Limosna y Caridad II

caridadinter0Muchos se excusan de no poder ser caritativos, alegando precariedad de bienes, como si la caridad se redujese a dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos, vestir a los desnudos y proporcionar un techo a los desabrigados. Además de esa caridad, de orden material, existe otra – la moral, que no implica el gasto de un centavo siquiera y, no obstante, es la más difícil de ser practicada. ¿Ejemplos?

He aquí algunos: Seríamos caritativos si, haciendo buen uso de nuestras fuerzas mentales, vibrásemos u orásemos diariamente a favor de cuantos sepamos que se encuentran enfermos, tristes u oprimidos, sin excluir a aquellos que acaso se consideren nuestros enemigos. Seríamos caritativos si, en determinadas situaciones, nos hiciésemos intencionadamente ciegos para no ver la sonrisa desdeñosa o el gesto despreciativo de quien se crea superior a nosotros. Seríamos caritativos si, con sacrificio de nuestro valioso tiempo, fuésemos capaces de escuchar, sin enfado, al infeliz que desea confiarnos sus problemas íntimos, aunque sabiendo de antemano que nada podemos hacer por él, si no dirigirle algunas palabras de cariño y solidaridad.

Seríamos caritativos si, al contrario, supiésemos hacernos momentáneamente sordos cuando alguien, habituado a mofarse de todo y de todos, nos alcanzase con expresiones irónicas o burlonas. Seríamos caritativos si, disciplinando nuestra lengua, sólo nos refiriésemos a lo que existe de bueno en los seres y en las cosas, sin pensar jamás en noticias que, incluso siendo verdaderas, sólo sirven para mancillar la honra o sacudir la reputación ajena. Seríamos caritativos si, aunque las circunstancias a tal nos indujesen, no sospechásemos mal de nuestros semejantes, absteniéndonos de hacer cualquier juicio precipitado y temerario contra ellos, incluso entre los familiares.

Seríamos caritativos si, percibiendo en nuestro hermano un intento malicioso, lo aconsejásemos a tiempo, mostrándole el error y persuadiéndolo de llevarlo a cabo. Seríamos caritativos si, privándonos, de vez en cuando, del placer de un programa radiofónico o de televisión de nuestro agrado, visitásemos personalmente a aquellos que, en lechos hospitalarios o en su hogar, sufren una prolongada enfermedad y desean un momento de atención y afecto. Seríamos caritativos si, aunque esa actitud pudiese perjudicar nuestro interés personal, tomásemos, siempre, la defensa del débil y del pobre, contra la prepotencia del fuerte y la usura del rico. Seríamos caritativos si, manteniendo permanentemente una norma de proceder sereno y optimista, procurásemos crear a nuestro alrededor una atmósfera de paz, tranquilidad y buen humor.

Seríamos caritativos si, alguna vez, dirigiésemos una palabra de ánimo y de estímulo a las buenas causas y no procurásemos, por el contrario, matar la fe y el entusiasmo de aquellos que en ellas se hallan empeñados. Seríamos caritativos si dejásemos de solicitar cualquier beneficio o ventaja, siempre que verificásemos haber otros derechos más legítimos a ser atendidos en primer lugar. Seríamos caritativos si, viendo triunfar a aquellos cuyos méritos sean inferiores a los nuestros, no los envidiásemos y no les deseásemos mal.

Seríamos caritativos si no desdeñásemos ni evitásemos a los de mala vida, si no temiésemos los salpicones del lodo que los cubren y les tendiésemos nuestra mano amiga, ayudándolos a levantarse y a limpiarse. Seríamos caritativos si, teniendo alguna parcela de poder, no nos dejásemos tomar por la soberbia, tratando, a los pequeños de condición, siempre con dulzura y urbanidad, o, en situación inversa, supiésemos tolerar, sin odio, las impertinencias de aquellos que ocupan mejores puestos en el paisaje social. Seríamos caritativos si, por ser más inteligentes, no nos irritásemos con la ineptitud de aquellos que nos rodean o nos sirven. Seríamos caritativos si no guardásemos resentimiento de aquellos que nos ofendieron o perjudicaron, que hirieron nuestro orgullo o robaron nuestra felicidad, perdonándoles de corazón.

Seríamos caritativos si reservásemos nuestro rigor sólo para nosotros mismos, siendo pacientes y tolerantes con las debilidades e imperfecciones de aquellos con los cuales convivimos, en el hogar, en la oficina de trabajo o en la sociedad. Y así, decenas o centenas de otras circunstancias podrían también ser recordadas, en que, una amistad sincera, un gesto fraterno o una simple demostración de simpatía, serían expresiones inequívocas de la mejor de todas las virtudes. Nosotros, sin embargo, no nos apercibimos de esas oportunidades que se nos presentan, en todo instante, para hacer la caridad. ¿Por qué? Es porque ese tipo de caridad no traspasa las fronteras de nuestro mundo interior, no se transparenta, no llama la atención ni provoca alabanzas.

Nosotros traicionamos, empleamos la violencia, tratamos a los otros con liviandad, desconfiamos, hacemos comentarios de mala fe, participamos del error y del fraude, nos mostramos intolerantes, alimentamos odios, practicamos venganzas, fomentamos intrigas, esparcimos inquietudes, quitamos el ánimo para realizar iniciativas nobles, nos regocijamos con la impostura, perjudicamos intereses ajenos, explotamos a nuestros semejantes, tiranizamos a criados y familiares, desperdiciamos fortunas en el vicio y en el lujo, transgredimos, en fin, todos los preceptos de la Caridad, y, cuando damos algunas migajas de lo que nos sobra o prestamos algún servicio, raras veces actuamos bajo la inspiración del amor al prójimo; normalmente lo hacemos por mera ostentación, o por amor a nosotros mismos, es decir, mirando recibir recompensas celestiales.

¡Qué lejos estamos de poseer la verdadera caridad! Somos, aún, demasiado egoístas y miserables desprovistos de espíritu de renuncia para practicarla… Se hace necesario, sin embargo, que la ejercitemos, que aprendamos a dar o sacrificar algo de nosotros mismos en beneficio de nuestros semejantes, porque “la caridad es el cumplimiento de la Ley”.

(Cap. XI, preg. 886 y siguientes. Libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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