El Derecho de Propiedad

esclavo_dineroLa Doctrina Espírita nos enseña que el derecho de vivir es “el primero de todos los derechos del hombre”, por consecuencia, también el de “acumular bienes que le permitan descansar cuando ya no pueda trabajar”. Si todos los hombres fuesen previsores y, en vez de malgastar sus ganancias en vicios y en lujos, tratasen de formar un capital con el que asegurar la tranquilidad de su vejez, la Sociedad no tendría que hacer frente, como sucede hoy, con el pesado gravamen de la manutención de tantas criaturas que llegan al fin de sus días en la mayor indigencia, necesitadas de techo, alimento, abrigo, medicamento, etc.

El deseo de poseer, con el fin de resguardarse de las incertidumbres del futuro, no justifica, entretanto, los medios que ciertos hombres suelen emplear para conseguir medios de fortuna. Propiedad legítima – lo dice el Espiritismo – sólo es aquella que es conseguida por medio del “trabajo honesto, sin perjuicio de nadie”. Ahora, si se pudiese investigar el origen de muchas fortunas acumuladas en las manos de determinadas familias, se verificaría, con horror, que son frutos de robos vergonzosos, tráficos infames y crímenes repugnantes. El tiempo, sin embargo, todo lo calma, de manera que, tras algunas generaciones, tales haberes se transforman en “sagrado e inviolable patrimonio”, defendido con uñas y dientes por los nietos y bisnietos de los ladrones, traficantes y criminales que lo formaron.

No es raro, que esas fortunas se trasfieran, por herencia, a personas que solicitaron, en el plano espiritual, la oportunidad de volver al escenario de la Tierra para darles una aplicación noble, proporcionando así una reparación a aquellos que inicialmente las adquirieron mal, reparación esa que, si se llega a efectuar, les suavizaría los remordimientos de consciencia. Casi siempre, todavía, no resisten a la fascinación de las riquezas y, lejos de corresponder a lo que de ellas se esperaba, se dejaron guiar por la codicia, tratando de aumentar, egoístamente, aquello que recibieron. De ahí la afirmación del Maestro, de que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos” (Mateo, 129:24).

En este mundo y en el grado evolutivo en el que nos encontramos, la adquisición y la defensa de la propiedad individual deben y necesitan ser consagradas, porque la ambición es, y no dejará de serlo tan pronto, uno de los más fuertes sentimientos humanos, constituyéndose, incluso, en resorte propulsor del progreso. Pretender que, a corto plazo, el hombre renuncie a los intereses personales en nombre de un ideal igualitario, es desconocer la naturaleza y esperar lo imposible. Tanto es así que la Unión Soviética, donde esa prerrogativa democrática fue relegada comienza a admitir que eso es un error, un obstáculo para su desarrollo, disponiéndose a una revisión del asunto, para reinstituir el derecho de propiedad, por ser el más poderoso estímulo para la productividad del individuo.

Lo que mejor se debe hacer no es confiscar los haberes de quien quiera que sea, sino perfeccionar nuestras leyes, creando condiciones para que aumente el número de propietarios, mediante una participación más equitativa de la riqueza. A medida que se adelanta espiritualmente, el hombre pasa a comprender que, en último análisis, nadie es dueño de nada, pues todo pertenece a Dios, siendo, todos nosotros, meros usufructuarios de los bienes terrenos, ya que ellos no podrán seguir con nosotros, de ninguna forma, más allá de las fronteras de la muerte. Por consiguiente, si la Providencia nos los confía, por determinado período, no es para que los utilicemos en provecho exclusivamente familiar, sino para que aprendamos a utilizarlos en beneficio de todos, dándoles una función social. Hijos que somos del Padre Celestial y por tanto co-herederos del Universo, día vendrá – aunque aún está bastante lejos – cuando seamos libres por merecimiento, del ciclo de reencarnaciones en mundos groseros como el nuestro, en que habremos de volvernos espíritus puros, teniendo por morada las suaves y maravillosas esferas siderales. Será, entonces, con inmensa auto-piedad que nos recordaremos de esta fase de nuestra evolución en que tan grande es nuestro apego a unos pedacitos de suelo cenagoso y tan desesperada nuestra lucha por unos papelitos de color, estampados en la Casa de la Moneda… (Cap. XI, preg. 880 y siguientes. El libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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