La idea de la inmortalidad

emmanuelEn vano los corifeos del ateísmo propagaron sus amargas teorías, cuyo objetivo es el aniquilamiento de la idea de la inmortalidad entre los hombres; en balde la enseñanza de nuevos sistemas de educación, dentro de las innovaciones de los códigos políticos, intentará sofocarla, porque todas las criaturas nacen en la Tierra con ella grabada en los corazones, inclusive los pretendidos incrédulos, cuya mentalidad, no consiguiendo solucionar los problemas complejos de la vida, se revelan, maldiciendo contra la sabiduría suprema, como si sus gritos blasfematorios pudiesen oscurecer la luz del amor divino, deteniendo los sublimes manantiales de la vida.

Puede la política obstaculizar su manifestación, anteponiéndole fuerzas represoras: la idea de la inmortalidad vivirá siempre en las almas, como la aspiración latente de lo Bello y de lo Perfecto.

Encima del poder temporal de los gobernantes y de la moral dudosa de los predicadores de las religiones, ella continuamente proseguirá dulcificando los corazones y exaltando las esperanzas, porque significa en si misma el luminoso patrimonio del alma encarnada, como recuerdo perpetuo de su vida en el Más Allá, simbolizando el lazo indestructible que une la existencia terrena a la Vida Eterna, vislumbrada, así, por su memoria temporalmente adormecida.

La idea de Dios

Desde los comienzos de la Civilización la idea de la inmortalidad es congénita en el hombre. Todas las concepciones religiosas de la más remota antigüedad, si bien que embrionarias y groseras en sus exteriorizaciones, en ella demuestran esa idea.

Entre las razas bárbaras abundaron las ideas terroristas de un Dios, cuya cólera destructora se ablandaría a costa de los sacrificios humanos y de los holocaustos de sangre, y, por todas partes, donde hombres primitivos dejaron los vestigios de su pasaje, se ve la señal de una divinidad a cuya providencia y sabiduría las criaturas entregaban con confianza sus destinos.

La conciencia

En la historia de todos los pueblos, se observa la tendencia religiosa de la Humanidad; es que, en toda personalidad existe una chispa divina – la conciencia, que tiene su estereotipo en cada espíritu la grandeza y la sublimidad de su origen; en el embrión, al principio rudo en sus menores manifestaciones, la conciencia se va despojando de los velos de la imperfección y bruteza que lo rodea, debajo de muchas vidas de su ciclo evolutivo, en diferentes círculos de existencia, hasta que alcance la plenitud del perfeccionamiento psíquico y el conocimiento integral de su propio “yo”, que, entonces, se unirá al centro creador del Universo, en el cual se encuentran todas las causas reunidas y de donde irradiará su poema eterno de sabiduría y amor.

Es la conciencia, centella de luz divina, que hace nacer en cada individualidad la idea de la verdad, relativamente a los problemas espirituales, haciéndole sentir la realidad positiva de la vida inmortal, atributo de todos los seres de la creación.

El antropomorfismo

En los primeros tiempos, como en la actualidad, el hombre tuvo una concepción antropomórfica de Dios.
En los periodos primeros de la Civilización, como preponderaban las leyes de la fuerza bruta y la Humanidad era una aglomeración de seres que nacían de la brutalidad y de la aspereza, que solo conocían los instintos en sus manifestaciones, la adoración a los seres invisibles que personificaban a sus dioses, era hecha de sacrificios inadmisibles en vuestra época.

Actualmente, en vuestro tiempo de egoísmo utilitario, Dios es considerado como un poderoso magnate, a quien se puede sobornar con adulación y promesa, en el seno de muchas doctrinas religiosas.

El culto a los muertos

Dentro, sin embargo, de casi todas las ideas de esa naturaleza, en el seno de las razas primigenias en sus remotísimos agrupamientos, el culto a los muertos alcanza proporciones espantosas.

Múltiples eran las tribus que se entregaban a las invocaciones a los muertos, por medio de encantamientos y de ceremonias de magia. Los excesivos homenajes a los muertos, en el seno de la civilización de los egipcios, constituyen, hasta vuestros días, objeto de estudios especiales.

Toda la vida oriental está unida en los misterios de la muerte y, en Occidente, se puede ver, entre las razas primitivas, la del pueblo celta como la depositaria de tradiciones remotas, al respecto de la espiritualidad.

La evolución de los sistemas religiosos

La idea de la inmortalidad es latente en todas las almas y es el sustrato de todas las religiones antiguas y modernas.
Los sistemas religiosos, en cada periodo de progreso humano, se renuevan en la fuente de verdad relativa que brota de lo Alto, compatible con la época.

En los tiempos modernos, las ideas nuevas, referentes al espiritualismo y a la inmortalidad, necesitan difusión por todas partes.

No más la concepción de un Dios terrible, creando la eternidad de los tormentos, según la teología de moda, que ha enseñado equivocadamente la idea de un paraíso feliz, insípido, y en un infierno aterrador, irremisiblemente eterno; no más la religión que deturpa el progreso y la investigación, pero la idea pura y verdadera de la inmortalidad para todas las criaturas, la vida que se agita en todo el Universo, y la lucha en todos sus más recónditos argamasando, a costa de los esfuerzos de cada uno, el portentoso edificio de la evolución humana.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro “Emmanuel”
Traducido por Jacob

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