La inteligencia

amaliaPor un misterio extraño
cuando el Omnipotente
nos hizo el gran presente
de legarnos el tacto y suficiencia
de una clara y feliz inteligencia,
hicimos caso omiso
de ese don tan precioso y necesario.
La criatura se alzó con frente airada,
su fuerza muscular teniendo en mucho
y su poder moral teniendo en nada.
Las mujeres cifraron su ventura
en su belleza material, y fueron
avaras de su espléndida hermosura
que a la naturaleza le debieron.
En varias fue su perfección tan pura,
que atónito los hombres la creyeron
algo más que mujeres; y en su boca
libaron el placer con ansia loca
En épocas pasadas la Nobleza
tuvo en la sociedad gran poderío:
no era entonces el todo la riqueza
si a ésta no estaba unido un señorío.
¡Cuánto plebeyo hundido en su bajeza,
hizo brotar a un cuerpo en el vacío
premiándole el señor a quien servía,
con feudos que le daban hidalguía…!
En ese mismo tiempo se acataron
a los brazos robustos que blandían
la fuerte lanza y la cortante daga,
que a su terrible empuje
legiones y legiones sucumbían;
llegando el entusiasmo a tal altura,
que el extremo alcanzó de la locura.
Aberración fatal, que dio la vida
a ese Juicio de Dios, mal entendido:
lucha campal, terrible y decidida,
barbarie que los siglos han hundido!
a la fuerza brutal daban la egida,
culpando inexorables al vencido…
¡Sombras de horror y torpe obscurantismo
dormid, dormid por siempre en el abismo!
En tanto, a la sublime inteligencia
los hijos de Jacob culto rendían,
y los descubrimientos de su ciencia
persecuciones sólo les traían.
Las horas de su mísera existencia
en obscuras mazmorras consumían.
¡Edad de hierro, que dejó en la historia
mancha indeleble de sangrienta gloria…!
Como todo en la vida nace y muere
murieron los mandobles y estocadas
y el sigilo del vapor tan sólo quiere
de los bufos las sabias bufonadas:
e1 escarnio y la burla los prefiere
a las obras perfectas y acabadas…
¡Dicen que progresamos tanto y cuanto…!
Algo confuso es, pues, nuestro adelanto.
Los poetas en la senda de la vida
siempre encontraron a su paso abrojos:
raza extraña, de pocos comprendida,
a nadie le interesan sus enojos;
tribu errante, de todos, perseguida,
voluble y caprichosa en sus antojos;
locos sin jaula, que, al cruzar el mundo,
hacen reír con su dolor profundo.
Nuestra época actual, sin duda alguna,
es contraria en un todo a la poesía:
¡desdichado de aquél que oyó en su cuna,
misteriosa y dulcísima armonía…!
Gracias le puede dar a la fortuna
por el rico presente que le envía;
que es el mayor de todos nuestros males
el escribir renglones desiguales.
Del poeta al coplero
existe tan notable diferencia,
como de roja dalia sin aroma
al nevado jazmín de pura esencia;
pero el vulgo los une, los confunde,
y oye con igual calma
un acento perdido
y el lánguido gemido
qué triste exhala en su dolor el alma…
Decía Santa Teresa
que, de un hombre sin claro entendimiento,
nada bueno esperaba.
Oh, la insigne doctora…
!qué bien a los imbéciles juzgaba!
Todo el afán de mi azarosa vida
es vivir rodeada
de seres cuya ciencia me ilumina,
pues los necios no sirven para nada.
He dicho mal; la hiel que hay en sus labios,
destila siempre para hacer agravios.
¡Oh, santa; inteligencia,
fecundiza mi débil existencia!
Luminar esplendente:
¡deja un rayo de luz sobre mi frente!

Amalia Domingo Soler.
Extraído del libro “Consejos de ultratumba”

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