Lección para un hijo

sadhuEran los últimos años del siglo XIX. En el pueblo de Rampur en India, el hijo del gobernador del distrito fue al bazar para comprar dulces. En el camino encontró a una señora anciana, harapienta, mendigando. Compadecido, hizo lo que había visto a su madre hacer muchas veces: le dio las monedas que traía y volvió a casa sin los dulces. Sin embargo, el niño Sundar Singh continuó inquieto. Estaba seguro que aquellas moneditas que había dado no serían suficientes para remediar las urgentes necesidades de aquella mujer. Él había visto el viento frío agitar sus harapos alrededor del cuerpo delgado y deseó poder abrigarla mejor.

Buscó a su padre, le contó la historia y le preguntó si sería posible dar a ella cinco rupias, lo que le permitiría comprar ropas de abrigo. Involucrado en las cuestiones políticas, distraído en cuanto al verdadero sentido de la petición del niño, Sher Singh respondió que ya la había socorrido varias veces. Ahora, que su hijo dejase que otra persona la auxiliase.

El niño no se conformó con esa solución. Después de todo, él vivía en un gran y viejo solar, con todas las comodidades, donde la comida era buena y no faltaban ropas de abrigo.

Sundar sabía dónde su padre guardaba el dinero. Silenciosamente, retiró cinco rupias y salió de casa con la intención de entregarlas a la necesitada. Pero las monedas quemaban su mano. Aquello era hurto y él comprendía muy bien el valor moral de la acción practicada. ¿Y si el padre lo descubriese? No temía el castigo, solo temía perder la amistad y la confianza de la familia.

Se detuvo. Miró las monedas, las encerró fuertemente en la mano y volvió a casa, dispuesto a ponerlas de vuelta en su debido lugar. Sin embargo, había personas cerca de la caja fuerte. Sundar ocultó muy bien el dinero y no dijo nada. Más tarde, el padre vio la falta de las monedas. Él estaba seguro que las había colocado en la caja fuerte. Buscó mejor. Tal vez, de una manera distraída, las había dejado en otro lugar. Búsqueda infructuosa. Preguntó al hijo si las había visto y él respondió que no. Finalmente, ya que no se trataba de una cuantía considerable, el gobernador se olvidó del caso.

Anocheció. Todos se recogieron después de la lectura de un pasaje del libro sagrado. La noche fue terrible para el niño, que no conseguía conciliar el sueño. Se revolvía en la cama, de un lado a otro. Al día siguiente, apenas el amanecer comenzó a enrojecer el cielo, corrió al lugar donde había ocultado el dinero, lo recogió y fue entregarlo a su padre, confesando lo que había hecho. El tormento que lo consumía internamente desapareció. Ahora, delante de su padre, esperaba ser castigado.

Que venga el castigo – pensó – él lo merecía. Para su sorpresa, después de oírlo y recibir las monedas, el padre le dijo:

Siempre he confiado en ti, hijo mío. Ahora, veo que no me equivoqué.

Y extendiendo su mano abierta, devolvió las cinco rupias al niño:

Aquí está el dinero. Llévalo a la mujer.

Podemos imaginar el respeto y la admiración del pequeño hacia su padre.

* * *

Educar a los hijos, enseñarles los valores morales, requiere cuidados. No existen fórmulas precisas que nos eviten los equívocos en el proceso educativo. Sin embargo, una buena dosis de comprensión, algunas gotas de psicología, la observación cuidadosa y mucho amor, seguramente nos garantizarán los mejores resultados en la formación moral de nuestros hijos.

Pensemos en eso y dediquémonos. Después de todo, no hay mayor tesoro en la Tierra que los Espíritus que habitan en nuestro hogar, como hijos de la carne y del corazón.

Redacción del Momento Espírita, con base enel cap.1, del libro O apóstolo dos pés sangrentos, de Boanerges Ribeiro, ed. Casa Publicadora das Assembleias de Deus.

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