Placer y fuga del dolor

JoannaMecanismos conscientes como inconscientes lanzan al individuo a huir del sufrimiento, que se le presenta como proceso de perturbación y desequilibrio. Remanente de las experiencias animales, en las cuales el dolor hería la sensibilidad del instinto, produciendo desespero incontrolable, por falta de recursos de la razón, tal atavismo se transforma en arquetipo conflictivo ínsito en el inconsciente colectivo, tornándose origen de fobias variadas, que se engrandecen y se transforman en estados patológicos. Por otro lado, experiencias anteriores, que transcurren de reencarnaciones fracasadas, se transforman en recelos, que son reminiscencias del ya pasado o predisposición automática para futuros acontecimientos.

Esos sucesos se encuentran establecidos por la Ley de Causa y Efecto, que es inexorable en su programa, al final es consecuencia de la conducta del propio Espíritu, en su condición de autor de todos los fenómenos que lo alcanzan, en razón del cumplimiento o no a los Estatutos de la Vida.

El sentimiento de miedo que alcanza el ser humano es siempre descargado a través de la fuga, evitando que ocurra el trance perturbador. Se expresa, ese miedo, toda vez que se presente la predominancia de una fuerza superior, real o no, que puede producir sufrimiento. Surge, entonces, el desafío entre huir o enfrentarse, dependiendo de la reacción momentánea que se apodera del individuo. Relativamente a los daños que el sufrimiento puede causar, surgen las manifestaciones de miedo físico, moral y psíquico, afectando el comportamiento.

De naturaleza física hiere la organización somática, cuyos efectos podrán ser controlados por las resistencias emocionales. Sin embargo, la falta de preparación para la agresión corporal faculta que el dolor se irradie por el sistema nervioso central tornándose desagradable y desgastante. De naturaleza moral es más profundo, porque desarticula la sensibilidad psicológica, presentando la suma de prejuicios que causa, en el concepto en torno del ser, de sus propósitos, del aura de su dignidad, terminando por afectarle el equilibrio emocional…

Y cuando las resistencias morales son abaladas, fácilmente surgen los sufrimientos psíquicos, las fijaciones que producen daños en los paneles de la mente, empujado para trastornos graves. Ese miedo de acontecimientos de tal porte impulsa a la rabia, como recurso preventivo, que lleva a agredir antes de ser víctima, o a la reacción que se transforma en cantidad de fuerza o ayuda a superar el recelo que lo acomete, sea en relación al volumen o al peso del opositor. Donde, todavía, la rabia no se puede expresar, porque el peligro es impalpable, se presenta abstracto o toma un volumen asustador, el miedo desempeña su papel de preponderancia, dominando como fantasma triunfante, que alela.

En su psicogénesis, están presentes factores que quedaron en la infancia o en la juventud, en los procesos limitadores de la educación y de la formación de la personalidad, que llevan al llanto ante la oscuridad, a las amenazas reales u ocultas, a la presencia de la madre limitadora, del padre negligente o violento, a la insatisfacción y a la rabia… El control del ego es la mejor manera para ahuyentar el miedo, evitando que se transforme en pánico. Frente a los muchos mecanismos a que recorre, para ahorrarse el miedo, todo lo que produzca sufrimiento, el ser humano es impulsado a evitar el amor, justificando que nunca es amado siéndole siempre exigido amar.

Todos anhelan por el amor, entretanto, por inmadurez, no tienen conocimiento de lo que es lo mismo, así incurriendo en el peligro de tener miedo de amar. Cree, aquel que así procede, que amando se vincula, pasa a depender y recibe a cambio el abandono, la indiferencia, que le constituyen peligrosas amenazas a la seguridad en el castillo del ego, en lo cual se aísla, perdiendo las excelentes oportunidades para conseguir una vida de planificación. Ese amor condicional, de intercambio, egotista – yo solamente amare si o cuando; yo amo porque – tiene sus raíces sumergidas en la inseguridad afectiva, infantil, perturbadora, que no fue completada por la presencia de ternura ni de la espontaneidad. Así ocurría antes como forma compensatoria de algún interés no atendido, como referencia a algún objetivo abierto, produciendo desconfianza al respecto del amor, que remanece incompleto, temeroso.

El miedo de amar se escamotea y lleva a la soledad angustiante, que proyecta el conflicto como siendo responsabilidad de las demás personas, del medio social que es considerado agresivo e insano, factores esos que existen en lo íntimo de aquel que se recusa inconscientemente a darse, al inefable placer de liberar las emociones retenidas. El amor relaja y conforta, siendo felicitador y proporcionando compensación en forma de placer. Es el sentimiento más complejo y más simple que predomina en el ser humano, aun tímido en relación a sus incontables posibilidades, desconocedor de sus maravillosos recursos de relacionamiento y bienestar, de estimulación a la vida y a todos sus mecanismos.

El amor libera quien lo ofrece, tanto como aquel a quien es dirigido, y si eso no sucede, no alcanza su grado superior, estando en las fases de los intercambios afectivos, de los intereses sexuales, de los objetivos sociales, de las necesidades psicológicas, de los deseos…

Ciertamente son fases que anteceden al momento culminante, cuando enriquece y apacigua todas las ansiedades. De cualquier forma, amar es impositivo de la evolución y psicoterapia de urgencia, que se torna indispensable al equilibrio del comportamiento de las criaturas.

Expresando placer de vivir, el amor se irradia de acuerdo con el nivel de consciencia de cada ser o conforme a su grado de conocimiento intelectual. Todo el empeño para superar el miedo de amar, debe ser aplicado por el ser humano, que realmente pretende el auto encuentro, la armonía interior.

Espíritu Joanna Ângelis
Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro “Amor, imbatible amor”
Fragmento traducido por Jacob

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