Derecho y Justicia

penalDerecho y Justicia deberían ser sinónimos perfectos, es decir, deberían expresar la misma virtud, pues, si aquel significa “lo que es justo”, esta se traduce por “conformidad con el derecho”. Lamentablemente, sin embargo, aquí en la Tierra, Derecho y Justicia no siempre se corresponden, porque, ignorando o despreciando la Ley de Dios, otorgada para la felicidad universal, la justicia humana ha hecho leyes prescribiendo como derechos algunas prácticas que favorecen sólo a los ricos y poderosos, en detrimento de los pobres y de los débiles, lo que implica una tremenda iniquidad, así como ha concedido a algunos ciertas prerrogativas que de ninguna forma podrían ser generalizadas, constituyéndose, por consiguiente, en privilegios, cuando se sabe que todo privilegio es contrario al derecho común.

La esclavitud, con todas las crueldades que le eran peculiares, por ejemplo, fue por mucho tiempo consagrado como cosa legal, es decir, un “derecho” asegurado por los sistemas sociales vigentes por más de un milenio; el asesinato igualmente ha sido utilizado, en innumerables casos, como un “derecho”, no sólo por los individuos como por la propia Sociedad; el “jus primae noctis”, en la Edad Media, daba al barón feudal “derecho” de gozar con la novia de sus criados antes de que ella se uniese al novio; en el siglo XVII, cuando era costumbre que todos los hombres llevasen un arma, pues tenían que estar preparados para matar o que los matasen, a los nobles les cabía el “derecho” de armarse con espadas de un metro de longitud, mientras los plebeyos sólo podían usar puñales de hasta 30 centímetros; hubo naciones y tal vez aún las haya, cuyo gobierno, por “derecho” expreso en sus constituciones, sólo podía ser ejercida por alguien de determinada confesión religiosa, con exclusión de las demás; el ejercicio de cargos electivos, en muchos países, era o aún es un “derecho” civil reservado exclusivamente a los propietarios, regímenes de trabajo especiales, alojamientos especiales, gratificaciones especiales, inmunidades especiales, exenciones especiales, licencias especiales, etc., son otros tantos “derechos” sacramentados por leyes, en uno y otro hemisferio.

Ahora, esos modos de obrar, basados en la jurisprudencia terrena, no se armonizan con la verdadera justicia, la justicia natural, que el Divino Maestro Jesús resumió en la máxima: “Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros con ellos”. (Mateo, 7:12) Si la aplicásemos en nuestras relaciones sociales, en toda y cualquier circunstancia, jamás nos equivocaríamos. Nadie desea para sí sino lo que es agradable, bueno y útil; así, si cada cual procediese con sus hermanos de conformidad con aquella regla, es evidente que sólo les haría el bien, resultando de ahí la extinción del egoísmo, que es la causa mater de casi todas las aflicciones y conflictos que hacen desgraciada a la Humanidad.

“En todos los tiempos y bajo el imperio de todas las creencias – comenta Kardec (cap. XI, preg. 876) – el hombre siempre se esforzó para que prevaleciesen sus derechos personales. La sublimidad de la religión cristiana está en que ella tomó el derecho personal por base del derecho del prójimo.” Tal vez nos digan que si los hombres se atribuyeran a sí mismos, indistintamente, iguales derechos, la jerarquía de poderes será perfecta y entonces el caos, y no el orden, es el que prevalecerá en el complejo social.

Respondemos con las voces de lo Alto: “Los derechos naturales son los mismos para todos los hombres, desde los de condición más humilde hasta los de posición más elevada. Dios no hizo a unos de barro más puro que a los otros, y todos, ante él, son iguales. Estos derechos son eternos. Los que el hombre establece perecen con sus instituciones. Por lo demás, cada uno conoce muy bien su fuerza o su debilidad y sabrá tener siempre una especie de deferencia para con los que la merezcan por sus virtudes. Es importante destacar esto, para que los que se creen superiores conozcan sus deberes, a fin de merecer esas deferencias. La subordinación no se verá comprometida, cuando la autoridad fuera conferida a la sabiduría.” (preg. 878). En efecto, no hay razón para temer que el reconocimiento de la igualdad de los hombres pueda perjudicar la organización social.

Muchas costumbres del pasado, que hoy consideraríamos bárbaras y monstruosas, fueron juzgadas “derechos” naturales, conformes a los códigos de la época, y su supresión, en vez de arruinar a la sociedad, la vienen haciendo cada vez más perfecta, aproximándola, poco a poco, al estado ideal. A medida que los hombres progresan en moralidad, mejores concepciones van teniendo acerca de todo, de manera que, cuando el Cristianismo se haya implantado, de verdad, en cada corazón, el Derecho y la Justicia se confundirán finalmente, basándose en una sola norma: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pues en eso consiste “toda la Ley y los Profetas”.

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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