El Egoísmo

rodolfoNo es necesario tener mucho conocimiento en psicología para percibir que la fuente de todos los vicios que caracterizan la imperfección humana es el egoísmo. De él dimanan la ambición, los celos, la envidia, el odio, el orgullo y toda clase de males que hacen infeliz a la Humanidad, por las amarguras que producen, por las disensiones que provocan y por las perturbaciones sociales a que dan oportunidad. Lo vemos manifestarse en este mundo bajo las más variadas formas: Egoísmo individual, Egoísmo familiar, Egoísmo de clase, Egoísmo de raza, Egoísmo de nación, Egoísmo sectario. En su aspecto individual, se funda en un sentimiento exagerado de interés personal, en el cuidado exclusivo de sí mismo, y en el desamor a todos los demás, inclusive a los que habitan bajo su mismo techo, los cuales, no es raro, son los primeros en sufrir sus efectos.

El egoísmo familiar consiste en el amor a los padres, hermanos hijos, en fin a aquellos que están unidos por el lazo de la consanguinidad, con exclusión de los demás. Limitados por ese espíritu de familia, son muchos, aún, los que desconocen que todos somos hermanos (porque somos hijos de un solo Padre celestial), y se afanan a cualquier expresión  de solidaridad fuera del círculo restringido de la propia parentela. El egoísmo de clase se hace sentir a través de los movimientos reivindicativos tan en boga en nuestros días. Ahora es una clase profesional que entra en breve, ahora es otra que promueve disensión, o son servidores públicos que presionan a los gobiernos a fin de forzar la atención a sus exigencias, actuando cada grupo solamente en función de sus conveniencias, sin atentar al equilibrio y a los sacrificios que eso pueda costar a la colectividad.

El egoísmo de raza es responsable, también, de una serie de dramas y conflictos dolorosos. Que lo digan los negros, víctimas de crueles discriminaciones en varias partes del mundo, así como los enamorados que, en tan gran número, no pudieron ser marido y mujer, en consonancia con los anhelos de sus corazones, porque los prejuicios raciales de sus familiares hablaron más alto, impidiendo llevar a cabo sus sueños de felicidad. El egoísmo de nación es el que se disfraza o se esconde bajo el rótulo de “patriotismo”. Los habitantes de un país, con el pretexto de engrandecer su patria, invaden otros países, esclavizando a sus pueblos, destruyendo su nacionalidad, generando, así, odios insospechables que, antes o después, han de explotar en nuevas luchas sangrientas.

El egoísmo sectario es aquél que transforma a creyentes en fanáticos, a cuyos ojos sólo su iglesia es verdadera y salvadora, siendo, todas las otras, fuentes de error y de perdición, fanáticos a los cuales se les prohíbe oír o leer cualquier cosa contraria a los dogmas de su  organización religiosa, a los cuales se les prohíbe auxiliar a instituciones de asistencia social cuyos dirigentes tengan principios religiosos diferentes a los suyos, y a los cuales se les inculca ser un deber de conciencia defender tan gran escasez de sentimientos. Ese tipo de egoísmo es, seguramente, el más funesto, por revestirse de un fanatismo religioso, obstaculizando que los ingenuos y desprevenidos lo reconozcan por lo que es, en realidad.

Fue ese egoísmo sectario el que, en el pasado, promovió las llamadas guerras religiosas y la “santa Inquisición”, de tan triste memoria, infligiendo torturas y muertes tormentosas a centenas de millares de hombres, mujeres y niños, y, aún hoy, despierta, alienta y mantiene la animosidad entre millones de criaturas, retardando el establecimiento de aquella Fraternidad Universal que Cristo vino a preparar con su Evangelio de Amor. ¡El Espiritismo, por la poderosa influencia que ejerce en el hombre, haciéndolo sentirse un ser cósmico, destinado a ascender por el progreso moral a las más esplendorosas moradas del Infinito, es el más eficaz antídoto al veneno del egoísmo; practicarlo es, pues, seguir el camino de la Evolución y prepararse un futuro incomparablemente más feliz! (Cap. XII, preg. 913 y siguientes. El Libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris

Extraído del libro “Las leyes morales”

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