Conocimiento del Futuro

rodolfo¿Puede el hombre conocer su futuro? Y, si puede, ¿debe conocerlo? He aquí dos preguntas interesantísimas, a las cuales la Doctrina Espírita responde de la siguiente manera: Esa posibilidad, aunque es muy relativa, existe, sí, ya que todos traemos, al nacer, ciertas tendencias, aptitudes y cualidades innatas, cuyas manifestaciones, más o menos evidentes, permiten prever, hasta cierto punto, lo que serán o lo que harán en la vida. Fuera de esto, sin embargo, todo lo demás será mucho más difícil, por dos razones: La primera: gran parte de nuestro futuro destino aún no está ni podría estar delineado, pareciendo páginas en blanco de un libro parcialmente escrito. Es que si todo efecto tiene una causa, recíprocamente, cada causa produce determinado efecto. De este modo, los futuros acontecimientos de nuestra existencia van a depender de lo que estemos haciendo ahora, con las modificaciones provocadas por aquello que fuéramos haciendo en cada instante.

Segunda: las circunstancias a las que llamaríamos inevitables, unidas a nuestro Karma (débitos o créditos ante la Justicia Divina, resultantes de nuestro procedimiento en encarnaciones anteriores), por otro lado tampoco pueden sernos reveladas, pues, “si el hombre conociese el futuro, trataría con negligencia el presente y no obraría con la libertad con que lo hace, porque lo dominaría la idea de que,
si una cosa tiene que ocurrir, sería inútil ocuparse de ella, o entonces procuraría impedir que ocurriese. Dios no quiso que fuese así, a fin de que cada uno concurra para la realización de las cosas, hasta de aquellas a las que desearía oponerse”. (Kardec).

Algunas veces, no obstante, el futuro puede ser revelado, y lo ha sido. Es cuando la revelación favorezca la consumación de algo en beneficio de la Humanidad. Debemos esclarecer, todavía, que, aunque muchos hechos puedan ser previstos, por constar en los planes de las entidades espirituales que, como escogidos de Dios, dirigen los destinos del mundo o tienen bajo su tutela algún sector de las actividades humanas, el libre albedrío de las personas directamente ligadas a esos hechos es siempre respetado, de modo a que, en última instancia, tengan plena libertad de cumplir o no las tareas que les estaban señaladas, así como de resistir o ceder (como en el caso de Judas) a un albedrío que podría acarrearles las más dolorosas consecuencias. Esto deja claro que nadie es obligado, de forma absoluta, a obrar de esta o aquella manera, y que nadie, jamás, ha sido predestinado a practicar un crimen o cualquier otro acto delictuoso que conlleve responsabilidad moral. Lo que sucede es que “cada uno es tentado según sus propias inclinaciones”, conforme dice el Evangelio, y como quien se aproxima a una forja encendida tiene gran posibilidad de quemarse, también el ambicioso puede sucumbir ante una situación que le excite la codicia, y así sucesivamente.

Siempre que, por ejemplo, algo de suma importancia deba necesariamente ocurrir, y aquél o aquellos que serían los posibles agentes no se muestren a la altura, o se hayan desviado por sus propios motivos del camino que los llevaría a tal objetivo, las referidas entidades espirituales saben cómo encaminar las cosas de manera que otros ocupen su lugar, lo mismo sucede cuando, inversamente, el desenlace deba ser otro. El interés – diríamos mejor – la curiosidad que algunos demuestran en conocer su futuro presenta serios inconvenientes. Uno de ellos, el de contribuir para que alguien muy astuto sin escrúpulos hagan de la astrología, de la cartomancia, de la necromancia, de la quiromancia, de la videncia, etc., rentables medios de vida. Otro, la deseada expectativa de un evento feliz, la falta de iniciativa y de acción, juzgadas innecesarias, frente a la “seguridad” de un porvenir próspero y dichoso, de lo que pueden resultar terribles decepciones, o, también, la desesperación, incluso la locura y el suicidio ante un funesto presagio.

El Espiritismo, a menudo e injustamente confundido con las prácticas adivinatorias, sépanlo de una vez por todas, no las utiliza ni las recomienda; por el contrario, las desaconseja abierta y vehementemente, pues, aunque admita la posibilidad de eventuales revelaciones del futuro, las subordina a estas dos condiciones: 1) la espontaneidad; 2) un fin serio que las justifique, en conformidad con los designios providenciales. (Cap. X, preg. 868 y siguientes. El libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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