Disciplina fraternal

JHpiresEl problema de la disciplina en el Centro Espírita es de los más delicados y debe ser encarado entre las coordenadas del orden y de la tolerancia. No se puede establecer y mantener en el Centro una disciplina rígida, de tipo militar. El Centro es, más allá de todo lo hasta aquí considerado, un instrumento coordinador de las actividades espirituales. En el esquema de sus sesiones teóricas y prácticas la cuestión del horario es imperiosa, pero no debe sobreponerse a las exigencias del amor fraterno. No es justo dejar fuera de la sesión a compañeros colaboradores o necesitados porque llegaron unos minutos atrasados.

Vivimos en un mundo material y no espiritual, en que las personas luchas con dificultades diversas en lo relacionado con el traslado y las trabas de compromisos varios, y es justo que se dé un pequeño margen de tolerancia al horario establecido. Ese margen no debe tampoco ser establecido con rigurosidad, sin librado al criterio del dirigente encargado de los trabajos, que sabrá equilibrar las cosas de acuerdo con el buen sentido. El rigor exagerado en lo referente al horario, especialmente en las ciudades más pobladas, causa enojos y disgustos a las personas sensibles que, después de los malos momentos y los apuros por llegar a la hora fijada, se vieron impedidas de participar de la reunión por apenas algunos minutos o segundos.

Atemperando las exigencias del orden cronológico con el deber de la atención a los compañeros, podemos evitar sinsabores perfectamente superables.  Está claro, sin embargo, que este es un problema que debe ser considerado en las reuniones, a efecto de que todos puedan tener el conocimiento de la flexibilidad tolerante en el horario. El simple hecho de existir esa flexibilidad, quita a la disciplina su aspecto opresivo. Y ese mismo equilibrio de orden y tolerancia deber ser aplicado a otros problemas, a fin de asegurarse, lo más posible, un ambiente general sin prevenciones, que mucho ayudará a la realización de los trabajos en general. Tratamos de las almas frágiles en el capítulo anterior. Debemos tratar ahora de las almas fuertes, las más apegadas al problema disciplinario.

Las almas fuertes son aquellas que proceden de líneas evolutivas en que los Espíritus se perfeccionaron en el uso de su independencia y su coraje. Por eso mismo llevan consigo un condicionamiento disciplinario que no acepta fácilmente las concesiones a que aludimos. Una palabra ruda de un alma fuerte, aunque no intencional, puede herir la susceptibilidad de un alma frágil, perjudicándola en su equilibrio por una insignificancia. Ahora bien, conforme a la regla general de las relaciones humanas, el fuerte debe proteger y amparar al débil, ayudándolo a fortalecerse. Los dirigentes de los trabajos deben cuidar de evitar esos pequeños rozamientos que, no raramente, tienen consecuencias mucho mayores de las que se piensa. Por lo demás, las almas fuertes necesitan controlar sus impulsos, en obediencia al llamado de sus conciencias a la fraternidad.

Existen personas que, por sentirse más fuertes, decididas y poderosas que las demás, embriáganse con la ilusión del poder, faltando el respeto a los derechos ajenos y sobreponiéndose, con soberbia, a las opiniones de su prójimo. Actitudes de esa naturaleza, en el medio espírita y en el Centro, causan una mala impresión y conmoción en el ambiente, fomentando malquerencias innecesarias. Tratándose de Espiritismo, todo debe hacerse por mantener un ambiente de comprensión y fraternidad, sin afectación, y con un dejo de alegría y camaradería. En un ambiente así, franco, sincero y desprovisto de tensiones, la espiritualidad fluye con facilidad y los Espíritus orientadores hallan más oportunidades de llegar a los corazones e iluminar las mentes. Por menor que sea, el Centro cuenta siempre con más de un sector de actividades. Debe procurarse hacer lo posible para que en todos ellos reine un ambiente fraternal, que es el más poderoso antídoto contra los desentendimientos.

La disciplina de esos trabajos, aun cuando exijan la mayor severidad –como en el caso de las sesiones de desobsesión-, debe ser influida por la buena voluntad y la comprensión fraternales. Sin eso –particularmente tratándose de la desobsesión-, difícilmente conseguiríamos resultados satisfactorios. Más, la franqueza es también un elemento importante en la solución de los problemas. Cuando fuere necesario, el dirigente debe llamar al obsedido en particular y exponerle con claridad lo que observó a su respecto, aconsejándole modificar su conducta con el fin de su mejoramiento. La verdad debe estar presente en todos los momentos de las actividades espirituales, pero la verdad nunca deber ser agresiva, bajo pena de producir lo contrario de lo que se desea. No queremos desmenuzar todos los problemas y situaciones que son propios de un Centro, pues eso sería cansado e innecesario.

Tocamos apenas algunos aspectos para fijar directrices aprovechables, conforme a la experiencia cosechada en largos años de lides doctrinarias. Otros, con más capacidad y más penetración, podrán completar nuestro trabajo con sus contribuciones. Nuestro deseo es apenas ayudar a los compañeros que tantas veces se descontrolan con las dificultades que enfrentan. No proponemos reglas que provengan de una autoridad –que no somos, ni nadie la tiene-, pues este es un campo de experiencias en que cuanto más se profundiza, más se tiende a aprender. La disciplina de un Centro Espírita es, principalmente, moral y espiritual, abarcando todos sus aspectos, pero teniendo por constante e invariable la orientación y la pureza de las intenciones.

Los que más contribuyen al Centro son los que trabajan, frecuentan, estudian y procuran seguir un camino de fidelidad a la Codificación Kardeciana. Mucho estruendo, alharaca y agitación son perjudiciales para las actividades básicas y esenciales del Centro: humanitarias y espirituales, y, principalmente, de orientación doctrinaria del pueblo en general. No necesitamos aumentar forzadamente nuestros grupos, somos contrarios al proselitismo, sabemos que no todos pueden aceptar nuestros principios, pero sabemos también que la Verdad debe ser puesta al alcance de todos. Quien quiere encontrarla, no necesitará acudir a lugares especiales, pues podrá enfrentarse con ella en cualquier parte en que un periódico, una revista, un programa de radio, un libro, un folleto o un volante estuvieren a su alcance.

No convertimos ni deseamos intentar convertir a nadie, pues, como enseñaba Kardec no todos están en condiciones espirituales de sintonizar con la comprensión de los nuevos problemas que el Espiritismo presenta al mundo en estado de renovación. Mas aquellos que maduraran en edad espiritual, serán útiles en la batalla por la maduración de los demás. La disciplina autoritaria y rígida tuvo su función en el disciplinado de los pueblos bárbaros, después de la caída del Imperio Romano. Esa coerción prosiguió en los tiempos sombríos del medioevo. Pero la era de la razón, que surgió posteriormente a la noche medieval, reivindicó los derechos individuales del hombre en la línea ateniense del esclarecimiento cultural. El dominio natural de la Iglesia se agotó con los albores del Renacimiento, pero el dominio artificioso, fundado sobre los poderes políticos y económico-financieros de la organización clerical, se propagó hasta los tiempos modernos, y aún tiene vigencia, aunque debilitado y sumamente deteriorado, en la Era Moderna, en pleno desarrollo de la Era Cósmica. Esa anomalía histórica, en los entrechoques contradictorios de la fase de transición, se resuelve ante nuestros ojos con un desvío violento provocado por las fuerzas conjugadas de los intereses en juego, volcándose hacia la tradición de Esparta.

La fuerza y la violencia se sobrepusieron a los ideales atenienses, y el individuo, oprimido por el peso de las masas expoliadas, se refugió en la sujeción medieval, en las oposiciones inocuas y en las rebeliones de la desesperanza insensata. Las leyes históricas siguen su curso regular, pero cuando las acumulaciones de los factores ahistóricos, como los lastres trituradores de los instintos primitivos, albergados en los socavones del inconsciente colectivo, los impulsan a salir de los canales naturales, ellas se desvían en procura de los puntos de retorno. El retorno a Esparta, que marcó la fase instintiva de las explosiones totalitarias, conmovió al mundo con el delirio de lo arbitrario y de la violencia. Un terremoto ahistórico resquebrajó el suelo en que florecía la belle-époque, la etapa lírica y romántica que Stephan Zweig describió en El mundo que yo vi, precipitando en el abismo todos los valores culturales y humanistas de los siglos 18 y 19. El propio Zweig inmolóse, seguidamente, bajo la desesperanza, recurriendo al suicidio.

Los abismos de la Tierra lacerada nos impidieron el acceso a Atenas. Mas, quedó un camino secreto, un puente sobre el abismo apoyado sobre los cimientos inconmovibles del Evangelio, indicado por los orientadores subjetivos de los arquetipos de Jung, con rumbo hacia la trascendencia. Ese puente era el del Nuevo Renacimiento del hombre y del mundo por las manos de Cristo. Era el Espiritismo, que de las ruinas de la catástrofe histórica hacía resurgir, aún tambaleante, la figura fantasmal de Lázaro. El mundo contemporáneo es Lázaro redivivo, aún envuelto en la mortaja, con la boca cerrada, los brazos y los pies atados, pero reaccionando al llamado de Cristo para reintegrarse en el proceso histórico interrumpido. Marta y María lo restablecen en la paz de Betania, cercada por las guerras furiosas y las atrocidades producidas en la tierra, el aire y el mar por el disconformismo y la rebelión de los hombres. Es esta hora trágica, dantesca (no apenas en la imagen del infierno de Dante, sino en su propia esencia real), la conciencia humana despierta hacia la búsqueda de sí misma. El Centro Espírita, en su sencillez, en su humildad y en su pobreza –pequeña simiente que los abismos amenazan tragar- sustenta la llama de la esperanza cristiano-humanista y trabaja en silencio por la restauración de la Verdad.

Solitario y despreciado por la ignorancia arrogante es el Centro –el punto óptico o visual- hacia el cual convergen todas las posibilidades de la resurrección del planeta asesinado. Tenemos necesidad urgente de comprender este momento histórico, descifrar sus interrogantes para que la esfinge no nos devore. La rutina de los trabajos del Centro, la monotonía de los adoctrinamientos exhaustivos, la repetición de las enseñanzas que llegan a parecer inútiles, la persistencia de las obsesiones agresivas, la inquietud de quienes se alejan en procura de socorros ilusorios de ciencias psíquicas, aún informes, y regresan desilusionados y cansados –todo ese ritornelo aturdizante puede desanimar a quienes luchan contra la vorágine de las tinieblas. Pero es preciso resistir y continuar, es necesario enfrentar a la ignorancia petulante de los sabios que aún no aprendieron la lección socrática de la humildad intelectual, del sabio que sólo es sabio cuando sabe que nada sabe. La hora espírita del mundo es agónica y desesperante. Mas fue agonizando en la cruz, injusticiado por los sabios de su tiempo, que Jesús nos enseñó la lección de la resurrección y de la inmortalidad espiritual.

El Centro Espírita es la cruz de la paciencia que Jesús nos dejó como herencia de su martirio. Él nos libera de la cruz que el Maestro padeció entre ladrones, salvando y muriendo con ellos para salvarlos –un medio que evidencia la conformación extraña del dolor, que a través de la rebelión y de la indignación, conduce al arrepentimiento y a la reparación. Por esa razón la disciplina del Centro no puede ser la de los hombres, sino la de los ángeles que sirven al Señor, abriendo en el cielo las alas simbólicas de la esperanza. Dejemos de lado la disciplina exigente y mantengamos en el Centro la disciplina del amor y de la tolerancia. No lidiamos con soldados y guerreros, sino con enfermos del alma. Nuestra disciplina no debe ser exógena, impuesta de fuera por la violencia, sino la del corazón. Tiene que ser la disciplina endógena, que nace de la conciencia, lentamente esclarecida por los llamados de Dios en la acústica de nuestra alma.

La evolución humana se procesa en lo concreto en dirección hacia lo abstracto, lo que equivale a decir de la materia hacia el espíritu o del cuerpo hacia el alma. En el lenguaje platónico diríamos: de lo sensible hacia lo inteligible. En la Era Cósmica, que se inicia con las conquistas de la astronáutica, esa evolución se define en términos de ciencia y tecnología. El hombre de las cavernas salió de su cubil para dominar la Tierra, edificar casas, palacios y torres, templos que apuntan hacia las estrellas, y ahora, después de proyectarse en la atmósfera mediante alas y hélices, se lanza más allá de la estratosfera sumergiéndose en el Cosmos, se posa en la Luna y regresa a la Tierra sirviéndose de propulsores terrenos y de la fuerza de gravedad, como si hubiese nacido en los espacios siderales y no del barro del planeta.

¿Quién no ve en ese esquema gigantesco y dinámico el derrotero de la evolución humana? Por otro lado, rompemos los velos misteriosos de Isis con las investigaciones de la física, con las que la materia nos revela las estructuras atómicas de la realidad aparentemente compacta y opaca, mostrándosenos fluida y transparente, y en las investigaciones psíquicas descubrimos que nuestra naturaleza no es concreta, sino abstracta, pues no somos cuerpos, sino Espíritus. Sobre los escombros del pasado en ruinas, de las civilizaciones muertas, de las certezas materiales y sólidas transformadas en polvo, y ante la amenaza de los hongos atómicos desintegradotes, vemos de una manera innegable que la esencia de toda la realidad tangible es en realidad intangible. Reconocemos los engaños producidos por la ilusión de los sentidos materiales sobre nuestro sentido abstracto, y somos obligados a comprender que
dilapidamos el tiempo en encarnaciones equivocadas. Las fachadas suntuosas de las catedrales, los gigantescos edificios de las instituciones científicas, las monumentales expresiones del saber en todos los campos –todo ese acervo de grandiosidad efímera- se reduce a esbozos de una verdad simple que se escondía por milenios en la humildad de una casucha de arrabal o una choza en medio de un matorral –EL CENTRO ESPÍRITA.

Sólo en él encontramos, entre personas anónimas, en la intuición de los simples, la Verdad que buscábamos. Así también aconteció en las grandes civilizaciones del pasado, que renegaron de las enseñanzas de un Carpintero galileo. En la penumbra del Centro Espírita, sospechado por los sabios y los poderosos, Dios escondiera la llave del misterio.

J Herculano Pires
Extraído del libro «El centro espirita»

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