Alabanza de Navidad

Jesus¡Señor Jesús!

Cuando viniste al mundo, numerosos conquistadores habían pasado, cimentando reinos de piedra con sangre y lágrimas. En la retaguardia de los carros de oro y púrpura en que ostentaban la victoria, se extendían como rastros de la muerte la degradación y el pillaje, la maldición del suelo envilecido y el llanto de las víctimas indefensas.

Se levantaban, poderosos, en palacios fortificados y hacían leyes de soga y cuchillo, para ser, justo después, olvidados en el rol de los verdugos de la Humanidad. Sin embargo, Señor, naciste entre pajas y permaneciste recordado para siempre.

Nadie sabe hasta hoy cuáles habían sido los tratantes de animales que te ofrecieron agujereada manta como lecho simple, y se ignora quién fue el benefactor que te apartó de la incomodidad del establo hacia el clima del hogar. Creciste sin pedir nada que no fuese el culto a la verdadera fraternidad. Elegiste aldeas anónimas como marco de tu palabra sublime… Buscaste para compañeros de tu obra a hombres rudos, cuyas manos callosas no les favorecían los vuelos del pensamiento. Y conversaste con la multitud, sin propaganda condicionada. ¡Sin embargo, nadie conoce el nombre de los niños que sentaron en tus rodillas amigas, ni de las madres fatigadas a quien te dirigiste en la vía pública!

La historia, que homenajeaba a Julio César, discutía a Horacio, enaltecía a Tiberio, comentaba a Virgilio y admiraba a Mecenas, no quiso conocerte en persona, al lado de tu revelación, mas el pueblo conservó tu presencia divina y los personajes de tu epopeya se llaman “El ciego Bartimeo”, «el hombre de mano seca», «el siervo del centurión», «el mancebo rico», «la mujer cananea», «el tartamudo de Decápolis», «la suegra de Pedro», «Lázaro, el hermano de Marta y María»…

Aún así, Señor, sin finanzas y sin cobertura política, sin asesores y sin armas venciste los siglos y estás ante nosotros, tan vivo hoy como ayer, llamando a nuestro espíritu al amor y a la humildad que ejemplificaste, para que surjan, en la Tierra, sin disensión y sin violencia, el trabajo y la riqueza, la tranquilidad y la alegría, como bendición de todos.

Es por ello que, emocionados, recordando tu pesebre, repetimos en plegaria:

– ¡Salve, Cristo! ¡Los que aspiran a conquistar desde ahora, en sí mismos, la luz de tu reino y la fuerza de tu paz, te glorifican y te saludan!…

Espiritu Emmanuel
Medium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Religión de los Espíritus»

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