Afectos y conflictos

DivaldoCuando los conflictos interiores no se encuentran solucionados y la inmadurez predomina en el comportamiento psicológico del ser, su afectividad es inestable, perturbada, exigente, nunca se completa.

Nadie consigue vivir sin afecto. Y cuando eso ocurre, expresa algún tipo de psicopatología, dado que el sentimiento de la afectividad es el filón de oro de enriquecimiento de la criatura psicológica. Sin ese sentido de la vida, ocurre una hipertrofia de valores emocionales y el individuo en desarmonía, degenera.

El afecto es innato al ser humano, como el instinto que alcanza un nivel más elevado en su proceso de desarrollo de valores innatos, pudiéndose perder, incluso embrionariamente, en las expresiones de diversos animales, en su maternidad, en la defensa de las crías, en las diversiones y juegos que se permiten. Momentos surgen, en los cuales se tiene idea de que piensan y se ayudan. Posteriormente, ese instinto crece y adquiere mayor suma de sensibilidad, cuando identifica por el olor a aquel que lo cuida, nota la ausencia, la sufre y, a veces perece hasta la muerte por inanición, negándose el alimento, en razón de la muerte de aquel que lo cuidaba y a quien se unía…

En el ser humano, más desarrollado molecularmente, portador de un sistema nervioso más avanzado, surge afectividad, al principio atormentado, inseguro, exigente, después calma, productiva y compensadora. Porque permanece en conflicto consigo mismo, el ser que transita en la inquietud no se permite afecto alguno, ni donándose, ni aceptándolo de otro, frente a la inseguridad en que se encuentra, por desconfianza de que la misma se exprese como forma de sentimientos inconfesables, o porque se le desea examinar. Victimado por no confesable complejo de inferioridad, en que se complace, no cree merecer afecto, ampliando el área de los conflictos y abriendo campo para vinculaciones terribles con parásitos espirituales, que se transforman en estados obsesivos de larga duración.

Cualquier individuo merece afecto y debe esforzarse por desarrollarlo y experimentarlo. Trabajándose interiormente, reflexionando en torno de los derechos y valores que todos poseen ante la vida, reformula planos mentales y se da cuenta de que es portador de un tesoro de ternura aun sumergido en el ego, que es capaz de expandirla y digno de recibirla también.

Cuando eso no le es posible, la ayuda de un psicólogo o de un psicoanalista es valiosa, o incluso de un grupo de ayuda, porque, de alguna forma, casi todas las personas poseen conflictos semejantes, que varían solo en la forma de expresarse. Muchos factores perinatales y de la infancia predominan en el área de los conflictos y de los desafectos. Son registros que no fueron digeridos, ni consciente o inconscientemente, restando como trauma de soledad, de desamor, de rechazo, de decepción de los padres y del instituto familiar o medio social, o incluso herencias genéticas, que ahora se manifiestan en aislamientos, en censuras enfermizas, en autoflagelaciones dolorosas, cuan injustificables.

El afecto da sentido a la existencia humana, facultándole la lucha optimista, el esfuerzo continuado, el interés permanente, la conquista de nuevos valores para progresar y ennoblecerse. No es tanto la condición moral que la estimula, sino el objetivo que se tiene al respecto, que desarrolla el sentimiento moral. Cuando eso no ocurre, surge el fanatismo de cualquier expresión, la máscara de naturaleza moral, en procesos psicológicos de transferencia, que aparecen como puritanismo, exigencia impropia de valores éticos y una insoportable conducta de apariencia que está lejos de la realidad interior.

Tiene inicio en un sentido de cariño que se expande y enlaza a los seres que sienten, aumentando hasta el encuentro con la criatura humana, que igualmente necesita de afecto y puede retribuirlo, en intercambio que dignifica y da significado a la existencia. Cuando escasea la afectividad, lo que se deriva de conflictos anteriores, puede la criatura esforzarse por buscar objetivos, sino en el presente, por lo menos en el futuro. Fijando alguna cosa o persona que despierte interés o alguna forma de simpatía, que se transformará en afecto con el pasar del tiempo, liberándose de la algidez emocional, pasa a fijarse en los acontecimientos del pasado y procura de ellos soltarse; marcado, sin embargo, por el trauma que lo oprime, luchara, ahora que posee motivación para continuar viviendo, con insistente tenacidad, a fin de liberarse de todo que le es perturbador.

La logoterapia, propuesta por Viktor Frank, invita al ser para proyectarse en el futuro, en las posibilidades aun no exploradas, que son un manantial inagotable de recursos que aguardan la oportunidad para manifestarse.

“-¿Qué meta podría alguien abrazar en un campo de concentración, de trabajos forzados y de exterminio sistemático – pregunta el logoterapeuta- para superar la depresión y encontrar objetivo para luchar, para vivir?”

El mismo responde: “-Proyéctalo en el futuro. ¡Descubrir si alguna cosa lo espera, cuando salga del campo, un hijo, una esposa, un sentimiento de arte, de cultura, algún proyecto interrumpido!”

Y concluye, confortablemente: “-Casi todos los internados tenían algo que hacer, que terminar, aunque fuese denunciar la crueldad asesina de sus verdugos, la indiferencia de la cultura y de la civilización con el destino que les había sido reservado, por ningún motivo, como si hubiese algún motivo que tornase al ser humano bestial y tan perverso.”

Aquellos carceleros impiadosos habían destruido el propio sentimiento de humanidad y se convirtieron en sicarios, convirtiendo a las demás criaturas que les caían en las manos, apenas en un número que no les significaba nada y que les proporcionaba el placer de aplastar, de destruirles el alma, el valor, despreciándolos, anulándolos. No obstante, eran padres y madres gentiles, cuando volvían a sus hogares, buenos vecinos y afables ciudadanos, con las excepciones comprensibles…

La crueldad más acerba, sin embargo, se manifiesta, en forma patológica de ausencia de afecto en los guardas reclutados entre los propios prisioneros, que se hacían verdugos implacables, buscando sobrevivir, disfrutar de algunos favores y concesiones de sus perseguidores. Los conflictos mal controlados llevan al individuo a la crueldad, a la total insensibilidad, por sentirse desanimado en sí mismo, pasando el rencor de la propia situación contra aquellos que cree felices y los hacen envidiarlos…

Mediante la conquista de la afectividad, lenta y segura, son superados los conflictos perturbadores, abriendo los brazos, al principio a la solidaridad, después al cumplimiento de los deberes de fraternidad, que llevan al amor. Las señales evidentes de una existencia y de un ser normales, es el preámbulo del nacimiento de la afectividad tranquila, que se desarrolla estimulando a la lucha, al crecimiento interior.

Espíritu Joanna Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro “Amor, imbatible amor”
Fragmento traducido por Jacob

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