Deseo y placer

JoannaEl deseo, que lleva al placer, puede originarse en el instinto, en forma de necesidad violenta e insospechable, tornándose un impulso que se sobrepone a la razón, predominando en la naturaleza humana, cuando aún primitiva en su forma de expresión. En ese caso, se torna imperioso, devorador e incesante.

Sin el control de la razón, desarticula los equipamientos delicados de la emoción y conduce al desajuste de comportamiento. Como la sed implacable, no se sacia, porque es devoradora, manteniéndose al nivel de sensación periférica en el área de los sentimientos que no se dejan del todo dominar.

Es voraz y tormentoso, especialmente en el área genésica, expresándose como erotismo, búsqueda sexual para el gozo. En esfera más elevada, se torna sentimiento, gracias a la conquista de algún ideal, alguna aspiración, ansiando por alcanzar metas agradables y desafiadoras, propenso a la realización ennoblecedora.

Se dirá que las dos formas se confunden en una única, lo que, para nosotros, tiene sentido diferente, cuando examinamos la función sexual y el deseo de lo bello, de lo noble, de lo armonioso, en comparación a aquel de naturaleza orgánica, erótica, de compensación inmediata hasta nueva y tormentosa búsqueda. El deseo se impone como fenómeno biológico, ético y estético, necesitando ser bien administrado en uno como en otro caso, a fin de tornarse motivación para el crecimiento psicológico y espiritual del ser humano.

Es natural, por tanto, buscar el placer, ese deseo interior de conseguir el gozo, el bienestar, que se expresa después de la conquista de la meta. A su vez, el placer es incontrolable, así como no administrable por la criatura humana. Goethe afirmaba que el constituía una verdadera dádiva de Dios para todos los que se identifican con la vida y que se alegran con el esplendor y la belleza que ella revela. La vida, en consecuencia, lo retribuye a través del amor y de la gracia.

El placer se presenta bajo varios aspectos: orgánico, emocional, intelectual, espiritual, siendo, ahora físico, material, y en otros momentos de naturaleza abstracta, estético, efímero o duradero, pero que debe ser registrado fuertemente en el psiquismo, para que la existencia humana exprese su significado. El placer depende, no es raro, de cómo sea considerado.

Aquello que es bueno, genéricamente da placer, abriendo espacio para el miedo de la perdida, de las faltas, o para las situaciones en que puede generar daños, auxiliando en la caída del individuo en calabozos de aflicción.

Muchas personas consideran el placer apenas como siendo expresión de lascivia, y se olvidan de aquel que transcurre de los ideales conquistados, de la belleza que se expande en toda parte y puede ser contemplada, de las inefables alegrías del sentimiento afectuoso, sin poseer, sin exigencia, sin el condicionamiento carnal.

Por una herencia atávica, gran número de personas tienen miedo del placer, de la felicidad, por asociarlo al pecado, a la falta de mérito, que se tornaría una deuda a rescatar, dando oportunidad a la desgracia venirle detrás, como siendo una tentación diabólica para retirar al alma del camino del bien. Tal castración punitiva, que se prolongó por muchos siglos, al ser vencida dejó una cierta consciencia de culpa, que liberada, viene conduciendo una verdadera legión de gozadores al desequilibrio, al abuso, al extremo de las aberraciones. Como efecto secundario, aún existen muchas personas que temen el placer o que procuran disimularlos, envolviéndolo en ropajes variadas de disculpas, para calmar sus conflictos subyacentes.

Acentuamos, pues, que el placer es una fuerza creadora, predominante en todo y en todos, responsable por la personalidad, incluso por la esperanza. Muchas veces, es confundido con el deseo de poseer todo, a fin de disfrutar, más tarde, de la cornucopia cargada de todos los gozos, preferentemente de naturaleza sexual.

Wilhelm Reich, el eminente autor de la Bioenergética, centró, en el placer, todas las búsquedas y aspiraciones humanas, considerando que la persona es solamente su cuerpo, y que este es constituido por un sistema energético, que debe ser trabajado, siempre que la coraza bloquee las emociones, proponiendo como terapia la Teoría de los Anillos, a fin de, a través de su aplicación en las corazas correspondientes, poder liberar la emoción encarcelada. Teniendo, en el cuerpo solamente, la razón de ser de la vida, Reich se tornó apologista del placer carnal, sensual, capaz de llevar al estado de felicidad psicológica, emocional.

La naturaleza espiritual del ser humano, sin embargo, no mereció cualquier referencia de Reich, así como de otros estudiosos del comportamiento y de la criatura en sí misma, en su complejidad, quedando en plano secundario. De ese modo, el deseo y el placer se transforman en palancas que promueven al individuo, o, abismos que lo devoran. La esencia de la vida corporal, sin embargo, es la conquista de sí mismo, la lucha bien dirigida para que se consiga la victoria del Self, su armonía, y no apenas el gozo breve, que se transfiere de un nivel para el otro, siempre más ansioso y perturbador.

Espíritu Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro “Amor, imbatible amor”
Traducido por Jacob

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