Conócete a ti Mismo

FaroLa felicidad fue, es y será siempre la mayor y la más profunda aspiración del hombre. No existe nadie que no desee conquistarla, tenerla como una compañera inseparable de su existencia. Raros, entretanto, son aquellos que la han conseguido. Es que gran parte de los terrícolas, no conociéndose a sí mismos, como “imagen y semejanza de Dios”, e ignorando los altos destinos para los que fueron creados, no comprenden aún que la verdadera felicidad no consiste en poseer y disfrutar de algo que el mundo nos pueda dar y que, siéndonos negado o retirado, nos hace infelices.

En efecto, aquello que venga de fuera o dependa de otros (bienes materiales, poder, fama, gloria, complacencia de los sentidos, etc.) es precario, inestable, contingente. No nos puede ofrecer, por consiguiente, ninguna garantía de continuidad. Además de eso, lleva fatalmente a la desilusión, al fastidio y a la vaguedad. “El reino de los cielos está dentro de vosotros”, proclamó Jesús. Importa, entonces, que cultivemos nuestra alma, la “perla” de gran precio de la que nos habla la parábola, y cuya adquisición compensa el sacrificio de todos los tesoros de menor valor a los que nos hemos apegado, por cuanto es en la auto-realización espiritual, en el perfeccionamiento de nuestro propio ser, donde tendremos que encontrar la plenitud de la paz y de la alegría con las que soñamos.

La Doctrina Espírita, en exacta consonancia con las enseñanzas del Maestro, nos esclarece que, tanto aquí en la Tierra como en el otro lado de la Vida, la felicidad es inherente y proporcional al grado de pureza y de progreso moral de cada uno.

“Toda imperfección – lo dijo Kardec – es causa de sufrimiento y de privación de gozo, del mismo modo que toda perfección adquirida es fuente de gozo y atenuante de sufrimientos. No hay una sola acción, un solo mal pensamiento que no acarree funestas e inevitables consecuencias, como no hay una sola buena cualidad que se pierda. De este modo, el alma que tiene diez imperfecciones, por ejemplo, sufre más que la que tiene tres o cuatro; y cuando de esas diez imperfecciones no le resta más que la mitad o una cuarta parte, menos sufrirá. Extinguidas del todo, el alma será perfectamente feliz.”

Por la naturaleza de sus sufrimientos y vicisitudes en la vida corpórea, cada cual puede conocer la naturaleza de las debilidades y defectos de los que se resiente y, conociéndolas, esforzarse en el sentido de vencerlas, caminando, así, hacia la felicidad completa reservada a los justos. La máxima – “nosce te ipsum” – inscrita en el frontón del templo de Delfos y atribuida a uno de los más sabios filósofos de la Antigüedad, es hasta hoy la clave de nuestra evolución, es decir, continúa siendo el mejor medio para mejorarnos y alcanzar la dicha.

Es verdad que ese auto-conocimiento no es muy fácil, ya que nuestro amor propio siempre atenúa las faltas que
cometemos, disculpándolas, lo mismo que señala como cualidades meritorias lo que no deja de ser vicios y pasiones. Urge, sin embargo, que aprendamos a ser sinceros con nosotros mismos y procuremos aquilatar el valor real de nuestras acciones, preguntándonos cómo las calificaríamos se las viésemos practicar por los otros. Si fueran censurables en otra persona, también lo serán en nosotros, es por eso que “Dios no utiliza dos medidas para aplicar Su justicia”.

Será útil conocernos, igualmente, con el juicio que de ellas hacen los otros, principalmente aquellos que no pertenecen al círculo de nuestras amistades, porque, estando libres de cualquier perjuicio, estos pueden expresarse con más franqueza. Una entidad sublimada, con un magnífico mensaje al respecto, nos aconseja:

“Aquel que, teniendo el propósito de mejorarse, a fin de eliminar de sí mismo las malas inclinaciones, como de su jardín arranca las hierbas dañinas, pensase todas noches en las acciones que practicó durante el día y examinase en sí mismo el bien o el mal que hubiera hecho, adquiriría gran fuerza para perfeccionarse porque, creedme, Dios lo asistirá. Haceos, pues, preguntas claras y terminantes, interrogaos sobre lo que habéis hecho y con qué objetivo procedisteis en tal o cual circunstancia, sobre si hiciste alguna acción que no os atreveríais a confesar. Preguntaos también lo siguiente: si quisiera Dios llamarme en este instante, ¿temería la presencia de alguien, al entrar de nuevo en el mundo de los Espíritus, donde nada se puede ocultar?

Examinad lo que pudierais haber hecho contra Dios, después contra vuestro prójimo y, finalmente, contra vosotros mismos. Las respuestas os darán, o el descanso para vuestra conciencia, o la indicación de un mal que necesite ser curado. ¿No trabajáis todos los días con la intención de reunir haberes que os garanticen el descanso en la vejez? ¿No constituye ese descanso el fin que os hace soportar fatigas y privaciones temporales? ¡Pues bien! ¿Qué es ese descanso de algunos días, turbado siempre por las enfermedades del cuerpo, en comparación con lo que espera el hombre de bien?” (Cap. XII, preg. 919 y siguientes. El libro de los Espíritus)

Lector amigo: ¿no cree que vale la pena poner en práctica tan preciosas recomendaciones?

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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