarnado en la etapa infantil, en ese corto periodo de tiempo que ha vivido, muy poco ha podido avanzar en relación a sus aprendizajes y conquistas. Por tanto, su situación será la que ya merecía por todo su historial anterior, debiendo enfrentarse a sus errores y compromisos adquiridos cuando alcance las condiciones adecuadas.

El tiempo de permanencia en esas instituciones espirituales dependerá de cada caso: unos quedan por más tiempo, otros marchan antes y, por diversos motivos, reencarnan más pronto, reencarnan más tarde o van hacia otros lugares más apropiados, según las necesidades individuales de cada uno de ellos. Sea como fuere, no dudemos ni un sólo instante de que los pequeños que desencarnan van a estar en las mejores manos. Sin embargo, a pesar de ello, será inevitable que la añoranza, la nostalgia y el recuerdo formen parte tanto de los padres que han quedado desconsolados en la esfera física, como del niño desencarnado en la espiritualidad. Sin embargo, la muerte no destruye los lazos afectivos, al contrario, brinda nuevas y sorprendentes oportunidades para que esa nostalgia sea mitigada y la esperanza logre anidar en el corazón de todos los afectados, produciéndose, en este sentido, encuentros durante las horas del sueño físico, donde los padres pueden visitar a sus hijos en esas instituciones de la espiritualidad, despertando, a la mañana siguiente, con un recuerdo vago, mas lo suficiente y justo para sentirse reconfortados y convencidos de que su hijo está vivo y bien, siendo semejante certeza un dulce alimento para su corazón.

Encuentros entre padres e hijos que se repiten pudiendo, también, los propios niños desencarnados, cuando estuvieran preparados para ello, visitar a sus familiares en el hogar terrestre, acompañándolos en los momentos importantes, envolviéndolos con su amor y cariño.

Generalmente, el mayor obstáculo para la recuperación y estabilidad de esos niños desencarnados es la reacción de los familiares que quedan en el plano físico, al no saber aceptar su marcha, causándoles aflicciones y desajustes con sus lamentaciones exageradas y desesperación incontrolada. Existen muchos mensajes de niños fallecidos, repitiéndose en ellos el mismo pedido de auxilio hacia los familiares encarnados: que no sufran, ya que su dolor les alcanza de forma muy penosa, especialmente en los primeros tiempos de la vida espiritual, en la que el niño permanece muy ligado psíquicamente a su familia terrenal, queriendo ir al encuentro de sus familiares, sin poder ir…

La Doctrina Espírita ofrece a la humanidad los más fecundos testimonios de aquellos Espíritus que han desencarnado, muchos de ellos en plena infancia corporal, desvelando la realidad de la Vida inmortal, que prosigue, triunfante, más allá de la tumba. En estas comunicaciones mediúmnicas, aquellos que fueron niños y que como niños retornan al Plano Espiritual, nos descubren las emociones que experimentan después de la muerte de su cuerpo físico, narrando sus impresiones y su proceso de adaptación a la nueva vida, su desarrollo y la relación con familiares que reencuentran en el plano espiritual después de la experiencia terrena… y la relación con los familiares que quedaron en ella. Una enseñanza, entre otras muchas, se extrae de todas estas comunicaciones: la certeza de que la vida continúa en toda su extensión y grandeza; que la tumba, simplemente, es la puerta de entrada para la Vida Mayor, que es la vida del Espíritu, donde el amor nos continúa uniendo a todos.

En el último capítulo del libro Mensaje de un pequeño muerto, (Espíritu Neio Lucio, psicografía Chico Xavier), Carlos, desencarnado a los 14 años de edad, se despide de su hermano de la siguiente manera: «Estoy seguro de que un día nos reuniremos, de nuevo, en el Grande y Bendecido Hogar, sin lágrimas y sin muerte. Hasta entonces, conservemos por encima de todos los dolores e incertezas, nuestra fe viva en Dios y nuestra suprema esperanza en el destino».

El recuerdo de ese hijo que “se fue” nunca saldrá de la mente y corazón de los padres. Mas no hay que dejar que ese dolor y nostalgia desestructuren emocionalmente y se convierta en sufrimiento, perjudicando, con tal actitud, a uno mismo y, especialmente, a estos pequeños en el plano espiritual. Padres, recordad a vuestros hijos en una oración continua, llena de acordes de esa esperanza de la que tanto nos hablan los propios niños en sus mensajes, esperanza que engrandece al ser humano, para que allá donde ellos se encuentren puedan sentir todo vuestro inmenso amor, con la certeza más absoluta de que un día se producirá el reencuentro entre padres e hijos, reencuentro que, sin duda, será sublime y sumamente compensador de tanto dolor.

Alfredo Tabueña

Revista Espirita FEE

2 comentarios sobre “Morir en la infancia

  1. Responder
    Sofia - 8 octubre, 2017

    Hola yo perdi mi niña de solo 15 años , mi hija mayor el año pasado , antes de su partida me entere que estaba embarazada , cuando ella fallecio yo estaba a un dia de cumplir 2 meses de embarazo , yo no tenia planes de ser madre otra vez pues ya tenia dos hijas y estaba dedicada a que mi niña sanara de su enfermedad , no habia lugar para un bebe , sin embargo el Universo dijo otra cosa y me embarace a mis 42 años , mi bebe nos dio fuerza para seguir adelante a todos en general fue el motor que levantava todas las mañanas y me ayudo a ver que nada termina y que como el gusano se envuelve en su capuyo para convertirse en mariposa todo se transforma y nada termina , mi bebe nacio completamente sana no reemplaza a otra hija , pero me trajo el mensaje que hay que seguir y que su alma esta siempre conmigo , ahora si me nace la duda y lo dejo como pregunta , puede ser mi hija que volvio a encarnar en esta bebe que por cierto es niña y tiene mucho parecido con mi hija fallecida , ojala me puedan contestar muchas gracias.

    1. Responder
      admin - 8 octubre, 2017

      Querida amiga, te acompañamos en tu dolor, y te acompañamos en tu nueva alegría. Es cierto que tu hija, ahora nacida, no puede substituir a tu hija fallecida, pero tenemos que confiar en Dios, y saber que ahora esa niña recién nacida, es ahora una hija que necesita mucho de ti, de tu amor, de tu ternura, de una madre.

      Lo importante es que después de pasar por algo tan doloroso de perder a un ser querido es saber que tienes a alguien que necesita de ti mucho, no tiene mucha importancia, en verdad, saber si es tu hija fallecida la actual hija que tienes ahora, lo importante es que tienes a un espíritu que necesita de ti.

      Es posible que no lo sea, o tal vez si, pero lo que es seguro es que ahora tienes a esa niña que necesita de ti. Recuerda siempre con amor a tu hija que se fue, y dale las gracias por los buenos momentos que compartió contigo, ayuda a este nuevo espíritu que tienes como hija para que con el tiempo también ella te de las gracias por la buena madre que fuiste.

      Un abrazo y que Dios te bendiga.

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