Dualidad del bien y del mal

JoannaAngelisUn viejo koan Zen-Budista narra que un hombre muy avaricioso recibió, oportunamente, la visita de un maestro. El sabio, después de saludarlo, le pregunto:

– ¿Si cerrara mi mano para siempre, no abriéndola nunca, que pasaría?
El avaro le respondió sin titubear:
– Se deformaría. Muy bien, continúo el interlocutor:
– ¿Y si la abriese para siempre, como la verías?
-Igualmente deformada- respondió el anfitrión.
El hombre noble concluyo, informándolo:
-Si entendiste esto, serás un rico feliz.

Después que se fue, el anfitrión comenzó a meditar y, a partir de ahí, pasó a repartir con los necesitados, todo aquello que le parecía excedente, tornándose generoso.

Todos los opuestos, afirma el antiguo koan, bien y mal, tener y no tener, ganar y perder, yo y los otros, dividen la mente. Cuando son aceptados, apartan a las personas de la mente original, sucumbiendo al dualismo. La sabiduría, concluye la narración sintética, está en el medio, en el Zen, que es el camino.
La dualidad siempre estuvo presente en el ser humano, desde el momento en que comenzó a pensar, desarrollando la capacidad de discernir. Los opuestos tienen constituido un desafío para la consciencia, que debe elegir lo que le es mejor, en detrimento de aquello que le es pernicioso, perturbador, generador de conflictos. No pocas veces, por inmadurez, toma decisiones compulsivas y derrapa en estados de perturbación, demarcando fronteras y evitando atravesarlas, así perdiendo contacto con las posibilidades existentes en ambos lados, que pueden ayudar en la definición de rumbos.

Esa definición, sin embargo, no puede ser limitadora de las vivencias educativas, productoras.
Deben caracterizarse por la elección natural de la ruta a seguir, de manera que ninguna forma de tormento por lo no experimentado pase a generar frustración. La experiencia enseña a conquistar los valores legítimos, aquellos que proporcionan la evolución, facultando, en el análisis de los contrarios, la opción por lo que constituye estímulo al crecimiento, sin que genere daños para el propio individuo, para el medio donde se encuentra, para otro. Solamente así, es posible la adquisición del comportamiento ideal, propiciador de paz, porque no trae, en su interior, ninguna propuesta conflictiva. Del punto de vista ético, definen los diccionaristas, el bien es la cualidad atribuida a acciones y a obras humanas que les confiere un carácter moral. (Esta cualidad, se anuncia a través de factores subjetivos – el sentimiento de aprobación, el sentimiento de deber – que llevan a la búsqueda y a la definición de un fundamento que los pueda explicar) El mal es todo aquello que se presenta negativo y de afección perniciosa, que deja marcas perturbadoras y huidas.

En su origen, el ser no posee la consciencia del bien ni del mal. Viviendo bajo la imposición del instinto, es llevado a preservar la sobrevivencia, la reproducción, actuando por automatismos, que irán abriéndole espacios para los diferentes niveles del conocimiento, del pensamiento, de la facultad de discernir. La selección de lo que debe en relación a lo que no debe realizar se da mediante la sensación del dolor físico, después emocional, más tarde de carácter moral, ascendiendo en la escala de los valores éticos.
Percibe que no todo lo que es licito hacer, lo puede hacer, así realizando lo que le es mejor, en el sentido de descubrir los resultados, ya que aquello que le es facultado, no pocas veces hiere los derechos del prójimo, de la vida en sí misma, como de su realidad espiritual. Esa percepción se transforma en la presencia de la capacidad de elegir el bien en detrimento del mal. Se hace la realidad libre de la sombra; el avance psicológico sin trauma, la ausencia de retener en la retaguarda.

Aunque haya el bien social, el de naturaleza legal, aquel que cambia de concepto conforme los valores éticos, establecidos geográfica o genéricamente, vuela, soberano, el Bien transcendental, que el tiempo no altera, las situaciones políticas no modifican, las circunstancias no confunden. Es aquel que está inscrito en la consciencia de todos los seres pensantes que, no obstante, muchas veces, lo anestesian, permanece y se impone oportunamente, convidando al infractor a la recomposición del equilibrio, a la acción de rehacer.

El mal, remanente de los instintos agresivos, predomina en cuanto la razón de ellos no se libera, bajo la dominación arbitraria del ego, que elabora intereses hedonistas, personales, imponiéndose en detrimento de todas las demás personas y circunstancias. Su marca es tan especial que, a medida que hiere cuantos se le acercan, termina por dilacerar a aquel que se le entrega al dominio, tumbando, agotando, por el camino de su falso triunfo.

El ser humano fue creado a imagen de Dios, esto es, predestinado a la perfección, superando los impositivos del tránsito evolutivo, en esa marcha inexorable a que se encuentra obligado. Poseyendo los atributos de la belleza, de la armonía, de la felicidad, del amor, debe romper, poco a poco, la cascara que lo envuelve – herencia del periodo primario por donde tiene que pasar- a fin de desarrollar las aptitudes adormecidas, que le sirven temporalmente de obstáculo a esos tesoros incorruptible.

El Bien puede ser personificado en el amor, en cuanto el mal puede ser presentado como siendo la ausencia. Todo aquello que promueve y eleva al ser, aumentándole la capacidad de vivir en armonía con la vida, la prolonga, la torna edificante, es expresión del Bien. Entretanto, todo cuanto conspira contra su elevación, su crecimiento y los valores éticos ya logrados por la Humanidad, es el mal. El mal, todavía, es de duración efímera, porque resulta de una etapa del proceso evolutivo, en cuanto el Bien es la fatalidad última reservada a todos los individuos, que no podrán esquivarse de ese destino, incluso cuando lo retrasen por algún tiempo, jamás lo conseguirán definitivamente. He aquí porque el ser tiene la tendencia inevitable de buscar el amor, de entregarse, de disfrutarlo.

Encarcelado en el egoísmo y acostumbrado a las búsquedas externas, recorre a los expedientes del placer personal, en vanas tentativas de disfrutar los beneficios que de él transcurren, inclinándose en la extenuación de los sentidos o en la frustración de los engaños que se permite.

Oportunamente un aprendiz pregunto a su maestro:

-Dinos que es el amor.

Y el sabio, después de una ligera reflexión, respondió con una sonrisa:

-Nosotros somos el amor.

Ese sentimiento que tenemos todos los seres vivientes expresa el Supremo Bien, que nos cumple buscar, aunque estemos en la franja de la liberación de la ignorancia, errando, aun practicando el mal temporal por falta de la experiencia evolutiva, que nos ata a las sensaciones, en detrimento de las emociones superiores que alcanzaremos.

Hay una tendencia para la experiencia del Bien, frente a la paz y a la belleza interior que se experimenta, constituyéndose un gran desafío al pensamiento psicológico establecer realmente lo que es de mejor para el ser humano, gracias a los impositivos de los instintos que prometen gozo, en cuanto que su liberación, a veces, dolorosa, en catarsis de lágrimas, proporciona plenitud.

La terapia del Bien – esa elección de los valores éticos que proporcionan paz de consciencia – constituye propuesta excelente para el área de la salud emocional y psíquica, consecuentemente, también física de los seres humanos, que no debe ser desconsiderada. A medida que amplía el desarrollo psicológico, su madurez, son eliminadas las distancias entre el yo y los otros, superando el mal por el bien natural, sus acciones de fraternidad y de comprensión de los diferentes niveles de transición moral, comprendiéndose que el mal que a muchos aflige, por ellos mismos buscado, se transforma en su lección de vida. He aquí porque es necesaria la terapia de la realización edificante, produciendo siempre a favor de sí mismo, del prójimo y del medio ambiente, evitando cualquier tentativa de destrucción, de perturbación, de desequilibrio. Por eso, no realizar el bien es hacerse a sí mismo un gran mal.

Dificultarse la ascensión, es forma de complacerse en la vulgaridad, en la desdicha, asumiendo un comportamiento masoquista, en el cual se siente valorizado. Ciertamente, no todos los individuos consiguen de inmediato un cambio de conducta mental, por tanto, emocional, de la patología en que se encarcela, para vivir la libertad de ser feliz. Eso exige un esfuerzo hercúleo que, normalmente, el paciente no envidia. Cree que la simple asistencia psicológica ira a resolverle los estados interiores que le agradan, casi que, a pase de magia, transfiriendo para el psicoterapeuta la tarea que le compete desarrollar. Para ese cometido, lo del reequilibrio, la asistencia especializada es indispensable, sumada a la contribución de un grupo de apoyo y al interés de él mismo para conseguir la meta que se propone.
La religión bien orientada, por el contenido psicológico de que se reviste, desempeña un papel de alta relevancia a favor del equilibrio de cada persona y, por extensión, del conjunto social, en el cual se encuentra localizada. La religión que se fundamenta, sin embargo, en la comprobación de sus enseñanzas mediante la conducta científica, que documenta la realidad del Espíritu inmortal y su transitoriedad en los acontecimientos del cuerpo, como es el caso del Espiritismo, mejores condiciones posee para ayudar a escoger el camino a recorrer con los propios pies, proponiéndole renovación interior y unión natural a los principios que promueven la vida, que la dignifican, por tanto, que representan el Bien. Por otro lado, le proporciona una conducta responsable, esclareciéndole que cada cual es responsable por los actos que ejecuta, siendo sembrador y recogedor de los resultados, cabiéndole siempre enfrentar los desafíos de superarse, porque toda conquista valiosa es resultado del esfuerzo de aquel que la consigue.

Nada existe que no haya sido resultado de laborioso esfuerzo. Aún más, le faculta el entendimiento de cómo funcionan las Leyes de la Vida, en cuya vigencia todos los seres somos participantes, sin excepción, cada cual, respondiendo de acuerdo con su nivel de consciencia, su grado de pensamiento, sus intenciones intelecto –morales. Abre, además, un catálogo de nuevas informaciones que la capacitan para la lucha en pro de la salud, explicándole que existe un intercambio mental y espiritual entre las criaturas que habitan los dos planos del mundo: el espiritual o de la energía pensante y el físico o de la condensación material.

La muerte del cuerpo, no extinguiendo al ser, apenas le altera la complexión molecular, manteniéndole, no obstante, los valores intrínsecos a su individualidad, lo que le faculta, muchas veces, el intercambio psíquico. Cuando se trata de alguien cuya existencia tuvo pautas en acciones elevadas, la influencia es agradable, rica de salud y de armonía. Cuando, fue negativa, inquieta, o enferma, perturbada o insatisfecha, transmite desarmonía, enfermedades, depresión y alucinaciones crueles, que pasan a constituir psicopatologías, de clasificación muy compleja, en el área de las obsesiones espirituales y de liberación demorada, que exigen mucho esfuerzo y tenacidad en los propósitos a favor de la recuperación de la salud.

El Bien, por tanto, es el gran antídoto a ese mal, como lo es también para cualquier otro estado perturbador y traumático de la personalidad humana. De la misma manera, la experiencia del Bien será plena después del tránsito por los sucesos del Mal, los fracasos, las perturbaciones, las reacciones emocionales conflictivas, que facultan la natural selección de los comportamientos agradables, tranquilos, que validan el esfuerzo de haber optado por lo que es saludable. Caso contrario, la adquisición positiva no será total, porque será más el resultado de represión a los instintos que superación de ellos, gracias a que se puede adquirir virtudes – sentimientos buenos, conquistas del Bien – pero, se pierde la integridad, la naturalidad del proceso de elevación.

La persona frustrada por no haber enfrentado las luchas convencionales, evitándolas, ocasionando un sentimiento de culpa, que es, a la vez, una oposición a la propuesta empezada para la vida correcta.
La experiencia del Bien y del Mal comienza en la infancia delante de las actitudes de los padres y de los más familiares. Por temor el niño obedece, pero, no comprendiendo que es correcto y que es errado, que le quieren infundir los padres, muchas veces, por imposición sin el esclarecimiento correspondiente para el análisis lento y asimilación de la razón. Si el niño no consigue entender aquello que le es administrado y exigido, pasa a aceptar la información por miedo de punición, hasta el momento en que se libera de la imposición, transformando el sentimiento en culpa, y temiendo actuar por el odio o por el resentimiento, o, en otras situaciones, reprimiéndose, inclinándose a la depresión.

El inconsciente, utilizándose del mecanismo de preservación del ego, resuelve aceptar lo que fue administrado, pasando a inculcar la conducta recta, pero, en forma de mascara que oculta la realidad reprimida. La conquista paulatina del Bien produce equilibrio y seguridad, eliminado las artimañas del ego, que tiene más interés en promoverse que en ser substituido por el valor nuevo, inhabitual en su comportamiento. Por eso mismo, el Bien no puede ser represor, lo que es malo, pero, liberador de todo cuanto somete, se impone, aflige. Su dominación es suave, no oprime, porque pasa a ser una diferente expresión de conducta moral y emocional, prosiguiendo a la asimilación de los valores que fueron propuestos en el periodo infantil, y que constituyen reminiscencias agradables que ayudan en los procedimientos de los diferentes periodos existenciales, en la juventud, en la edad adulta, en la vejez. En razón de eso, se torna más difícil la asimilación e incorporación de los valores del Bien en un adulto aclimatado a la agresión, a las luchas, en los cuales predomino el Mal, hubo victoria, los resultados exitosos del ego, la vitalización de los comportamientos aniquiladores, que generan héroes y poderosos, pero que no escaparan de las áreas de los conflictos por donde continúan transitando.
Solamente a través de la renovación de valores desde temprano es cuando el Bien triunfara en las criaturas. Cuando adultas, la labor es más demorado, porque tendrá que substituir la opresión del ego y, a través de la reflexión, de los ejercicios de meditación y evaluación de la conducta, substituir los hábitos enraizados por nuevos comportamientos compensadores para el yo superior. He aquí porque se puede afirmar que el Bien hace mucho bien, en cuanto que el Mal hace mucho mal. El cambio sencillo, por tanto, de actitud mental del individuo le da la oportunidad del encuentro con el Bien que irá a desarrollarle los sentimientos profundos de su semejanza con Dios.

Espíritu Joanna Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro “Amor, imbatible amor”
Fragmento traducido por Jacob

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.