Cómo lograr el bienestar

relaciones_espiritualesPregunta de Kardec: “Si hay personas a quienes la suerte es contraria, hay otras a quienes parece favorecerles, pues todo les sale bien. ¿De qué depende esto?” Respuesta de sus instructores espirituales: “Con frecuencia es porque estas últimas saben hacer mejor las cosas.” Ahí está. La aparente “buena suerte” sólo es el resultado de una conducta inteligente frente a las vicisitudes terrenas. Si queremos prosperar, urge, antes que nada, que tengamos claro el objetivo a ser alcanzado. No puede tener ímpetu para subir quien no tiene orientación. Aquél que no sabe para dónde va, acaba por acomodarse en la situación en que está, dejando pasar las horas, los días y los años en la más completa pasividad. Además, no debemos esperar, ingenuamente, que nos conviden a participar del banquete de la vida. Cuando quedamos a la expectativa de la ocasión oportuna para intentar algo, generalmente ella no llega. Es necesario partir en dirección al triunfo deseado, sacrificándonos, desafiando contingencias, creando, en fin, las oportunidades que anhelamos, teniendo siempre en el recuerdo aquella máxima que nos advierte: “Hay pocos bancos con sombra en el camino de la gloria”.

Casi todas las personas tienen aspiraciones, deseos; pocas, entretanto, son las que se proponen llegar a la meta de sus sueños. Diariamente desperdician oportunidades de mejorar, renuevan promesas e intenciones, pero lo cierto es que jamás llegan a realizarlas. Conviene que estemos advertidos, también, de que gran parte de lo que hacemos es producto o resultado de influencias que otros ejercen en nosotros y muchas de nuestras actitudes son el reflejo de ese poder. Inconsciente o conscientemente, imitamos, modelamos y copiamos los actos y pensamientos de otras personas. Así, pues, si pretendemos clasificarnos entre los hombres de primer orden, no debemos alabarnos entre los indolentes, ni entre los negligentes, menos aún entre los pesimistas, que hagan disminuir nuestro interés por las cosas grandiosas, inclinándonos hacia la mediocridad y el comodismo. Inspirémonos, eso sí, en aquellos que demuestran poseer una voluntad poderosa, dominante, y que por ella consiguieron vencer sus propias debilidades y deficiencias, llegando a ocupar lugares destacados, con valor y distinción.

Investiguemos cómo y por qué esas personas consiguieron sobreponerse a todas las adversidades, cómo y por qué se hicieron verdaderas estrellas, escribiendo, con sus ejemplos, episodios sublimes de paciencia, firmeza y esfuerzo. Procuremos conocer la biografía de esas criaturas victoriosas que se constituyeron paradigmas para la Humanidad y sigamos, con valor, sus pasos. Como dice el gran Rui Barbosa, “la vida no tiene más que dos puertas: una para entrar, por el nacimiento; otra para salir, por la muerte.

En tan breve trayecto cada uno ha de acabar su tarea. ¿Con qué elementos? Con los que heredó y los que crea. Aquellos son la parte de la naturaleza. Estos, la del trabajo. Nadie se desanime, pues, de que la cuna no le fuese generosa, nadie se crea desgraciado, por no disponer de nacimiento de haberes y cualidades. En todo eso no hay sorpresas, que no se puedan esperar de la tenacidad y santidad del trabajo.” Cualquiera, por tanto – concluimos nosotros – en los límites de su energía moral, puede reaccionar sobre las desigualdades nativas y, por la fe en sí mismo, por la actividad, por la perseverancia, por el perfeccionamiento constantes de sus facultades, igualarse y hasta incluso aventajar a los que la naturaleza o la sociedad mejor habían distribuido. En ese perfeccionamiento, no deben ser olvidadas ciertas virtudes a las que podríamos llamar domésticas, como la puntualidad, la delicadeza, la sobriedad, la ética profesional, etc., de que necesitamos para el uso diario, pues muchos hombres mentalmente superiores han fracasado en sus emprendimientos por negligencia en tales cualidades.

Es necesario, también, que adquiramos el hábito de la economía y nos adiestremos en él. No ciertamente, como algunos individuos, que se privan de lo útil y hasta de lo necesario, sólo para ser más ricos; ni tampoco procediendo como aquellos que gastan todo cuanto poseen, y a veces incluso lo que no poseen, malgastando, en cosas superfluas o en el placer de vicios perniciosos y vanidades ridículas. Esos dos extremos son deformaciones infelices. Lo ideal está en el término medio: no ser pródigo, ni avaro, sino gastar con criterio, graduando las necesidades en proporción de las rentas que se tengan, de manera que hayan siempre algunos ahorros, para con ellos formar un capital que nos ponga a salvo de las incertidumbres del mañana. Pero, fijémonos bien en esto: no es sólo el dinero que debemos ahorrar. Hay otros bienes de mayor valía que necesitan y deben ser ahorrados con más cuidado aún.

Es el tiempo, que no conviene malgastar, sino que debe ser sabiamente aprovechado en la adquisición de nuevos conocimientos y experiencias que nos enriquezcan la personalidad. Son las energías físicas y espirituales, que no deben ser malgastadas locamente en noches mal dormidas, en la satisfacción de placeres deshonestos, pues tales desarreglos, por ser contrarios a los principios de la moral cristiana, arruinan la salud, roban la paz interior y envilecen la dignidad humana. Al contrario de lo que a algunos pueda parecer, el progreso es ilimitado, infinito, existiendo siempre mil y una posibilidades de realizaciones bien inspiradas, capaces de premiarnos con el éxito y el bienestar. ¡Asumamos, por tanto, una actitud de optimismo y de auto-confianza y marchemos, decididos, hacia delante, siempre hacia delante, en la convicción plena e inamovible de que la vida es bella, buena y venturosa, para todos aquellos que la sepan vivir! (Cap. X, preg. 864. El libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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