Los medios de fuga

herculanoLa prueba de que el hombre sabe, intuitivamente, que la muerte no es el fin de su ser, de su personalidad y tampoco de su existencia, está en la procura desesperada de los medios de fuga a los cuales se entrega de oídos sordos a todas las advertencias. El no quiere morir, aún cuando se tire del décimo piso de un edificio sobre la calzada.

Solo quiere huir, escapar de cualquier manera a la presión de un mundo que nada más le ofrece que opresión, crímenes, atrocidades de toda especie. Mario Mariani, en La Casa del Hombre, considera la casa como una jaula de que la fiera humana lucha por evadirse. Es allá dentro de la jaula, en la casa que debería ser un rincón de paz, que los roces familiares y las preocupaciones de la incertidumbre y de la inseguridad del mundo convulsionado, como también las injusticias brutales de la estructura social, pesan aplastadoramente sobre él. Sus nervios van cediendo al martillar incesante de las preocupaciones, al gemido lejano de los torturados por los verdugos, de esta lepra moral que se ha esparcido por todo el planeta después de la última guerra mundial – la tortura.

Por todos lados siente la coacción y las amenazas de nuevas coacciones en perspectiva y, como si las llamas de un incendio lo cercasen por todos lados, se lanza por la ventana. Mariani era un soñador, un ideólogo de la libertad y de la paz, de la fraternidad humana completa, sin los límites odiosos de las discriminaciones sociales y políticas. Escribió dos series de romances en los que expuso su pensa-miento generoso sobre un mundo más admirable y generoso que el de Huxley. Huyó de Italia, su patria, con la familia, hacia los Estados Unidos, cuando el Fascismo dominaba.

En América libre se sintió prisionero de la miseria, vio de cerca y sintió en su propia carne los desniveles degradantes de una sociedad de hipócritas y miserables. Cierta noche de hambre y frío, en New York, resolvió suicidarse y matar a la esposa y a los hijos, para no dejarlos en las garras de un mundo cristiano inclemente. Un amigo lo salvó consiguiéndole u empleo. En la serie Los Romances de la Destrucción coloca al desnudo toda la tragedia de los tiempos modernos, y en la serie Los Romances de la Reconstrucción toda la belleza de sus sueños.

Quijote italiano del amor y de la libertad, anduvo por el mundo atacando molinos de viento y vino a morir al Brasil, en la década del 30. Su nombre se apagó en la Historia, bajo la invasión de los nombres de bandoleros políticos consagrados como héroes. Mas los que lo conocieran y los que lo leyeran guardan en el corazón y en la memoria la imagen del verdadero héroe, caballero sin montura de la Causa de la Humanidad. Denunció, por todas partes, la exploración y la miseria que un poeta modernista italiano tradujo así: “Italia, palabra azul que brillará hasta el Infinito.”

Mariani imaginaba la Italia del futuro cubierta de casas de vidrio, de paredes transparentes (porque ninguno tendría nada que esconder ni que temer) cercadas de rosales perfumados, en donde sus hijas vivirían alegres y felices, con enamorados jóvenes como ellas, libres del peligro del matrimonio interesado con vejetes adinerados. Un mundo azul y libre, como Plotino soñara establecer en la Campiña Itálica, en los moldes de la República de Platón. Fue el último caballero errante del mundo de las utopías.

Después de él, se desencadenó sobre el mundo real la tempestad de la II Guerra Mundial, desencadenada por los dragones botafuegos y sanguinarios de la opresión y de la violencia. Y en el rastro de cadáveres, sangre y maldiciones dejados por la guerra se abrieran las veredas de la fuga: el suicidio de Stefan Zwaig en Río, el asesinato de Gandhi en la India, la andanada de los tóxicos, las revueltas estudiantiles, las invasiones y destrucciones vandálicas de Universidades en nombre del orden y de la fuerza contra el derecho, las aberraciones sexuales justificadas por la Psicología del Libertinaje, la mentira oficializada en el plano internacional, los asaltos universales, los secuestros al servicio de la política de extorsión y así por delante, en el rol de las monstruosidades sin límites. De tal manera el mundo envilecido se desfiguró que teólogos desvariados proclamaron la Muerte de Dios y anunciaron fanfarrones el advenimiento do Cristianismo Ateo en los sofismas de brillante excusa de los libros pensados y escritos en la pauta del sinsentido.

Las bombas voladoras de Hitler se transformaron en los rockets espaciales de la mayor epopeya moderna: la conquista del Cosmos. E, por su origen y sus objetivos sospechosos, la epopeya cósmica, nacida de las cenizas calientes de la guerra, en el nido de ojivas explosivas de las bombas atómicas y subatómicas, se integró en el campo de los medios de fuga. Era la fuga desesperada del hombre hacia las estrellas, no para buscar la paz y la armonía, la Justicia y el Derecho, a la Verdad y a la Dignidad, sino para permitir la más fácil y segura destrucción del planeta a través de los rockets criminales que, en baterías celestes instaladas en la Luna y en los planetas más próximos, pudiesen aniquilar a la Tierra en apenas algunos segundos de explosión nuclear.

Ya que la muerte era la nada, la nadificación posible de la vida, era también conveniente que los guerreros de la Era Cósmica diesen realidad efectiva y moderna a los rayos de Júpiter disparados sobre el mundo. No fue de la mente supraliminar de los forjadores de los rockets, sino del inconsciente profundo, marcado por las introyecciones del terror, del irrespeto al hombre, del arbitrio y de la fuerza, del aplastamiento mundial de la libertad, de la coacción extrema que surgió y se impuso a la consciencia supraliminar el proyecto de la conquista diabólica de los espacios siderales. En la base y en el fondo de estas maquinaciones gloriosas podemos detectar las raíces del desespero y de la locura, a que la simple idealización de la muerte como nadificación total – robándole al hombre sus esperanzas y sus ansias –, desencadenó la carrera espacial al lado de la carrera armamentista de las grandes potencias mundiales.

Los primeros hombres de la cosmogonía mítica de la Grecia Antigua, según El Banquete de Platón, eran los hermafroditas, criaturas dobles, hombres y mujeres ligados por las costillas, que andaban girando en la agilidad de sus cuatro piernas. Constituían la unidad humana completa, el matrimonio fundido en una unidad biológica de gran potencia. Estos seres extraños fueron separados por Zeus en un golpe de espada, cuando intentaban invadir al Monte Olimpo, subiendo en giros rápidos por sus laderas, a fin de destronar a los dioses y asumir el dominio del Mundo. De ahí resultó esta humanidad fragmentaria a que pertenecemos y que hoy pretende repetir la hazaña mitológica, invirtiéndola. No quieren robar el fuego del Cielo, como Prometeo, sino llevar al Cielo el fuego de la Tierra y con él incendiar el Cosmos.

En el Jardín de las Espérides vivían las Gárgolas, mujeres terriblemente feas y dotadas de misteriosos poderes. Medusa era la principal de ellas, dotada de una cabellera de serpientes. Perseo la mató y de su sangre nació Pegaso, el caballo alado que se lanzó al Infinito. Estos arquetipos griegos continúan activos en la dinámica del inconsciente colectivo de todos nosotros, como impulsándonos en la conquista del Infinito. Mas este delirio griego que figuraba, como en el mito de Pegaso, la dialéctica de las transformaciones espirituales, arrancando de la sangre de Medusa el caballo alado, no desempeña más este papel, en la aridez del pensamiento inmediatista en que el mundo se perdió. La fealdad y la maldad de las Gárgolas estaban cercadas de flores y esperanzas. La cabellera de Medusa estaba hecha de serpientes, mas la sangre que pulsaba en su corazón le dio alas a Pegaso. Nosotros, unidades separadas en mitades biológicas que no se encuentran ni se funden, pues desean apenas el gozo de placeres efímeros y no la conjugación psico-biológica de alma y cuerpo, solo pensamos en el Infinito en términos de finito pragmático.

Los medios de fuga se multiplicaron perdiendo valor. No queremos ni huir para Pasárgada, pues no somos más los amigos del Rey, como en el sueño del poeta. La realidad terrena perdió el encanto de las bellezas naturales, destruidas por el vandalismo inconsecuente. Nuestro deseo de trascendencia es apenas horizontal, volcado sistemáticamente para la conquista de prestigio social, dinero y poder temporal. En esta línea rastrera de ambiciones perecederas, sin ningún sentido espiritual, huimos hacia la negación de nosotros mismos y rechazamos nuestra esencia divina, pues nos tornamos realmente indignos de ella. El hombre frustrado de Sartre transformó la muerte, el túmulo y los gusanos, o el polvo impalpable de las incineraciones cadavéricas, en su única herencia posible. Las palabras alentadoras de Pablo: “Si somos sus hijos, también, somos herederos de Dios y coherederos del Cristo” resuenan en el vacío, en el hueco del mundo, que ni huecos produce.

Quedaron en nuestras manos profanadoras apenas las herencias animales: la violencia asesina que es el medio normal de que las fieras se sirven para apartar obstáculos de su camino; la astucia de la serpiente para engullir y digerir a los adversarios más frágiles; la destrucción de los bienes ajenos en provecho propio, en el vampirismo desenfrenado de la selva social; la dominación arrogante de quienes no disponen de fuerzas para defenderse; la mentira, el chanchullo, la perfidia de los salvajes cuando se enojan, y que nosotros, los civilizados, transformamos en la alquimia de la canallada generalizada, en procesos sutiles de astucia, que, para vergüenza del siglo y de la especie, consideramos pruebas de inteligencia.

Nuestros medios de fuga se reducen a la cobardía de la fuga de nosotros mismos. “Donde todos se arrastran – advirtió Ingenieros – ninguno se atreve a andar de pie”. El panorama mundial de la actualidad se reduce a un espectáculo de arrastre universal. Porque será preciso vivir, sobre todo vivir, pues solo los materiales de la vida terrena significan alguna cosa en las aspiraciones terrenas. La existencia, en que el hombre se afirma por la dignidad de la consciencia, por el esfuerzo constante de superación de si mismo, fue trocada en minucias, en aquellos inflacionados, por el vivir larvario del día a día rutinario y de la sumisión al desvalor de los que conquistaron los puestos de comando en la sociedad envilecida. Inteligencias robustas y promisorias se vacían en la consumación de si mismas, sirviendo de manera humillante a señores ocasionales, que pueden asegurarles el falso prestigio de salarios altos y posiciones envidiadas por el cotarro rastrero.

Todos tiemblan de miedo y pavor ante la perspectiva de la referencia desairada proferida por labios indignos. Todos los sentimientos nobles fueron envilecidos y los jóvenes aprenden, a coronadas y bufones de gañanes y primates, que más vale boca cerrada y la cabeza baja que el fin estúpido y definitivo en las torturas de las prisiones infectadas. Porque la única verdad generalmente aceptada es la de la nada. Si el dominio es de la fuerza y de la violencia, la cobardía se transforma en regla de oro que solo los tontos no aceptan. Todo esto porque se enseñó a las generaciones sucesivas, a través de dos milenios, que el hombre no es más que polvo que en polvo se convertirá. Los sueños del antiguo Humanismo fueran simples delirios de pensadores esquizofrénicos. El orden general, que todos aceptan, es vivir para si mismo y para más nadie.

J. Herculano Pires
Extraído del libro “Educacion para la muerte”

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