La ley de libertad

penalEl hombre es, por naturaleza, dueño de sí mismo, es decir, tiene el derecho de hacer todo cuanto crea conveniente o necesario para la conservación y el desarrollo de su vida. Esa libertad, sin embargo, no es absoluta, y no podría serlo, por la simple razón de que, conviviendo en sociedad, el hombre tiene el deber de respetar ese mismo derecho en cada uno de sus semejantes. Dicho esto, todo y cualquier costumbre, que haga que una persona esté completamente sujeta a otra, constituye una iniquidad contraria a la ley de Dios. Durante mucho tiempo, se aceptó, como justa, la esclavitud de los pueblos vencidos en guerras, así como fue permitido, por los códigos terrenos, que los hombres de ciertas razas fuesen cazados y vendidos, como bestias de carga, en la falsa suposición de que eran seres inferiores y, tal vez, ni fuesen nuestros hermanos en humanidad.

Le correspondió al Cristianismo mostrar que, ante Dios, sólo existe una especie de hombres y que, más o menos puros y elevados ellos lo son, no por el color de la piel o de la sangre, sino por el espíritu, es decir, por la mejor comprensión que tengan de las cosas y principalmente por la bondad que impriman en sus actos. Felizmente, hace mucho que la esclavitud fue abolida y, con ella, el privilegio que tenía el señor de poder maltratar impunemente al esclavo, o incluso matarlo, si así le apetecía. Ahora, todos somos ciudadanos, pudiendo disponer, libremente, de nuestros destinos.

La libertad de pensamiento y la de conciencia, por registrarse, también, entre los derechos naturales del hombre, aunque padezcan, en algunos lugares, ciertas restricciones y represiones, viene alcanzando, igualmente, notables progresos. De siglo en siglo, menos dificultad encuentra el hombre para pensar sin impedimentos y, a cada generación que surge, más amplias son las garantías individuales en lo que se refiere a la protección del foro íntimo. El sistema del “cree” o “muere”, que algunos retrógrados desearían ver establecido, está definitivamente superado y no volverá jamás, de manera ninguna. Hoy existen ideas muy diferentes. En las disensiones religiosas, las llamas de las hogueras fueron sustituidas por las luces del esclarecimiento, y en la catequesis filosófica o política, estamos seguros, de aquí al futuro, se buscará emplear, cada vez más, la fuerza de la persuasión en vez de la imposición por la fuerza.

Evidentes señales de esta evolución las tenemos: a) en la orientación que los dos últimos papas, Juan XXIII y Pablo VI, dieron a la Iglesia Católica, inclinándola al liberalismo y a la tolerancia, como lo prueban las decisiones tomadas en el Concilio Ecuménico recientemente clausurado, entre ellas, la extinción del famoso “Index Librorum Prohibitorum”, es decir, el papel de los libro prohibidos por la congregación del Santo Oficio, en el cual eran incluidas todas las obras que, aunque fuesen edificantes, anulasen o contradijesen su doctrina, y b) en la línea adoptada por la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas al optar por la propaganda ideológica como el medio más eficaz de atraer a los pueblos hacia el socialismo, en lugar de la conquista por las armas, como lo hacía hasta hace algunos años. Sin duda, estamos aún muy lejos de una vivencia mundial de integral respeto a las libertades humanas; aunque, ya las aceptamos como un ideal a ser alcanzado, y eso es un gran paso, pues tal concordancia ha de llevarnos, antes o después, a ese estado de paz y de felicidad a que todos aspiramos. (Cap. X, preg. 825 y siguientes. Libro de los Espíritus)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Las leyes morales”

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