Limosna y Caridad I

servirLimosna y Caridad son tenidas, por algunos, como una sola y misma cosa, mientras para otros la primera sería sólo una faceta de la segunda, o mejor, una de sus múltiples manifestaciones. Por otro lado, hay quien considera la limosna una obligación para aquél que la da y una humillación para el que la recibe, negando, así, su carácter filantrópico. Desde el punto de vista espírita, puede haber: limosna sin caridad, limosna con caridad, y… caridad sin limosna, dependiendo todo de los sentimientos que acompañen o inspiren el modo de obrar de las criaturas.

Antes, sin embargo, de proseguir con la tesis que nos proponemos desarrollar, conceptuemos uno y otro término: “Limosna”, para nosotros, es la cosa que se da, como, por ejemplo, dinero, comida, medicamento, vestimenta, etc., mientras “Caridad” es esencialmente amor, no amor a nosotros mismos (egoísmo), sino amor al prójimo (altruismo). Hecha esa distinción, además necesaria, nos sería fácil demostrar ahora lo que afirmamos en líneas más arriba.

Entre las limosnas sin caridad se incluyen las donaciones arrancadas contra la voluntad, por obligaciones a que, a pesar suyo, la “víctima” no puede resistir ni esquivarse; los auxilios dados con fines de hacer propaganda, sea para “hacer carteles” en períodos preelectorales, sea para la exaltación de la propia personalidad, mirando obtener fama de santo o de benemérito; los donativos hechos con total indiferencia por su aplicación, así como quien tira fuera la punta de su cigarro, etc. A esas y otras limosnas, en las que el corazón no interviene, son a las que el Apóstol Pablo quiso referirse en su 1ª epístola a los corintios, cuando dijo: “aunque yo hubiese distribuido mis bienes para alimentar a los pobres, si yo no tuviese caridad, de nada me serviría”.

Las limosnas con caridad, a su vez, comprenden una escala progresiva de mérito, no evidentemente en función del quantum distribuido, sino de los estados de alma, que les sean intrínsecos. En otras palabras, esto quiere decir que la limosna será tanto más meritoria a los ojos de Dios cuanto más puro sea su contenido caritativo, es decir, cuanto más a escondidas sea hecha, cuanto más delicadeza encierra, cuanto más abnegación expresa y cuanto menos vergüenza cause a quien la recibe. En el primer grado se sitúan los óbolos concedidos de buena voluntad, cuando son solicitados, esperando los donadores pruebas de gratitud de los infelices a los cuales favorecieron. En el segundo, las limosnas de la misma especie, cuyos autores, mientras no cuenten con la gratitud inmediata de los hombres, tienen como cierto volverse merecedores del paraíso por causa de ellas. En el tercero, las espontáneas, aunque no en la justa medida de los recursos de que disponga el que da la limosna.

En el cuarto, las que son dadas con alegría y de acuerdo con las posibilidades de quien las da, pero de forma que el favorecido sepa la procedencia del favor recibido. En el quinto, ídem, pero ya sin que el beneficiado tenga el conocimiento de quien sea su benefactor. En el sexto, aquellas que se realizan en absoluto anonimato y de manera tal que ni el distribuidor de beneficios conozca individualmente a sus beneficiarios, ni estos puedan identificar al filántropo que los ayuda. En el séptimo, aquellas que, en vez de socorrer a los pobres, a los enfermos, en fin, a los necesitados de todos los matices, concurran para eliminar la pobreza, la enfermedad y los demás aspectos de la miseria humana, esperando nuevas y más amplias oportunidades de educación y trabajo, elevando física, mental, espiritual y socialmente a los parias de todo el mundo, para que se promuevan, se sientan “gente” como nosotros y experimenten, cada vez más, “la alegría de vivir”. Y la caridad sin limosna, ¿en qué consiste? ¿Cómo puede ser practicada? Consiste en el cultivo de las virtudes cristianas, que son “hijas del Amor”, habiendo para todos innumerables formas de ejercerla. Sí, desde el noble rico al mendigo, “no existe nadie que, en pleno gozo de sus facultades, no puedan prestar un servicio cualquiera, dar un consuelo, mitigar un sufrimiento físico o moral, hacer un esfuerzo útil.” (Kardec)

Pudiendo, como puede, el dinero, transformarse en toda suerte de bienes y utilidades de consumo es, sin duda, un precioso elemento del que la Caridad suele echar mano en la tarea del Bien; no siempre, entretanto, es el recurso más apropiado para impedir lágrimas, curar heridas y disipar aflicciones, pues existen males, infinitos, en que las buenas cualidades del corazón valen más o aplican mejor que todas las riquezas materiales.

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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