El Espiritismo y la mujer

LedenisEn ambos sexos se encuentran excelentes médiums; sin embargo, es a la mujer a la que parecen atribuirse las mejores facultades psíquicas; de allí el gran rol que le corresponde en la difusión del nuevo espiritualismo. A pesar de las imperfecciones inherentes a todo ser humano, la mujer, para quien la estudie imparcialmente, no puede ser sino un motivo de asombro y a veces de admiración; no es solamente con sus rasgos que se realizan, en la naturaleza y en el arte, los tipos de belleza, de piedad y de caridad; en rendimiento de los poderes íntimos, la intuición y la adivinación.

Ella siempre ha sido superior al hombre. Fue entre las hijas de Eva que la Antigüedad encontró a sus célebres videntes y sibilas. Esos maravillosos poderes, esos dones de lo alto, que la Iglesia creyó su deber reprobar y suprimir en la Edad Media, con ayuda de los procesos de hechicería; hoy en día encuentran su aplicación; ya que es sobre todo por la mujer que se afirma la comunión con la vida invisible.

Una vez más la mujer se revela en su rol sublime de mediadora. Mediadora lo es de toda la naturaleza. De ella viene la vida, ella es su fuente misma; la regeneradora de la raza humana, que no subsiste y no se renueva más que por su amor y sus tiernos cuidados. Y este rol preponderante que ella juega en el campo de la vida, viene a cumplirlo aun en el campo de la muerte; pero nosotros sabemos que la muerte y la vida son una, es decir las dos formas alternantes, los dos aspectos continuos de la existencia.

Mediadora, la mujer también lo es en el campo de las creencias. Ella siempre ha servido de intermediaria entre la fe nueva que asciende y la fe antigua que se declina y se empobrece. Tal fue su rol en el pasado, en los primeros tiempos del cristianismo, y es todavía su rol en el presente. El cristianismo no ha comprendido a la mujer, a la que tanto le debe. Sus monjes y sus sacerdotes viven en celibato, lejos de la familia, sin poder apreciar el encanto y el vigor de ese ser delicado, en el que más bien ven un peligro.

La Antigüedad pagana tuvo cierta superioridad sobre nosotros, al conocer y cultivar el alma femenina. Sus facultades se abrían libremente a los misterios. Sacerdotisa en los tiempos védicos, en el altar doméstico, asociada íntimamente a las ceremonias de culto en Egipto, en Grecia, en la Galia, en todas partes la mujer era objeto de una iniciación, de una enseñanza especial, que la hacía un ser casi divino, el hada protectora, el genio del hogar, la guardiana de las fuentes de la vida. Es a esa comprensión del rol de la mujer, personificando en ella la naturaleza, con sus intuiciones profundas, sus sensaciones sutiles, sus misteriosos presentimientos, que se deben la belleza, la fuerza y la grandeza épica de las razas griegas y célticas.

Así como es la mujer, así es el niño y así será el hombre. Es la mujer quien, desde la cuna, modela el alma de las generaciones; es ella la que hizo esos héroes, esos poetas y esos artistas cuyas acciones, cuyas obras han brillado a través de los siglos. Hasta los siete años el niño permanecía en el gineceo, bajo la dirección de su madre; y se sabe lo que fueron las madres griegas, romanas y galesas. Pero para cumplir esta sagrada misión de la educación, era necesaria la iniciación en el gran misterio de la vida y del destino, el conocimiento de la ley de las preexistencias y las reencarnaciones; ya que esta sola ley da a la llegada del ser que va a eclosionar bajo el ala maternal su sentido tan entrañable y hermoso.

Esta influencia benefactora de la mujer iniciada, que irradiaba sobre el mundo antiguo como una dulce claridad, fue destruida por la leyenda bíblica de la caída original. Según las Escrituras, la mujer es responsable de la caída del hombre; ella perdió a Adán y, con él, a toda la humanidad; ella traicionó a Sansón. Un pasaje del Eclesiastés la declara “algo más amargo que la muerte”. El matrimonio mismo parece un mal “que aquellos que tienen esposas sea como si no las tuvieran”, escribió Pablo. En este punto como en tantos otros, la tradición y el espíritu judíos han predominado en la Iglesia, por encima de las ideas de Jesús, que siempre fue indulgente, compasivo y afectuoso hacia la mujer. En todas las circunstancias la envolvió con su protección y le dedicó sus parábolas más conmovedoras. Siempre le tendió la mano, aun cuando ella estuviera condenada, aun cuando hubiera caído. Además, las mujeres agradecidas, le formaron una suerte de cortejo y varias le acompañaron hasta la muerte.

Durante muchos siglos la mujer ha sido relegada a un segundo plano, rebajada, excluida del sacerdocio. Por una educación pueril, estrecha y supersticiosa se le ha rodeado de ataduras; se han sofocado sus más hermosas aptitudes, oscurecido y reprimido su genio. La situación de la mujer en nuestra civilización es difícil, a veces dolorosa. La mujer no siempre goza de las leyes y las costumbres; está rodeada de mil trampas y si decae o sucumbe, rara vez se tiende hacia ella una mano protectora.

El relajamiento de las costumbres ha hecho de la mujer la victima del siglo; la miseria, las lágrimas, la prostitución, el suicidio, esa es la suerte de numerosas pobres criaturas en nuestras sociedades opulentas. Pero se produce una reacción. Bajo el nombre de feminismo se acentúa un movimiento, legítimo en su principio, exagerado en su meta; pues junto con justas reivindicaciones, sustenta puntos de vista que harían de la mujer, no ya más una mujer sino una copia, una parodia del hombre.

El movimiento feminista desconoce el verdadero rol de la mujer y tiende a arrojarla lejos de su camino natural y normal. El hombre y la mujer han nacido para roles diferentes pero complementarios; desde el punto de vista de la acción social, son equivalentes e inseparables. El Espiritualismo moderno, por sus prácticas y sus doctrinas, todas de ideal, de amor y de equidad, juzgan el asunto de otra manera y lo resuelven sin esfuerzo y sin ruido. Le restituye a la mujer su verdadero lugar dentro de la familia y la labor social, mostrándole el sublime papel que le toca representar en la educación y el avance de la humanidad.

Hace más; ella vuelve a ser, para él, la mediadora predestinada, la senda de unión que relaciona las sociedades de la Tierra con las de los espacios.

Léon Denis

Publicado en Le Journal Spirite nº 57.

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